Sabio Consejo

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Papá me aconsejo no fiarme de los hombres con ojos pequeños o que no les gustaran los animales.

–Desconfía, siempre desconfía de ellos-

El amaba los animales tanto como yo. Tenía los ojos más hermosos que he visto, de un azul intenso pero pequeños. Por lo tanto entendí que el no era para mi.

Mas adelante me enamore de unos ojos que me devoraban con la mirada , así que confiada me perdí en ellos. Pero no le gustaban los animales. Una noche de tormenta los dos lloramos con aquel adios.

Desconsolada, me marche, cruce los mares y una noche me tope con unos ojos grandes, verdes, amorosos, así que no dude. Solo que él encontraba impuros a los animales. No me quedo más remedio que partir de nuevo.

Regrese con el corazón roto. Y me aferre a un par de ojos grises y amante de los gatos más no de mí.

Me di por vencida por varios años hasta que una noche me enamore de unos ojos negros grandes y brillantes. Y la enseñe a amar a los perros. Pero el amor no fue suficiente.

Y una noche apareciste con ese par de ojos verdes y grandes. Me confesaste tu amor por los perros además de tu alergia por los gatos.

Y creí que éramos almas gemelas.

Y confié en ti.

Y no sirvió de nada…

Ari

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Papá siempre supo como hacerme regresar. Después de unos años fuera de casa me sugirió volver y tener un perro.

A los días fui a donde una amiga. La dálmata de su padre acaba de parir diez cachorros.

Siempre me ha gustado el olor de los recién nacidos, esa mezcla de leche y orines.

La elegí a ella, la nombre America por dos motivos.

La canción de Bosé y mi retorno al continente. Nunca nadie lo entendió.

America me dio varias camadas, pero fue la primera la más significativa de todas.

Después de asistirla horas en el alumbramiento, realizo un último esfuerzo y arrojo dos cuerpecitos húmedos y blancos.

Pase las tardes a su lado leyendo Orlando de Virginia Woolf en espera de que pintaran las primeras manchas.

Cuando cerré el libro America sabía que nos quedaríamos con las dos últimas crías.

A ella le puse Orlando y a él Ari, el pequeño león.

Nunca antes había amado tanto a un perro como lo ame a él y nunca antes me habían demostrado tanta devoción como él.

Pero la constancia no es lo mío.

Por lo tanto un día que me sentí nuevamente enamorada me marche.

Triste realidad

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El médico le dijo a mi madre que mis bronquios eran débiles. Al respirar se escuchaba un silbidito lastimoso.

Mi madre busco otra opinión. Me llevo a mas médicos, especialistas. Ellos estudiaron mi nariz, mis oídos, mis ojos y mi boca.

No quisieron adelantar un diagnostico prematuro. Así que realizaron mas pruebas…

Por días desnudaron mi espalda y mis brazos, con la ayuda de un bisturí realizaron incisiones donde dejaban caer una gota de diversas sustancias en busca de reacción.

No iba mas a la escuela, no podía jugar con mis perros.

Dormía agotada por las noches bocabajo pues la espalda la sentía afiebrada.

Tiempo después el doctor Freeman triunfal y muy acertadamente le entregaba a mi madre un diagnostico confiable en cuatro paginas por ambos lados.

Pájaros

Caballos

Gatos

Conejo

Vaca

Borrego

Arañas

Abejas

Césped

Polen

Polvo

Musgo

Sol

Flores

Etc.

Mi madre leyó la interminable lista y guardo silencio. Yo le cuestione el significado.

Todo eso te hace daño

¿Y los perros? pregunte.

Mi madre medito unos segundos antes de responderme.

Solo si son de pelo largo, pero esos nunca los tendremos, solo de pelo corto y nada mas, no habrá otros animales en casa ni dentro de casa, tampoco podrás pasar mucho tiempo en el jardín.

¿Entendido?

¿Entonces con quien voy a jugar?

Con los libros. Por que los animales de los libros no te harán daño, ni las flores, ni el césped, ni el sol, todo, podrás jugar con todo lo que este escrito en los libros.

Sospecha

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Papá tenía otra casa. A tres horas distancia de la nuestra.

Esa casa era de él. Lo visitábamos los fines de semana después de viajar en carro y contar innumerables piedras.

En ella había cuartos de colores con el mismo caos que había en su cabeza.

Con el tiempo mi madre descubrió dos cosas.

Papá tenía varios gatos que le hacían compañía cuando las mujeres se habían ido y él se sentía terriblemente solo.

El regreso siempre era el mismo.

Yo contaba las estrellas en el cielo –como él me lo pedía- para olvidarme de los terribles ataques de alergia.

Otelo

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Un día escape de casa. Salí con dos maletas y sin dinero, nada me detenía, hacia tiempo que no tenía un perro.

Llegue a la capital.

Alquile un cuarto de hotel, lúgubre, triste, sombrío en la calle de Donceles.

Me sentí sola. Y un mediodía salí en busca de compañía.

¿Cuanto vive?

Uy señorita, estas así de chiquitas como las ve, viven muchos años, pero muchos.

En una mano una bolsa de naranjas en la otra Otelo.

A los meses abandonamos el cuarto de hotel.

Al año a un departamento. Había diez y seis ventanas por donde entraba la luz y el ruido de la ciudad.

Pero él solo escuchaba música clásica.

Ahora sobrevivíamos de más cosas no solo de naranjas.

Inevitablemente fui haciendo amigos, tenia menos tiempo para él.

Él invento tácticas para conseguir mi atención.

Su favorita fingirse muerto.

Funcionaba.

Una noche descubrí la luna con un hombre.

Él de tanto esperar se olvido de respirar.

Traición

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Papá y mamá viajaban mucho.

A ella le daba temor aquella ciudad nueva, los desconocidos y dejarnos salir de casa.

Así que una tarde llegaron con dos cachorros de largas y sedosas orejas con mirada gris.

En un año llenaron la casa y aquel enorme jardín de retoños idénticos a ellos.

Yo tome por costumbre tirarme a dormir en la panza de ella como una cría más.

Papá decía que solo ellos cuidarían de nosotros como si fuera él, por eso siempre a su regreso y antes de entrar a casa se detenía a hablarles en un tono dulce y patriarcal.

Doce años más tarde papá nos llevo a vivir a otro país.

La casa nueva no tenia jardín, ni césped, ni grandes árboles frutales, ni rosales, ni eucaliptos, no era mi casa.

Ellos no pudieron venir con nosotros, ni con nuestros recuerdos, ni nuestro futuro incierto.

Nadie pudo mirarlos a los ojos.

Durante diez años no merecimos el amor de otro animal.

Promesa

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Cuando cumplí tres años papá nos llevo a vivir a otra ciudad.

No a una casa, sino un departamento frío, de ventanas grandes.

Una noche llego con un perico que hablaba y comía chile.

Otra noche llego con un perro afgano sucio y hambriento.

Prometí guardarle el secreto.

Finalmente  llevo un gato.

Los ojos se me enrojecieron y comencé a estornudar.

Esa noche mamá descubrió un perico, un perro y al gato.

Fue así como él me prometió una casa de un jardín enorme lleno de animales.

Seis meses más tarde lo cumplió.