Amor Libre

-¿Camilo Menéndez?-

-Si-

-Va tener que acompañarnos-

-¿A donde?-

El representante de la seguridad del Estado tomo a Camilo del brazo y salieron de la casa sin decir palabra. Corría un viento húmedo que meneaba las copas de los árboles de la avenida, la luz incandescente de la luna llena iluminaba la podredumbre en las aceras y el rancio olor del sudor de final de día impregnaba el ambiente.

Camilo subió al auto sin decir palabra, en silencio recorrieron las avenidas, pasaron frente al Palacio Presidencial hasta llegar al puerto. Aquello parecía un gran bochinche, cientos de reflectores iluminaban aquel patio central, Camilo calculo que por lo menos había unos mil quinientos hombres concentrados.

Se paro para mirar mejor y ver si lograba reconocer a alguien, pero todos los rostros eran iguales, mascaras de terror, frentes sudorosas y un gran griterío que se perdía en la nada. En eso se escucho una voz que se pronunciaba por medio de los altavoces.

-La Revolución que tanto ha costado a nuestro pueblo no sucumbirá ante conductas impropias, ni mucho menos dejaremos que como un cáncer infesten a las juventudes revolucionarias con sus ideas burguesas de mierda. La Revolución nos ha brindado libertad e igualdad, no hay cabida para las mentes torcidas ni envenenadas por el imperialismo. Las asambleas de juventudes revolucionarias comunistas han dispuesto darles una segunda oportunidad y creemos que solo el trabajo los hará hombres-

En varios camiones militares trasladaron a los hombres hasta la prisión conocida como La Hormiga, en la línea en que se encontraba formado Camilo reconoció al gran dramaturgo y orgullo nacional, quien hasta hacia unos meses había denunciado internacionalmente el acoso del que era objeto por medio de la seguridad del estado.

Esa noche contó los hombres en su celda de cuatro por cuatro metros: eran cuarenta y cinco y la mitad habían caído vencidos al suelo, agotados por la falta de agua y alimento, la mayoría además orinados por la falta de inodoros. Era la primera noche del verano Camilo supo que la pesadilla solo daba inicio.

-General, terminamos de revisar la casa del marica y le traje varias pruebas que lo inculpan de crímenes en contra de la revolución-

El General Carbajal de espaldas parado frente a la ventana fumaba un puro, había una enorme mancha de sudor estampada en la espalda de su camisa verde olivo. Las botas negras bien lustradas subían hasta la rodilla. De una de las bolsas del pantalón saco un pañuelo y seco el sudor de su frente y cuello, se giro sobre sus talones para examinar las evidencias.

-¿Y esto que coños es?-

-Los manuscritos de una novela, varios libros extranjeros, un jersey nuevo, una barra de chocolate americano y estos discos del maricón hijoeputa de Camilo Sesto-.

-Camarada traiga al preso para interrogarlo-

-Como usted ordene mi General-

Camilo escucho su nombre y se acerco a la reja, por un segundo cruzo por su mente la idea de que todo había sido una confusión y que lo dejaban en libertad. Camino en silencio un paso detrás del militar. Las celdas continuas estaban a reventar de presos, hombres con las caras desfiguradas por la angustia y el terror, en la isla todos lo sabían, lo peor que te podía ocurrir no era el hambre, ni la persecución, ni la falta de libertades, ni morir intentando huir, el verdadero terror se sembraba en las prisiones que el régimen había construido emulando a las que existían en Polonia y Checoslovaquia.

El militar toco la puerta y solicito permiso para entrar, le fue concedido. Presento al preso y se retiro cerrando la puerta tras el.

El General Carbajal sentado en su escritorio miro a Camilo a los ojos, se detuvo en el tono miel y en las largas y tupidas pestañas. Observo con detenimiento el rostro del joven los bien marcados pómulos y la quijada ovalada hasta detenerse en los labios gruesos y rosados.

Era un muchachito no mas alto que el de hombros rectos y brazos delgados, la espalda echada para atrás y la cabeza aun en alto mirándolo de frente. Tomo nuevamente el puro y lo encendió se levanto de su asiento y camino hacia el muchacho. Dio varias vueltas como si fuera un buitre sobrevolando la carroña se detuvo para observar las bien formadas nalgas.

Regreso a su silla y le ordeno quitarse la ropa. Camilo lo miro por unos segundos y se fue desabrochando la camisa y los pantalones. Hasta quedarse solo en calzoncillos, así que el General le repitió que se quitara toda la ropa. Camilo bajo la mirada y se quito la ultima prenda.

El General cruzo la pierna y le dio una bocanada al puro y exhalo lentamente la cortina de humo y sonrío maliciosamente. Nuevamente se encamino hacia él y se acerco aun más, casi hasta que su nariz rozara con la de Camilo.

Mirándolo a los ojos le dijo:

-No te vas a ir de aquí hasta que me digas las porquerías que te gusta que otro macho te haga-

El General Carbajal camino hacia un mueble donde había una consola, la abrió y entre risas y comentarios ofensivos coloco uno de los discos y subió el volumen. Dejo el puro sobre el cenicero y se fue desabrochando el cinturón y finalmente abrió la cremallera de su pantalón.

Camilo observo el tamaño enorme de aquel pene erecto, a sus diez ocho años solo soñaba con el amor de un hombre, Miguel, su vecino, con quien salía a pasear los domingos y terminaban siempre en el estanquillo de libros y revistas hablando de libros y sueños.

Fue a Miguel a quien le confeso su deseo de publicar su novela fuera de la isla, fue a Miguel a quien le confío que el no creía en la revolución, fue Miguel a quien le dijo con lagrimas en los ojos que el no era igual a los demás. Y ahora después de pensarlo, fue Miguel quien lo denuncio…

No supo que dolía mas, si la brutal embestida del General Carbajal o saberse traicionado, se aferro con firmeza del escritorio, dejo caer la espalda y la cabeza, mientras el cerdo aquel lo penetraba una y otra vez, entre insultos lo manoseaba, le lamia las nalgas y le acariciaba la espalda y parecía que nunca terminaría.

Camilo sintió todo el peso del General caer sobre su espalda y babearla, las piernas le temblaban, una mezcla de sangre y semen recorrió sus piernas, el cuarto dio vueltas y cayo desmayado.

Despertó desnudo en una de las celdas, el cuerpo le dolía no podía moverse, sentía que lo habían partido en dos.

Lloro amargamente en la oscuridad y recordó la sonrisa de Miguel aquella tarde cuando le llevo los regalos. Aquel jersey color amarillo para que cada que lo usara sintiera que era él quien lo abrazaba, una barra de chocolate que consiguió en el mercado negro y el último disco de Camilo Sesto donde venia la canción de Amor Libre que le dedico…

Todo, absolutamente todo estaba sobre el escritorio del General Carbajal, aun podía escuchar la melodía que ahogo el grito que se le escapo cuando Carbajal lo desgarro.

-¿Y esto?-

-Le traje un chocolate a la niña-

-¿Un chocolate yanqui?-

-No mujer esto es un intento del imperialismo de acabar con la revolución, de doblegarnos, infiltrándose através del consumismo enajenado, pero cuando la niña se lo coma al final va hacer mierda esto y eso, es lo que quiero que ella entienda, que nos cagamos en el imperialismo.-

Camilo dejo de sentir sus brazos y sus piernas, su cuerpo lo iba abandonado, no le pesaba, por el contrario se miraba parado junto a su cuerpo, se contemplo con ternura, miro los golpes en el antes hermoso rostro de pómulos definidos, el labio inferior partido en dos y con la herida aun abierta. Miro con lastima la hilera seca de sangre y semen entre sus piernas y se dio cuenta que ya no sentía ni dolor ni frío. Tampoco podía escuchar mas la melodía que lo atormento por cuarenta y cinco noches entre sus gritos desgarradores que nadie escucho.

El espíritu de Camilo dejo de ser una victima para convertirse en un sobreviviente de la revolución…

Misericordia

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-¿Como te llamas?-

-Misericordia-

-¿Con ese culo y esos labios?-

Teófanes mira detenidamente a la mulata que le acababan de presentar, hace tiempo que ha dejado de mirar a las mujeres con deseo o pasión, en su caso muy particular, las mujeres que llegan a su negocio son mercancía. Tenia meses buscando una mujer de esas características, según él con la intención de ofrecerles variedad a sus clientes. Misericordia no tenía experiencia y él lo sabia, este seria su primer trabajo, pero eso no será un impedimento, él la enseñaría a atender a los clientes.

-¿Te voy a cambiar el nombre me oíste?-

-A mi me gusta mi nombre-

-¿Si? Te gusta tu nombre…pues a mi me gusta que mis clientes regresen y con ese nombre ¿Quién coños piensas que va regresar? No lo creo, a ver quítate la ropa.-

Misericordia no se movió, lo miro fijamente sin bajar los ojos, con los gruesos labios apretados y la respiración que empezaba a ser profunda.

Él lo noto y la observo por largo rato sin pestañear, después abrió la caja de madera laqueada colocada sobre su escritorio y saco un Montecristo y lo encendió. Aspiro suavemente el humo y lo fue expulsando en una cadena diminuta de círculos que se iban acrecentando conforme llegaban al rostro de ella.

Entonces rompió el silencio.

-Tengo una mejor idea para ti y no solo eso, te voy a dejar el nombre. A ver voltéate solo para verte el culo y darme una idea del tamaño que vas a necesitar-.

Misericordia sin bajar la mirada y con la quijada aun firme y en alto se giró sobre sus talones suavemente, cuando le da la espalda por completo se detiene para que él se pierda en la gloriosa curva de sus nalgas perfectas.

Una bocanada más al habano y este deja escapar el humo aderezado de una sonrisa de felicidad.

-Ven Misericordia vamos a que te tomen unas medidas para la ropa y después te enseñare lo que tienes que hacer. Ya veras negra, voy a hacer de ti una sensación-.

Ella tomo sus cosas y lo siguió en silencio, tenía meses sin hablar español y más tiempo sin ver a un acere, así que intimidada por él no se sentía, estaba cansada de vagar por las calles, del frío y de tener hambre. Su plan tampoco era el llegar acá, pero la tormenta que los sorprendió aquella noche hizo que el grupo perdiera el rumbo y los alejara cada vez más de la costa. En la décima noche era la única apurruñada a los trozos de madera y el viejo neumático, su piel herida por el sol y los labios reventados por la sal. Recuerda hasta el décimo día, después todo fue un sueño.

Despertó en aquel barco mercantil que la trajo a Europa y aun no sabe como termino en Ámsterdam en la calle y sin llavin donde venia vagando hacia meses en busca de ayuda.

Esa ayuda llego por fin a manos de una mujer quien la hospedo por varios días en su cuarto de alquiler y ahora la traía a conocer a Teófanes, un graduado de la Escuela Nacional de Arte de la Habana quien se exilió hacia cuarenta años en una de las giras por Europa, pero en ese entonces la Revolución y Fidel aun tenia muchos simpatizantes así que él no tuvo suerte, por el contrario se le veía como un disidente de la revolución, un gusano mas de los miles que infestaban la Florida segun el absurdo pensar de los fidelistas finalmente su deseo por la libertad pudo mas que su carrera artística.

La necesidad lo trajo al Distrito Rojo. El hambre: a regentar putas.

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Vilhelm venia caminado sin rumbo, hacia frío esa tarde así que abotono el ultimo botón del abrigo de lana y saco los guates de piel de una de las bolsas. En eso recordó que hubiera sido bueno traerse la bufanda que dejo olvidada en la habitación del hotel sobre la cama.

Se acomodo el sombrero y seguio su camino sin prestar mucha atención a sus alrededores. Hacia dos semanas que se había mudado aquel hotel después de una acalorada discusión con su mujer, el problema no era un tercero en discordia, sino el trabajo, ese bendito trabajo que le otorgaba todas las comodidades pero que lo absorbía por completo, entre viajes, juntas, largas horas de trabajo quedaba poco tiempo para nada, ni para el mismo.

Ella se canso, se canso de esperarlo con la mesa servida según le dijo, con la luz encendida de la habitación, en las reuniones escolares, en los aniversarios, en los cumpleaños, en los viajes de familia que no realizaba, en la vida. Aquella tarde fue a ver a su hija pero en su lugar encontró el sobre con la demanda de divorcio.

Y Vilhelm creía que eso solo les ocurría a los hombres que engañaban o los que maltrataban, pero él no estaba en ninguna de esas categorías, así que apesumbrado caminaba esa tarde y meditaba lo poco preparado que se sentía para estar solo.

Dio vuelta en la esquina y camino unos pasos mas. Un hombre le pregunto si tiene cerillos y sacó un encendedor en oro con sus iniciales grabadas. El hombre mucho mas bajito que él toma su tiempo en encender el puro exhaló el humo, le da las gracias y le sonríe. Él guarda el encendedor en la bolsa del abrigo y sin mirarlo ni mucho menos notar su sonrisa se presta a seguir su camino. Este lo toma suavemente del brazo y con un fuerte acento le dice:

-Caballero si no levanta un poco la vista le aseguro que se perderá de algo maravilloso-

Vilhelm mira la mano regordeta que lo detiene, observa la ancha nariz y los labios carnosos y aquellos ojos de un café y brillo singular que dirigieron su atención hacia la ventana.

Él volteo hacia el cristal y el fondo negro era iluminado por dos brillantes luces del lado izquierdo solo se veía la curva rojísima de la cadera, un bota de piel negra que subía hasta la mitad del muslo y un guante en látex. La línea de la curva era perfecta, el reflejo de la luz en el plástico asemejaba una enorme cereza, subió su mirada para encontrarse con el rostro pero no lo podía ver, se quedo sin respirar por unos segundos y las luces se apagaron.

Se volvió inmediatamente hacia el hombre que se deleitaba con la escena y sin hacer una sola pregunta este le dijo:

-Es perfecta no encontraras otra igual en todo el distrito. ¿Quieres conocerla?-

Los dos hombres entraron, caminaron por un estrecho pasillo llegaron a una habitación con una cortina de color negro que hacia las veces de separador, ahí se dio el intercambio de billetes y Teófanes le agradeció no sin antes solicitarle un poco mas de candela.

Salio de la habitación cerrando la puerta tras él.

Vilhelm se quito el abrigo busco un lugar donde colocarlo pero no encontró un perchero. Así que lo coloco en el respaldo de la silla.

Lo mismo hizo con el sombrero, se sentó pacientemente a esperar cruzando y descruzando las piernas, a sus cincuenta y cinco años nunca había entrado a un burdel, todo era nuevo para él y sin embargo esa curiosidad que le provocaba toda esta situación no lo orillaba a ver que había del otro lado de la cortina.

La luz de la habitación se apago sola y eso lo puso un poco nervioso, pero siguió sentado, llamo a alguien, quien fuera pidiendo que encendieran la luz de nuevo, pero fue inútil. Escucho claramente como la cortina se abría, el corazón empezó a palpitarle aceleradamente y trago un poco de saliva.

Podía sentir la presencia de alguien más en la habitación, escuchaba la respiración pausada, rítmica, a la respiración le siguieron unos pasos que hacían eco en la habitación, y sintiéndose en una película barata de suspenso utilizo la trillada frese de:

-¿Quien esta ahí?-

No obtuvo respuesta, la respiración se fue acercando más a él, primero la sintió a un lado y mas tarde en su espalda, finalmente ronroneaba en su oreja derecha acompañada de un vaho tibio que lo excitaba y lo ponía aun más nervioso.

Una cascada de luz azul cobalto baño la habitación y se perdió de nuevo con una mascada que le fue colocada en los ojos y así perdía uno de sus sentidos.

De los nervios empezó a hablar incontrolablemente y reírse, de pronto sintió un golpe seco en su pierna un shock eléctrico brevísimo, que le cimbro todo el muslo y le dejo seca la boca.

Ella se acerco, con una de las piernas separo las piernas de él, y se coloco en medio de ese espacio, abrió un poco las piernas, acerco a su rostro y le dijo:

-No quiero que hables, no me interesa lo que tengas que decir, aquí la única que puede hablar soy yo, ¿me entendiste?-

Vilhelm trago un poco de salva, aclaro la garganta y le dijo que no entendía español. Su respuesta fue un segundo fuetazo en la pierna que lo mareo y lo dejo paralizado por unos minutos.

-Te dije que no quiero que hables, solo si yo te doy permiso de hablar puedes hacerlo ¿me entendiste?-

Seguía sin entender pero prefirió guardar silencio y así evitar un golpe más. Ella le retiro el saco, la corbata y lentamente fue abriendo los botones de la camisa. La respiración de él era agitada y un sudor frío le recorría el torso. No se movió ni opuso resistencia, se dejo llevar poco a poco hasta que puso en manos de esa mujer toda su voluntad, intento recordar otro momento igual en su vida, donde él no llevara el control de la situación, donde las decisiones no fueran tomadas por él, donde la ultima palabra no fuera pronunciada por él y no lo podía recordar.

Cuando volvió de esos pensamientos estaba completamente desnudo, atado de las muñecas de una cadena que colgaba del techo, ella le retiro la venda de los ojos y la luz lo lastimo así que cerro nuevamente los parpados y lentamente fue abriéndolos hasta que sus pupilas se acostumbraron a la luz.

Misericordia estaba parada frente a él, esa visión lo dejo boquiabierto, el pelo afro ensortijado de un dorado miel, la piel morena, el rostro ovalado las cejas delineadas y delgadas y los enormes ojos de color turquesa, él contemplo la mirada, bajo por la ancha nariz y se perdió en los gruesos y mullidos labios de un rojo intenso. El rostro era lo único que le permitía ver su piel, pues el resto del cuerpo estaba cubierto de látex rojo, aun así podía ver la voluptuosa línea de su cuerpo, los bien formados senos, la cintura, las anchísimas caderas, las largas y torneadas piernas enfundadas además en una botas altísimas de piel negra.

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Él sonrío nervioso y le pregunto su nombre. Ella entendía muy poco pero eso lo entendió, dio un paso atrás, y lo miro de arriba abajo, y se detuvo en sus genitales, y se sonrío. Él sintió la mirada, y movió de manera nerviosa sus piernas como si quisiera resguardarse, ella con el fuete aun en la mano, recorrió la entre pierna y se detuvo en la ingle, y ahí lo miro.

Una gota de sudor bajo por la punta de su nariz y el café de sus ojos se oscureció mas al pensar que le podía dar un fuetazo justo allí.

Ella leyó el temor en sus ojos, sonrío, con la punta del fuete recorrió lentamente la línea de la ingle, de abajo a arriba en repetidas ocasiones, sin dejar de mirarlo, cuando él estuvo un poco mas relajado y empezaba a disfrutar el hormigueo en su piel, ella cambio el recorrido y llevo la punta del fuete a la curva suave de sus testículos, se metió entre ellos y el tímido pene, lo acaricio suavemente, pero no había respuesta, así que camino hacia la mesita que estaba a sus espaldas y cambio el juguete.

Ahora trajo un fuete que en la punta tenia un plumero pequeño, él sonrío más tranquilo y ansioso. De nuevo inicio el mismo recorrido, esta vez Vilhelm reacciono inmediatamente no solo su respiración se fue atropellando, pero su pene se fue erigiendo ante la provocación hasta lograr una erección dolorosa.

Ella se fue acercando mas a él tanto que podía sentir el calor que el látex emitía, rozaba levemente el brillante material junto a la sudorosa piel de él, dejo escapar una cadena de quejidos a la vez que intentaba besarla pero ella se retiraba hábilmente.

Con la mano enguantada toco el pecho, bajo hasta el centro de su sexo, recorrió la circunferencia de la cintura y se coloco tras él, le abrió las piernas y con la punta de sus pezones forrados en látex le recorrió las pálidas nalgas, con las dos manos sujeto los glúteos y adentro aun mas los pezones duros y tibios enfundados en plástico.

Vilhelm grito de la desesperación y lloriqueo desesperadamente, ella entonces se incorporo, se coloco tras él, pegada a él, como si fueran uno solo, con una mano lo sujeto de la cintura y con la otra tomo con firmeza el pene erecto.

Con un ritmo pausado lo manipulo, él dejo caer la cabeza en un claro gesto de entrega al momento, ella imprimió mas fuerza al ritmo además de presión, su respiración también se fue agitando, su cuerpo a diferencia de otras ocasiones se cubrió de sudor, de pronto sintió el impulso de besarlo, de recorrer con su rosada lengua su oreja, el cuello, lamer las gotas de sudor de su frente, y pensaba eso y cerraba los ojos y de esa forma no perder el momento, los gritos de él mezcla de placer y dolor, las piernas y las nalgas tensas, solo sujetas por la firme mano de ella, y como si estuvieran conectados de siempre, como si ambos conocieran el ritmo de sus cuerpos ella detuvo ese frenético ir y venir de su mano, se coloco rápidamente frente a él, agacho su torso solo para dejar frente a él la visión de un corazón gigante que no era otra cosa que un par de nalgas maravillosas, él la miro con la boca seca, sacudía su cuerpo con ansiedad como si quisiera despojarse de las ataduras que ceñían sus manos, con la mano derecha Misericordia bajo la cremallera de metal de su atuendo y dejo al descubierto la sudorosa piel, abrió las pierna y se sujeto con firmeza del respaldo de la silla.

Y así sin poder sujetarse de nada, Vilhelm la penetro. Su cuerpo era un péndulo y sus piernas le respondían con la firmeza de los veinte, decidió no cerrar los ojos, no perderse un solo minuto de ese momento ver el cuerpo de ella retorcerse, escucharla gritar, insultarlo en ese idioma del cual no entendía nada.

Sus piernas le anunciaron el momento en que iban perdiendo fuerza tomo un poco más de aire y le embistió por última vez con fuerza y ella a su vez contrajo su cuerpo y ambos exhalaron a la vez.

Se quedaron así unidos por unos minutos, ninguno de los dos atino a moverse, ella se fue incorporando poco a poco y con delicadeza se separo de él.

Se quito los guantes y dejo sus manos expuesta, entonces le acaricio la cara, le rozo los labios, bajo por su pecho húmedo por el sudor y toco el pene aun sensible al tacto.

Con las dos manos abrió el candado de las esposas y lo libero.

Él dejo caer los brazos sin fuerza, las piernas aun le temblaban y atino a sentarse en la silla y contemplarla.

Ella camino sin prestarle atención agacho de nuevo su torso, medio abrió las piernas exponiendo de nuevo sus nalgas y cerro la cremallera de un solo movimiento.

Coloco un CD en el estereo y se quedo así de espaldas a él.

Vilhelm se fue cambiando lentamente y lo hacia a la vez que la miraba de espaldas una enorme paz y satisfacción lo rodeaba, buscaba palabras ha pronunciar pero sabia que era inútil no se podían entender y sin embargo se convenció de que se habían entendido perfectamente. Una vez terminado de vestir sintió la imperiosa necesidad de ofrecerle algo, de darle algo, pero no se le ocurría ¿que?

Busco los guantes en la bolsa del abrigo y encontró la barra de chocolate que le llevaba a su hija, la saco de la bolsa y contemplo el empaque morado y letras blancas. Dudo por un momento pero finalmente se animo.

Camino los cinco pasos que lo separaban de ella, se coloco a un lado de ella y coloco la barra de chocolate sobre la mesa, ella tenia los ojos cerrados, estaba perdida en la música, pero al sentir su presencia los abrió, miro de reojo la barra de chocolate lo miro a él y ambos sintieron un escalofrío recorrer sus cuerpos.

Él bajo la mirada se dio media vuelta y antes de salir le pregunto de nuevo como se llamaba. Su mano aun en la chapa de la puerta alcanzo a escuchar su voz que le respondía.

-Misericordia-

Él sonrió, el nombre no le dijo nada, mas sin embargo se lo grabo y lo primero que tenía pensado hacer seria buscar su significado.

Ella tomo la barra de chocolate la abrió, aspiro la fragancia reconoció el cacao y la zarzamora mordió una de las esquina y se sentó con los ojos cerrados, perdida con el vaivén de su lengua y paladar hasta que la pequeña laja de chocolate se desapareciera de su boca para fundirse con los melancólicos acordes de Cachao…


Historias de Cacao I


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Cruzo la avenida corriendo, poco le importo el trafico, la lluvia y los inmensos tacones. Esquivo uno a uno los obstáculos, al llegar a la avenida central dio un salto como si fuera una gacela, la boca seca, el corazón desbocado, las piernas adoloridas por el trayecto, unos pasos antes de doblar la esquina, empujo por accidente a una señora que cargaba unas bolsas de mandado, por allá fueron a dar una par de naranjas, de reojo alcanzo a ver la cartera de blanquillos al estrellarse contra la acera, y brevemente retumbo en sus oídos una mentada de madre.

Jalo la puerta de cristal, los pasos resonaban sobre el mármol del lobby, corrió al ascensor, presiono el botón, unos minutos, no había respuesta, maldijo nuevamente al viejo elevador, miro el reloj, veinte minutos pasada la hora, de un vistazo busco las escaleras, y se lanzo sobre ellas.

Voló por los pisos, en momentos se sostuvo del pasamanos para no perder equilibrio, subió los escalones de dos en dos, de tres en dos, de tres en tres y antes de llegar al piso diez la respiración iba siendo mas trabajosa, le dolían los pulmones al respirar por la boca, la garganta seca, no pensaba en nada, solo en llegar unos pasos mas.

Finalmente lo logro, las manos le temblaban, busco en el enorme bolso las llaves, nada, se encontró con la cajetilla de cigarros, el encendedor, las gafas de sol, un labial de la temporada pasada, un mapa del ultimo viaje, una botella de agua, pero las malditas llaves no estaban por ningún lado.

Vacío el contenido del bolso en el suelo, lo esparció, busco con aparente calma el llavero con la inicial, nada.

Así en cuclillas como estaba, le retumbaba la cabeza, decidió tranquilizarse, respiro con calma, y exhalo con mas calma aun, se incorporo, se llevo las manos a la cintura en un gesto que ayudaba a la memoria y de pronto sintió el llavero clavarse en el hueso de la cadera, metió la mano derecha a la bolsa del abrigo y ahí estaban.

Nuevamente respiro, tomo con firmeza la llave, la introdujo en el cerrojo y abrió la puerta.

Dejo la bolsa y el abrigo en el recibidor, se soltó el pelo y brevemente se miro en el espejo, no había tiempo para reflexiones, así que siguió su camino por el amplio pasillo.

Se detuvo a contemplar su imagen, una sed crecía aun mas, sus ojos recorrieron su espalda, los brazos, el grueso cuello y la cabeza afeitada. Su corazón antes sereno sufrió un sobresalto, un paso mas y sus ojos se descansaron en su cintura en las firmes nalgas y en las bien formadas piernas.

Con un tono de voz irreconocible aun para ella lo saludo. Pero no obtuvo respuesta. El miro el reloj, treinta minutos después de la hora, metió ambas manos en las bolsas del pantalón y giro su cuerpo para encontrarse con ella.

Ella se perdió en el tono claro de sus ojos, los labios gruesos y el tono oscuro de su piel, justo cuando iba a disculparse por la tardanza, el reventó una bofetada en su mejilla y ella rodó al piso a tan solo unos centímetros del sofá de gamuza color chocolate.

Con la punta de la lengua lamió de un trazo el fino hilo de sangre que corría por la comisura, saboreo el tibio líquido, reconoció el sabor metálico y dulzón. Se incorporo lentamente y sin quitarle la vista de encima, apretó la quijada, cerro los puños y dio los dos pasos que la separaban de el.

Lo miro fijamente y abrió la mano derecha y ahora ella le reventó una bofetada que lo hizo tambalear. Su respiración se acelero, el la tomo de la muñeca y ella forcejeo brevemente hasta zafarse de nuevo y reventar una segunda bofetada mas en su rostro en busca de una reacción. El sonrío maliciosamente y con ambas manos le arranco la blusa, y la falda, ella lo insultaba y pretendía rehuir de las enormes manos de rosadas palmas. El acerco sus gruesos labios a sus senos y devoro violentamente sus aureolas, ella se retorcía de dolor y balbuceaba frases lastimosas. El mordía frenéticamente su piel, sentía el ir y venir de aquella lengua rasposa, estremecía la tibia humedad que iba dejando, reconocía el aliento, el vaho que se escapaba y que se anidaba en su cuello.

De un tirón brusco arranco las bragas de fino encaje y le dejo una dolorosa marca en la piel, el observo por unos segundos el pubis completamente depilado, lo miro con curiosidad, coloco la mano abierta sobre el, lo cubría por completo, le gustaba el contraste de su piel sobre la piel de ella, con las dos manos separo las piernas y pudo contemplar el tono rosado de los labios, los rozo levemente y ella dejo escapar un quejido, el sonrío una vez mas, y separo aun mas las piernas de manera que su enorme cuerpo tuviera cabida. Con las dos manos sostuvo las piernas separadas y fue acercando sus labios, ella sentía la proximidad, el calor y la tibia respiración, de un solo trazo recorrió con la lengua y ella sentía desfallecer, el giro la punta de su lengua frenéticamente y ella intento liberarse en repetidas ocasiones. Gritaba sin control, le pedía que parara pero el no lo hizo, y justo en el momento en que ella estuvo a punto de perderse en un grito de dolor y placer. El se detuvo y se alejo de ella.

Gradualmente volvió de ese estado de shock, la respiración fue encontrando su ritmo y la rabia de nuevo encontró en ella a su victima ideal.

Con las piernas aun temblorosas y con los zapatos puestos se levanto del sofá y camino hacia el. Cada paso acrecentaba su ira, cuando solo unos centímetros la separaban de el, con los puños cerrados lo golpeo por la espalda, el la tomo de las muñecas, la aventó contra el respaldo del sillón y la penetro por detrás.

Ella sintió que algo dentro se rompía, la partía en dos, se aferro al respaldo, cerro los ojos y puso su mente en blanco, para no intoxicarse del azufre de su humor que el emitía cuando estaba excitado.

La embestía con vigor ella conocía mejor que nadie la fortaleza de sus manos y la solidez de sus piernas así que al pensar en eso se tomaba con mayor fuerza del respaldo. Casi al llegar al final el la tomo con la mano izquierda de la cintura y con la derecha del cuello, la atrajo a el, le susurro unos palabras que ella no comprendió y exhalo un grito hasta caer vencido sobre ella.

Los dos cayeron al piso agotados, sudorosos las manos de ella lo buscaban tímidamente el voltio su cuerpo hacia ella, y la atrajo contra si. Ella hundió su rostro en su pecho, y beso los pequeños y oscuros pezones, el le regalo un beso en la frente y ella por primera vez reconoció un dejo de dulzura en ese gesto.

Poco a poco se fue acercando mas, termino de desabrochar la camisa metió sus manos como intentando alcanzarlo en un abrazo, sus manos entonces palparon en su espalda gruesos bordes, hundimientos, cicatrices, y partes suaves, lo miro a los ojos en busca de respuestas pero prefirió desnudarlo totalmente, el intento detenerla, no permitirle que lo viera así, pero ella firmemente retiro la camisa, lo giro y con asombro contemplo el doloroso mapa de marcas, laceraciones, heridas y cicatrices que delineaban una historia que ella a pesar del tiempo seguía sin conocer.

Vio por primera vez la hermosa tabla roca de ónix que era su espalda, dolorosamente desquebrajada por las heridas, beso dulcemente una a una y lamió otras. El temblaba con el contacto de la tibia lengua, ella fue acariciando, sanando con sus dedos las memorias que el cuerpo guarda, podía sentir el temblor de el, con sus labios siguió recorriendo sus brazos, su cuello, lo beso dulcemente, cerros sus parpados, beso la punto de su ancha nariz, rozo los gruesos labios, beso la frente, la firme quijada y antes de caer vencida por el cansancio, mordió levemente su barbilla.

Esa era siempre la señal de que la contienda había terminado, el la arropo en un abrazo y ella descanso su cabeza sobre su brazo, se arrullo con el ritmo pausado de su respiración y se quedo dormida imaginando que finalmente esa noche el le contaría como es que logro escapar de la plantación de cacao…