La tía Soledad

A mi tía Soledad la sorprendió la muerte en el momento menos esperado, o al menos eso decía mi madre. Lo que la muerte no sabía era que sólo se quedó en un intento eso de llevársela, porque mi tía Soledad estaba más viva que nunca en el pensamiento de todos y así fue durante muchos años.

El día de su boda fue la abuela Fina a despertarla para ayudarla a vestirse y cuando se acercó, muy despacito para no asustarla, le dijo quedito al oído que nunca dejaría de ser su niña mimada. Después le rozó la frente con sus manos grandes y pecosas y se dedicó a esperar a que mi tía abriera los ojos pero eso nunca sucedió. La tía Soledad estaba con la cara enmarcada por la sonrisa del eterno descanso.

Todos dicen que ese día la abuela Fina enloqueció. Aún recuerdo la cara de la tía Soledad. Era como un ángel. Yo no he visto nunca a un ángel pero en la parroquia de la Virgen del Santo Socorro, en el nicho del lado izquierdo del altar tienen al ángel; Uriel y la cara de él es igualita a la de mi tía. Cuando pienso que mi tía Soledad no tuvo control de su vida y menos en la llegada de su muerte, me dan escalofríos. Yo no quiero que me pase lo mismo por eso llevo 15 años planeando mi muerte.

Hace tiempo mientras me bañaba en el río, me imaginé que la

muerte y yo nos encontrábamos en un lecho inmenso y caudaloso y clarito veía cómo me enmarcaba la frente con una corona de musgo de colores y peces de agua dulce y me sentí tan bella y feliz que sólo cerré los ojos y sentí como me llevaba de la mano por un camino de piedras redondas que no tenía final y el agua me limpiaba las lágrimas que salían de mis ojos y se mezclaban con el río y entonces el río tenía sabor a un dolor como murmullo que casi no se siente ni se ve pero ahí está. En esas estaba cuando de pronto, un jalón y una bocanada de aire me hicieron toser con tal fuerza, que por la boca sentí se salía primeramente la muerte, después las piedras y por último, medio cuerpo de agua y eso no tenía fin porque de mis ojos, el río seguía saliendo y se seguía uniendo al río más grande pero ya no tenía el mismo sabor y muy a lo lejos oí la voz de mi madre invocando a todos los santos y ángeles de la iglesia.

Después de eso, me dediqué todas las noches a llamar a la muerte como me imagino hacen los muy enfermos y me hacía a un lado de la cama y por el otro lado abría las cobijas para que la muerte no batallara en acostarse y me dormía con la misma sonrisa de la tía Soledad y esperaba pero siempre me ganaba el sueño y cuando despertaba, la luz del día me quemaba la ilusiones una y otra vez.

La muerte, pienso yo, debe encontrarnos a todos como a mi tía Soledad, con cara de ángel y no como a la abuela Fina que hablaba sola en su cuarto con ella y cuando de seguro la muerte le contestaba se ponía

a gritar como si la estuvieran rasgando por dentro. Y le preguntaba por su niña y cantaba la canción predilecta de mi tía y luego le recitaba de memoria ese poema de la princesa triste. A la abuela Fina le tuvieron que coser los labios con hilo de cáñamo porque no se le podían cerrar. Todos teníamos miedo de que si se le quedaban abiertos, allá en el otro mundo seguiría recitándole a mi tía Soledad y no tendría nunca descanso eterno.

Por eso mismo quiero que la muerte a mí no me sorprenda.

Mi madre tiene razón cuando dice que en el mundo hay dos tipos de mujeres: las que tienen una vida de infierno y desdichas y las mujeres como mi tía que se van al cielo de donde nunca debieron haber salido y la verdad es que yo pienso igual y por más que trato, a veces siento que la muerte se ríe de mí.

Hoy cumple 20 años de muerta la tía Soledad. Pasaré al puesto de doña María a comprar dos decenas de brisas de las pampas que tanto le gustaban y le limpiaré la lápida.

Después voy a pasar a la parroquia a rezar un rosario y a confesarme con el padre y de ahí sólo me detendré en el mercado para comprar un par de velas para hoy en la noche.

La verdad es que no veo la hora de irme a dormir. Después de buscar durante años encontré la llave del cuarto de mi tía que lo tenían cerrado desde su muerte y cuando ayer lo abrí me di cuenta qué tonta fui todos estos años buscando la muerte en los lugares menos indicados cuando ella no se ha movido de lugar en todo este tiempo.

Si le hubiera dicho yo a mi madre que la muerte me tiene el lado derecho de la cama con las cobijas abiertas para que no batalle en recostarme a su lado sé que me volverá a decir que estoy loca como lo viene haciendo desde hace tiempo y ya me cansé de que se le llenen los ojos de ese brillito tornasol que no es otra cosa que lágrimas y diga muy quedito: “Soledad, ¿qué hiciste con mi hija?” Como si yo no la oyera y no me diera cuenta que la culpa a ella de mi deseo de ganarle la partida a la muerte.

Las velas las compro con tiempo porque yo sé que con los apuros y el dolor se le olvida a la gente pensar en lo mucho que da de tumbos el alma por andar a oscuras y yo quiero encontrar mi caminito empedrado pronto. Por eso mismo, le ordené al padre que a partir de mañana empiece mi novenario aunque sé que no me lo tomó en serio y sólo se me quedó mirando con cara de piedad porque bien sé que el padre Martín, igual que todos, cree que estoy loca.

Loca estaría yo si con todo este tiempo que he tenido pretendiera seguir cargando un dolor que no sabe a dónde va, de estas noches sin descanso sólo cuidando la puerta y las ventanas y hasta el mismo cerrojo para evitar que la muerte se me cuele por ahí sin que yo me dé cuenta. Loca estaría yo si pretendiera tener la mirada de la abuela Fina, así como perdida y con los brazos llenos de vacío y la boca sin más nombre que el de mi tía que es mi nombre hablándome quedito al oído y llorando de dolor cada que yo me quedaba dormida.

Loca me volvería yo una y mil veces si permitiera que el amor llegara a mí y me bebiera la sangre como se la bebió a mi tía Soledad rompiendo todas sus ilusiones y podría soportar todo menos el lamento dolorosa de la abuela Fina pidiéndole perdón por no haberla dejado casarse con el hombre que ella quería por ser un don nadie y por haberla obligado a casarse con don Esteban, ese viejo que trae la muerte atrapada entre las arrugas de la piel.

Loca estaría yo si pretendiera seguir dando largas a esta vida que nunca ha sido mía y no me importa no tener la cara de ángel ni la sonrisa de descanso, me conformo con que hoy, atrapando suspiros de éter, me encuentre la muerte.

*tomado del libro: De La Cintura Para Abajo y Otro Relatos

¿Sabes Nadar?

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-¿Y esto que es?-

-La prueba señor que me pidió-

-Una foto imbécil, ¿por quien me tomas? ¿Y como carajos sé quien chingados es? ¿Tu crees que con verle los pies se quien es?-

-Pensé que el señor los reconocería-

-Yo no te pago para que pienses, te pago para que obedezcas mis órdenes. Mira Topo Gigio, voy hacer como que esta conversación nunca la tuvimos, vas a salir por esa puerta y cuando regreses a verme, vienes con una prueba. ¿De donde la vas a sacar? Ese es tu pinche problema.-

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El automóvil se detuvo al filo de la carretera, el día iluminado por el sol de marzo y el río repuesto de los vacacionistas. No había una sola alma en los alrededores. Él descendió y camino hacia la cajuela, la abrió. El sol la cegó solo pudo distinguir la silueta que sostenía con una mano la cajuela.

-No te asustes ¿sabes nadar?-

Aturdida por el tiempo que llevaba encerrada además del susto, lloriqueo intentando responder, pero la cinta adhesiva con la que le cubrió los labios se lo impedía, así que respondió asentando la cabeza varias veces.

La ayudo a salir de la cajuela, el vestido se había arrugado y manchado de aceite, en el forcejeo nadie se percato que se rompió uno de los tacones, no fue sino hasta que le pidió seguirlo a la orilla del río y ella batallo en caminar sobre las filosas piedras.

Entonces él la tomo entre sus brazos, era mucho más alta pero aun así podía sostenerla, era la primera vez que la tenía tan cerca, que podía oler su aroma, rozar su piel, sentir el calor de su cuerpo tembloroso.

Se encaminaron hacia el río en silencio, no había mucho que decir, ella hundió su rostro en su cuello y lloraba quedamente, él sintió la humedad de sus lagrimas así como el resoplido quejoso, se detuvo unos minutos abrió un poco las piernas y con fuerza acomodo el cuerpo entre sus brazos y siguió su camino.

Llegaron a la delta del río y allí la coloco sobre una piedra, le retiro la cinta de los labios, y le fue desabrochando las sandalias, ella lloriqueaba quedamente.

Tomo el pie derecho lo acaricio con sus manos regordetas y pequeñas, acaricio el talón y el empeine, con la mano derecha recorrió los dedos y las uñas, con la yema de los dedos acaricio el arco del pie y ella respondió inmediatamente.

Un escalofrío mezcla de terror y placer recorrió su columna vertebral y le entrecorto la respiración.

Sin mirarla siquiera pero completamente absorto en los pies tomo el pie izquierdo y lo acaricio de igual forma. Con las manos hacia atrás ella se sostuvo de la piedra y dejo caer la cabeza mientras tensaba las piernas y cerraba los ojos.

Se acerco aun mas a los pies, siempre pensó que la muerte olía bien, pero en ella el olor era perturbador, imagino que podría vivir sometido a esa fragancia de por vida, un calor recorrió sus ingles de arriba abajo y le provoco una erección, entonces sin pensarlo mucho se bajo el pantalón así como los calzoncillos y abrió las piernas dejando al descubierto su sexo, con las dos manos atrajo los pies tensos y morados del vientecillo helado y froto con la planta de los pies su pene dolorosamente erecto.

El frenético ir y venir dejaba en él una descarga eléctrica de doloroso placer, cerro los ojos y puso mas presión, ella arqueo los pies de manera perfecta como si trajera las puntas de ballet que uso desde niña.

Lo fue llevando poco a poco y sin él darse cuenta soltó los pies y se sostuvo con las dos manos abiertas sobre la alfombra de piedras de río.

Ella abrió los ojos, coloco las manos sobre la cintura y en perfecta posición con la espalda recta, fue moviendo las piernas, las rodillas y los pies, arriba, abajo, arriba, abajo.

Al llegar casi al final presiono el pene erecto con los talones un par de veces hasta que él grito y se dejo caer de espaldas con los ojos cerrados y el aliento entre cortado. Ella se miro los pies cubiertos del tibio semen y los contemplo en silencio. Hacia frío y sus pies iban tomando un tono marmoleado doloroso.

Por fin se fue recuperando abrió los ojos lentamente solo para encontrarla sentada frente a él. Se subió los calzoncillos y el pantalón, tomo las zapatillas y le tendió la mano derecha. Y caminaron a la orilla del río.

-¿Sabes nadar?-

-Si-

-Bueno, quiero que flotes ¿me entendiste? Le voy a tomar una foto a tus pies, con el frío tomaron color de muerte, no los vayas meter al agua, sostenlos fuera mientras te tomo la foto-

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-Comandante el cabrón de la bodega era el Topo Gigio, lo encontramos encuerado y amarrado a una silla todo madreado con unas puntas de ballet amarradas a los huevos y la verga, dentro de la boca le pusieron la foto de unos pies. De seguro es un mensaje Comandante pero nadie sabe que chingados significa…-

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-Dime que sabes nadar. Tienes que llegar solita al otro extremo del río. Ahí quiero que me esperes, yo iré a buscarte en dos días, te juro por está que estoy allí en dos días…-

Las Bragas

Entiéndeme, no es que no quisiera a Claudio. Por supuesto que lo quise, pero algo pasó se acabó lo que había. Un día me desperté a su lado, no recuerdo si era un lunes o un domingo, tampoco eso es importante, lo que es importante es que lo vi, tendido a mi lado, dormía, me senté con las piernas dobladas en el centro de la cama y lo observe.

Ronca que da gusto, duerme con la boca abierta y en una ocasión hablo dormido, nada importante, tonterías de trabajo, siempre son cosas de trabajo. Pero te decía, lo vi por largo rato, y me pregunte si deseaba despertar todos los días al mismo espectáculo.

Las cosas cambiaron, no éramos los mismos de antes, como te lo digo…

A Claudio le gustaban las cosas atrevidas, no era así cuando lo conocí, pero poco a poco lo fui interesando en los juegos. A mi en un principio me gusto su cara de joven marista, y sus trajes cruzados y los zapatos de hebilla, me excitaba citarlo en moteles baratos y tener sexo con el en la regadera, o verlo en un café y seguirlo a los mingitorios sin que se diera cuenta. Si yo te contara lo que le gusta a Claudio que lo sorprendas por detrás…y lo cojas con los pantalones en las rodillas.

La mayoría de los hombres dicen que no, que eso son cosas de maricas, ¡que va! Lo tengo más que comprobado, a todos en el fondo les gusta que se los cojan, claro la primera vez se puso remolón y me dijo:

-Por Dios Camila, que no, joder ¿como me vas a coger tú a mí?-

¿Y sabes como? Días antes fui a la tienda que esta cerca de la parada del metro, la que no tiene nombre, ni letreros, bueno, pues entre y que cantidad de cosas encontré allí.

Vergas de todos tamaños, grandes chicas, negras, rojas, verdes, moradas, con circuncisión y sin ella, bueno hasta azules ¿imagínate tu? ¿A quien le va apetecer una verga azul? Pero el chico que trabaja allí dice que es de las más solicitadas, que las chicas las compran pensando que es la del príncipe azul.

El me pregunto que buscaba, yo le dije que no estaba segura, entonces el me dijo si lo que buscaba era para mi, o para usarlo con mi pareja. Así que le dije que me gustaría algo para usarlo con mi pareja. Fue cuando me dijo:

-¿Y al tío este, te lo haz cogido?-

Imagínate tu, ¿que pregunta es esa? Me quede seria no dije nada, entonces el me dijo:

-Vale, con esa cara me lo dices todo, mira nena, ¿tu sabes que en el fondo todos los hombres deseamos que nos cojan? Si, claro, te lo digo yo, y no es por que sea mariquita, no, todos, incluido tu padre, todos queremos que nos cojan. Y cierra la boca que recién limpie el mostrador y no lo quiero cagado de babas.-

-Ven acá, te voy a enseñar algo. Y de mi te acuerdas si cuando lo uses con el te das cuenta que en el fondo este… ¿como es que se llama el tipo este?-

-Claudio-

-¿Claudio? ¿Así se llama? No linda, con ese nombre me lo dices todo, ¿debe ser un modosito verdad? Ya veras encanto, tu hazme caso yo te voy a comprobar que el coñito de Claudio tiene deseos ocultos.-

Y bueno, ¿como no va saber mas de esas cosas un marica que yo? Un día Claudio me invito a cenar, había cerrado un muy buen negocio y quería celebrar, esa noche pidió de lo lindo, vino, ostiones en su concha, cordero, bebió que dio gusto. Traía puesto el traje que me gusta, el negro de tres botones y una camisa de algodón en un tono muy bajito de lila y una corbata verde que le regale en la Navidad. Esperábamos los postres cuando se disculpo y fue al sanitario.

Yo lo ví alejarse unos pasos, deslice mi mano derecha entre mis piernas y toque el dildo que traía puesto, y como te explico…es como si fuera parte de mi, sentí un hormigueo entre mis piernas y me levante de la mesa. Y no, esas cosas no se meditan, se hacen y ya.

Uno de los meseros me vio abrir la puerta del baño de hombres, intento alertarme de mi error, pero inmediatamente cayo en cuenta que yo sabia a donde iba. Y solo me dijo:

-Cerciórese de pasar la llave de la puerta-

Claudio estaba de espaldas en el mingitorio, ¿y sabes? Siempre me dio ternura verlo orinar, hay un cierto grado de vulnerabilidad en eso ¿no crees? Nosotras por lo menos, lo hacemos de frente, viendo siempre a la puerta, pero ellos no, ellos se entregan al momento, se pierden en el desagüe, piernas abiertas, calzoncillos y pantalón en las rodillas, y la mano sujetando el pene.

Yo me acerque despacio, lo abrace, se asusto en un inicio, después le dio pena, pero lo tranquilice cuando le dije que había echado el candado a la puerta. El pensó de seguro que así como estaba yo le haría sexo oral, nada mas alejado de la realidad le dije:

-Cielo, voltéate-

Entonces poco a poco lo tome le la cintura, le abrí un poco mas las piernas, lubrique el dildo y sin decirle nada, lo penetre. ¡Claro! No vayas a pensar que fue de lo mas facilito, para nada, el joven de la tienda me explico muy bien como hacerlo para no desgarrarlo, como moverlo para que el sintiera placer, bueno, hasta me dijo que decirle, ¿te imaginas?

Claudio se aferro a las divisiones de mármol del mingitorio, dejo caer la cabeza, y balbuceo varias cosas, pero nunca intento detenerme, eso si, de puta y zorra no me bajo, pero nunca dijo: detente.

Finalmente se corrió, y nunca como esa noche lo ví tan satisfecho, en verdad te lo digo. Después de eso regresamos a la mesa, y el no volvió a decir palabra.

Tomamos café y una tarta de frutas y nos fuimos a casa en silencio.

Claro las cosas cambiaron en nuestra vida intima fue mas divertida, ahora vernos en lugares públicos, el me mandaba mensajes al teléfono preguntándome si traía al ‘Bluedemon’ puesto y yo le respondía que no solo puesto sino lubricado.

Uy eso lo ponía mal, muy mal. Después a el le entro una obsesión por las bragas, casi a diario me llegaba a casa con un par nuevo. Un día me compro unas con holanes en el trasero, y con un hoyo, así que ya no tenia que quitármelos para nada, ¿y sabes que me dijo el muy imbécil?

-Quiero que cada que veas estas braguitas te acuerdes quien es el dueño de esta putita.-

Eso me dijo el mal parido, ¿sabes que hice con esas braguitas de mierda? Las tire, y lo mismo hice con las que me siguió regalando.

¿Como que qué molesto? Pues tanta insistencia con eso de la pertenencia que ganas de joder, ¡y esas bragas de mierda! Te juro que me tenía cansada.

Creo que la primera vez que los dos fingimos un orgasmo fue en la casa de sus padres, habíamos ido a cenar por que era cumpleaños de su madre.

Yo me levante de la mesa para ir al baño, el me siguió y me aventó sobre la cama, cerro la puerta y se bajo los pantalones, me arranco las bragas que traía puestas yo solo me tome de uno de los postes de madera de la cama.

La cabeza me colgaba por el otro extremo, era una individual ¿sabes? Y me distraje con las cosas que había en el tocador, y fue cuando vi la foto.

Pepa la hermana menor si que había crecido, claro se fue a vivir a los Estados Unidos, es bailarina clásica, y estaba por llegar en unos días. Debo confesarte que casi me vengo viendo la foto, los labios rojos y las cejas muy pobladas y unos brazos delgados y armoniosos, y esa pose como si fuera un ocho en puntas. Si no fuera por que Claudio me hablo en ese momento me hubiera corrido viendo la foto de Pepa.

No no vale la pena entrar en detalles de lo que paso con Pepa, a ella también me lo folle si es lo que quieres saber y como el hermano tiene una bendita obsesión, pero ella con las puntas de ballet, en un principio me divirtió pero eso era pasajero, Pepa no vive aquí y yo pues tenia que terminar de una buena vez por todas este asunto con Claudio.

Fue un lunes, lo recuerdo por que pensé que era bueno arrancar la semana bien, como debe ser, así que le llame a la oficina y le dije:

-Claudio me voy-

No dijo nada me colgó el teléfono yo tome mis cosas y me fui. A los meses nos encontramos en el café que esta junto al Palacio.

Yo leía la nota roja, fue justo en los mismo días que agarraron al marica violador de los baños públicos ¿lo recuerdas? Ese tío se cogió a varios, aun que en su defensa siempre alego que nada de violaciones que esas eran puñeterías, que todos estaban de acuerdo, ¿recuerdas como le llamaban? El Desfloreador! Menudo cabrón que resulto, por los días vendía dildos en la tienda junto al metro y por las noches asechaba tíos en los baños públicos.

Yo leía la nota, me reía de lo lindo, cuando Claudio apareció frente a mí. No vestía traje, traía unos vaqueros viejos y una camiseta de manga corta y la barba de varios días.

Creo que hasta más delgado lo vi. No se sentó, me miro por unos minutos y agacho el cuerpo tomando la mesa con las dos manos.

Cuando lo tuve así, cerquita de mí me dijo:

-Debe ser muy duro para ti tener una braguita que te haga recordar a diario quien fue, es y será siempre el dueño de esta putita-

¿Que le respondí? La verdad eso es lo de menos, lo gracioso fue la expresión de su cara cuando le aclare que lo primero que mande a la mierda fueron esas braguitas cagadas que el me regalaba.

¿Pero de verdad tú piensas que la mayoría de los hombres son tan bestias para pensar que una guarda las bragas como si fueran cartas de amor?

Bueno. Te aclaro que las que si guarde fueron las de Pepa, pero esas son mas bien un trofeo…

Esta Ciudad…

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-Hace frío.-

Fue lo último que te escuche decir.

-Lo se.-

Y como en tantas otras ocasiones ni el frió ni la distancia, ni el tiempo me detuvieron para acudir a tu encuentro.

Basto una llamada, varios silencios y un te quiero ver. Basto este deseo de tocarnos de mirarnos a los ojos, de estar. Esta ciudad que no es tuya ni es mía nos arropa bajo un cielo estrellado y una pincelada de luna. Acudo nerviosa al encuentro, mis manos tiemblan al saberse cerca de ti, mi cuerpo entra en un estado de ansiedad al sentirte cerca.

Y me descubro perdida en las avenidas que recorro, cegada por las luces y los sonidos de esta ciudad. Camino lentamente al lugar de nuestra cita. Cuento mis pasos, mi respiración se agita me detengo, aspiro profundamente, exhalo, sigo mi camino. Eres tu ¿Quien más? Reconozco tu espalda a lo lejos, los hombros, los brazos y columpio mi mirada en tus manos. Veo tus piernas firmes y me detengo nuevamente para verte así, perdido en algún pensamiento, miras la hora, finalmente sientes mi mirada, giras tu cuerpo y estamos frente a frente.

Y hay un breve silencio interrumpido solo por el dialogo de nuestras miradas, yo doy un paso mas, me acerco a ti, tu me tomas de la cintura y el abrigo de tu abrazo sigue siendo el mismo, dulce, tibio, calido, el lugar perfecto.

Tus labios rozan levemente mis labios y me regalas un –¿que tal?-

Me encamino al lugar y me detienes suavemente, vuelvo la mirada a ti y me dices: –no, quiero llevarte a otro lugar- nos tomamos de la mano y en silencio caminamos a tu automóvil.

-¿tienes frío?-

Me vuelves a preguntar.

-¿a donde vamos?-

Te cuestiono, tú sonríes y guardas silencio, esa es mi respuesta.

Llegamos al edificio al que recientemente te has mudado, entramos en el ascensor hasta llegar al séptimo piso abres la puerta y me dices:

-Bienvenida-

Y mis ojos recorren cada rincón de tu espacio en cada objeto te puedo ver, tú me tomas nuevamente de la mano y caminamos al ventanal, desde ahí podemos observar la ciudad su enervarte caos, una sonrisa se dibuja en mis labios, tu te colocas detrás mío y siento tu abrazo completo, total, tu respiración tibia en mi cuello, tus labios buscando la suave curva de mi lóbulo, al contacto con tus labios mi piel responde, mi corazón se transforma en mil corazones.

Tus manos recorren mi cuerpo lentamente, lo reconocen, se preguntan –¿cuando fue la última vez que lo tocaron?- Tus manos suben y bajan recorren la espalda, las caderas, finalmente se posan en mis senos y ellos se abandonan inmediatamente, y en ese momento me entrego totalmente a ti, al recuerdo de hace meses, a las interminables noches de espera. Tus manos me van despojando suavemente, magistralmente, los botones de la blusa, la cremallera de mi falda que cae como un telón.

Y tu me retiras un poco de ti, me observas, sonríes, con la mano derecha recorres el liguero negro que sujeta la media a la mitad de mi muslo, tu dedo índice recorre la circunferencia y mi piel se eriza, despierta al roce de tus dedos, el primer quejido de la noche se escapa de mis labios.

Siento tu rostro cerca, puedo percibir tu respiración, el húmedo vaho que escapa de tu boca, pero te detienes, estos juegos siempre te han gustado.Te incorporas, te acercas en lo que imagine seria un beso apasionado, me aproximo, preparo mis labios, cierro mis ojos, mi corazón a pleno galope, de nuevo, solo el roce, te retiras y te veo desaparecer por el pasillo.

Mi mirada perdida te sigue, me detengo un minuto en espera de tu regreso, pero el tiempo pasa y solo escucho una melodía suave que surge de una de las habitaciones. Camino hacia allá, la puerta semiabierta, la habitación iluminada por velas, la cama blanca y mullida cubierta de pétalos de rosas blancas.

Te acercas a mi, tus pasos son lentos, soy una presa tuya, soy una victima perfecta, me clavas la mira, sigo paralizada ante ti.

Observo la transformación que en ti se va gestando, hay un toro atrapado en ti, lo veo crecer, pitones afilados, todo tu eres un puñal redondo que me apunta, un punta de lanza en mi dirección. Yo te miro de frente, nos medimos en esta faena del amor.

Me dejo caer en la cama, me cubro el cuerpo con los pétalos, te invito, tú me tomas suavemente, besos tibios, que suben por mis muslos, yo acaricio tu cabello, tú lames mis rodillas de leche de almendras, yo bebo de tus ojos el deseo contenido de los dos. Subes dulcemente por mi vientre, te detienes en mis senos, recorres mi cuello, y mis brazos te arropan, y en un descuido, te tomo firmemente de los brazos, te giro en tu Ecuador y me monto sobre ti, te embisto con la fuerza de este deseo acumulado, mis rosados labios se devoran el Todo y la humedad de mis labios lo reciben, firme, erguido.

Mi cadera es un péndulo, y siento la tensión de tus piernas, siento dentro de mi tu acelerado corazón, y tu te dejas vencer por el momento, te entregas a mi sin poner resistencia, acaricio tu rostro, tus labios, tu hermosa frente, me acerco a ti, te susurro al oído, pero tu no escuchas, estas perdido, mi cuerpo cubierto de minúsculas gotas de sudor. Te tomo de las manos y entrelazamos nuestros dedos, y con la fuerza del momento estallas en un grito que se encuentra con el eco del mío y caemos desfallecidos, reposo sobre tu pecho, reconozco el dulce bombeo de tu corazón, beso tu pecho húmedo. Y nos quedamos así siendo uno solo.

Afuera esta ciudad que es cómplice, esta ciudad que sigue sin ser tuya o mía, pero que nos pertenece, pues ella guarda los momentos que hemos compartido.

Me envuelvo en la sabana, camino al ventanal y veo el ascenso del sol. Tú duermes serenamente, tu respiración pausada, tranquila, mis ojos te recorren sin prisa, se llenan de ti, de tus formas, del tono de tu hermosa piel, se detienen en tus manos, recorren tus labios y nuevamente siento hambre de ti, así que encamino mis pasos a tu cuerpo tendido. Esta vez te sorprendo con tibios besos en los tobillos y el recorrido húmedo de mi lengua que te da los buenos días…

Me & Mrs. Jones…

Cualquiera pensaría que esta rutina diaria es un fastidio. Metido ocho o más horas dentro de este elevador, subiendo, bajando los veinte y cinco pisos que hay hasta llegar al PH y de nuevo descender.

Estas paredes reducidas, herméticas, aburridas sin duda para muchos y pasadas de moda para otros. Sin embargo disfruto el ritmo pausado del elevador, el ronroneo de su motor del siglo pasado sus cables gruesos, cansados.

Me sienta bien el viejo olor a madera y por que no decirlo encuentro confort en sus paredes talladas y en la caja de control de dos hileras de botones indicando cada piso.

Si, me gusta, me gusta mucho este trabajo, me sienta este uniforme de lana color verde oscuro y botones dorados y gastados, me gustan los guantes blancos y los zapatos negros. Me gusta verme en el espejo del lobby acomodar mi cabello, acomodar el cuello blanco de la camisa, jalar los puños de la manga para que solo sobresalga una media pulgada y contrasten con el negro de mi piel.

Me gusta el ajetreo de las siete de la mañana cuando el ascensor sube, baja, nos detenemos primero en el 5to piso, subimos por los niños al 7mo y bajamos a toda prisa y de nuevo subimos de un tirón al piso 10mo, dos mas al 12vo y cuatro mas al 16vo y bajamos de nuevo. Y así todo el día entre buenos días, buenas tardes hasta llegar a las buenas noches.

Si, es una rutina.

Pero todo cambia al diez para las seis de la tarde. Mi corazón sin ver el reloj sufre un mini ataque, la sangre en mis venas se adelgaza, mis manos tiemblan y mi frente se cubre de sudor.

Entro al elevador y presiono con firmeza el botón  PH y ascendemos, pesadamente jalados por esos cables oxidados, subimos mi deseo y yo. Y a las seis en punto las puertas se abren y ella esta parada frente al elevador con una mano sosteniendo el enorme bolso de charol negro y con la otra el abrigo. Yo le saludo con el mismo nerviosismo de otras tardes, bajo la mirada para evitar el contacto con sus ojos, balbuceo un:  Buena tarde.

Yo y Mrs. Jones descendemos silenciosos hasta el recibidor del edificio. Ella como siempre vestirá de negro, inundara este espacio con la fragancia de cerezas y vainilla de su perfume, mirara fijamente la nada con la espalda recta y los hombros hacia tras.

Dos minutos más tarde las puertas se abren y escucho su voz desearme una buena tarde y su espalda se aleja, me deja una estela fragante que me acaricia la nuca y recorre mi cuello tenso.

Entonces salgo por unos minutos del elevador camino a las puertas de la entrada, cruzo la puerta de cristal, la contemplo, como se va alejando por la acera, veo de nuevo su espalda, las piernas bien formadas, el vaivén de sus caderas, la cintura y los brazos que se balancean rítmicamente. Se detiene en la esquina de la calle 90ta, para un taxi y se pierde en la ciudad.

Entonces yo saco un cigarrillo del bolso de mi saco, lo enciendo, cierro los ojos y la veo de nuevo…

Mrs. Jones no es una jovencita como las chicas de mi barrio que visten vaqueros apretados, camisetas que dejan las tetas por fuera y zapatos baratos.

No, ella viste siempre de negro, zapatos altos con tacón delgado, medias de color ala de mosca y una línea que baja desde sus bien formadas nalgas sigue por toda la pierna hasta lamer el final de su pantorrilla.

No usa escotes que me permita ver de reojo el tono pálido de su piel pero ni falta hace, conozco bien su cuerpo, se que sus senos no tienen la misma firmeza de los veinte años y sus ojos tienen las líneas diminutas que solo se acentúan cuando ella sonríe, se perfectamente que su cabello no es tan negro y que cada mes lo tiñe puntualmente en el salón.

Pero Mrs. Jones tiene los labios de una adolescente, sus labios siguen siendo carnosos, inflamados como si los hubieran mordido por días y su piel es suave, dulce de un tono uniforme, y su cabellera es una cortina pesada que cae por su espalda y su cuello largo lo viste siempre de perlas.

Su voz es firme y al pronunciar las erres hay un ronroneo y se me antoja tener otro nombre ser un Robert o un Rob o un Rupert con tal de escucharla.

Pero son sus ojos los que no puedo mirar, por que cuando mis ojos se topan con el avellana de sus ojos y nos miramos y admiro el arco de sus bien delineadas cejas y el gruesor de sus largas pestañas comienzo a tartamudear y ella se pega mas a la pared del lado derecho, apresura su salida y olvida decirme adiós…

Y camino por la noche rumbo a mi apartamento pensando en ella, soñado con ella y buscando el motivo que me permita acercarme a ella, un lunes que vuelva por la noche del cine con esa mirada enamorada que le provocan las comedias románticas.

O un martes tomarla del brazo y caminar unas cuadras a Central Park hasta que la luna nos sorprenda y yo la bese bajo uno de los puentes y un vientecillo le erice la piel.

O quizá un miércoles después de la opera cuando vuelve cansada y con frío, o un jueves invitarle un café antes de entrar a un musical.

Mejor aun un viernes. Cuando llega Son-Kim el coreano de la Calle 80 con su despensa y dentro viene la botella de Bordeaux de etiqueta dorada y el ramo de rosas blancas. Y yo tomo sus bolsas y subo temblando, las puertas se abren, doy un paso y dejo las bolsas de papel a un lado, toco el timbre y con la mano derecha sostengo el ramo de rosas blancas como si fueran de mi parte. Y ella abre la puerta, me recibe en esa bata de seda negra y zapatillas altas de color negro y su sonrisa ilumina la estancia y me invita a pasar y me agradece que le lleve las bolsas hasta la mesa al centro de la cocina. Y siento sus pasos ligeros caminando detrás de mí en silencio.

Entonces me giro en mis talones, le entrego las flores con una sonrisa y ella las toma, se sonroja y las huele, sonríe una vez más y me regala el brillo de sus ojos.

Y lentamente me acerco un poco mas a ella y le retiro las rosas de las manos, las coloco sobre la mesa y la tomo de las caderas y la acerco a mi, lo suficiente para que ella sienta la erección que me provoca su proximidad y ella coloca sus manos sobre mis brazos y es en ese momento cuando se que la debo besar y mis gruesos labios cubren en su totalidad sus labios y mi lengua la recorre como si fuera la primera vez y delinea el domo de su paladar,  siento la rigidez de sus pezones rosados al centro de mi pecho, la tomo con fuerza y sus piernas se enlazan en mi cadera y camino con ella anclada en mi, hasta que llegamos de nuevo al ascensor y ella saca la llave de la bolsa izquierda de mi saco y abre las puertas, entramos enredados aun, y a tientas ella coloca la llave de seguro en el elevador y que de esa forma no pueda ser utilizado.

Y me mira maliciosamente Mrs. Jones. Yo abro el nudo de su bata y descubro sus hombros desnudos y el escote en V de encaje francés en color rojo y la falda negra en tres gajos que me permite tocarla, y ella finge un forcejo, entonces yo la tomo de un brazo y la someto contra la pared y ella se sostiene del pasamanos de cobre mientras yo abro desesperadamente la cremallera de mi pantalón y mi erección roza sus piernas y ella gime, roza los redondos glúteos y ella gime aun mas, entonces descubro su grupa y me deslumbro del pálido tono de sus nalgas, de la redondez y su suavidad y antes de penetrarla. La tomo con fuerza del cuello y me acerco a ella y le digo un sinfín de obscenidades y ella cierra los ojos y separa aun mas las piernas y finge que la tomo a la fuerza y sin su consentimiento, me insulta e insulta  mi pene erecto, se burla de el. Y así es como me enciendo a un mas y la penetro con fuerza, sin amor y sin palabras dulces, sin ternura y sin besos tibios, la penetro con firmeza, brutalmente hasta que ella gime y suplica y siento vaciarme entre sus piernas y una línea de tibio semen recorre su entre pierna y caigo vencido sobre su espalda. Finalmente descanso mi rostro sobre ella y mi oído se arrulla con el ritmo acelerado de su corazón.

Es entonces cuando la tomo entre mis brazos y aun temblando la sostengo, camino de nuevo a su casa y ella esconde su rostro en la oscuridad de mi pecho, se abraza a mi cuello como una colegiala y me inventa mil nombres, todos ellos con erres y sonrío, le beso la frente aun humedecida por un ligero sudor.

Y llegamos a su recamara la coloco en su cama, y ella se hunde entre mullidos edredones de algodón, recuesto su hermoso cuerpo de tibias y maduras carnes y ella me mira ahora si con dulzura ahora si con amor, y es entonces que yo retiro un mechón de su negro cabello de sus ojos y repaso con mi lengua las tenues líneas de su frente y ella asegura que las he ido borrando. Los minutos transcurren y ella duerme placida entre mis brazos y antes de partir le beso los labios, le beso los parpados y le susurro al oído algo.

Regreso al ascensor retiro la llave, cierro los botones de mi saco, cierro mi pantalón y acomodo el puño blanco de mi camisa. Desciendo y son las once menos cinco, las puertas se abren y El esta parado esperando el ascensor, me saluda, me pregunta como fue mi día y guardamos silencio por ahí del 5to piso.

Antes de que las puertas se abran lo miro de frente nos sonreímos y le deseo:  Buenas noches Mr. Jones…

Cucurrucucú Paloma

El ring del teléfono lo encontró con la boca abierta, las cobijas en el suelo y una pesadilla.

El corazón no terminaba de acostumbrarse a los sobresaltos de la media noche que casi siempre vienen acompañados de malas noticias. Torpemente alargó el brazo izquierdo, manoseó a ciegas la mesita de noche, la lámpara, el reloj y por último reconoció el lomo de plástico del auricular.

Un sabor a metal iba acompañado de las palabras. El “Bueno” lo paseó por las encías y lo chasqueó con la lengua para animarlo a salir.

Como única repuesta: Un llanto lastimoso. Sin encender la luz se sentó al borde de la cama, buscó con desesperación la cajetilla de Gitanos, los cerillos.

Nada, no estaban por ningún lado. Justo como él, a quien la oportunidad de un trabajo en el extranjero lo llevó a estar lejos de su familia, de sus amigos pero sobre todos de ella: Felicia. La mujer que encontró en plena carretera con una llanta del auto ponchada y un vestido de gasa de color morado y los ojos hinchados de rabia por ser incapaz de cambiar el neumático. La misma que andaba descalza por toda la casa para evitar darle un pisotón a los espíritus, se le metía a la cama por los

pies, le besaba los tobillos, mientras le pedía que cerrara los ojos para no ver lo grande de su amor

Quién iba a decir que aquella mañana sentados en el café de 5 de mayo, mientras leían el periódico, sería ella quien lo animaría a leer aquel anuncio:

“Se solicita Ingeniero en Petroquímica, 35 años, soltero, para trabajar en Kuwait, excelente sueldo y prestaciones. Interesados mandar curiculum a la dirección que aparece”.

La primera vez que oyó hablar de Kuwait fue en el 90’ cuando La Guerra del Golfo. Él, al igual que el resto del mundo, no sabía nada de ese país de 17,818 kilómetros cuadrados. Sólo que estaban solicitando personal para reconstruir las refinerías destruidas por la guerra, que los sueldos eran muy atractivos, “7, 000.00 dolares por lo menos,” le dijo Felicia, “eso en México jamás lo ganarás ni trabajando doble turno.” Además de casa, comida y transporte, le cubrían todos sus gastos médicos y de viaje. Así que el dinero que ganara bien podría ahorrarlo íntegro.

Fue también Felicia quien se encargó de llevar sus documentos a la oficina ubicada en Tokio 25, tercer piso, con el señor Abdullah al-Zaid, el mismo que se deleitó ofreciéndole un té con media taza de azúcar mientras observaba con un deseo morboso su piernas largas.

Felicia… Lo despidió aquella noche con la casa a oscuras oliendo a flores y una copa de vino en la mano mientras se acercaba para llevarlo a

la recámara, y abriendo la puerta lentamente para hacer todo aquello más memorable, podía sentir el corazón agolpándose en la punta de la yemas. Felicia… Riendo nerviosa cuando él descubrió la recámara transformada en una tienda beduina y tal parecía que en vez de abrir una puerta, Felicia abría una página de “Las Mil y una Noches” que sólo por esa ocasión le convertiría en un sultán. Al ritmo de la música, el corazón de Felicia se bajó a la altura del ombligo provocando que su cintura girara de derecha a izquierda en movimientos lentos que iban acrecentándose al ritmo de los tambores.

A la mañana siguiente, sobre la almohada, en dos líneas y con faltas de ortografía, le decía adiós. En el pasillo del departamento encontró dos maletas, un sobre con sus documentos en orden, un boleto de ida para esa noche a Nueva York, escala en Amsterdam y finalmente Kuwait.

Después de 28 horas de vuelo, después de 48 horas de tener a Felicia montada sobre él, en medio de esa borrachera de inciensos, velas, flores, y música, llegó con el saco arrugado y con un sabor a comino en la boca.

En la sala le esperaba el Sr. al-Zaid, sonriente, con los dientes manchados de tabaco y té. Lo abrazó efusivamente, lo ayudó a buscar su equipaje y con el cigarro en los labios, aprovechó para preguntarle con malicia por ella, al tiempo que su mano izquierda se entretenía con un rosario de cuentas ámbar. Se detuvo a pensar en ella, a traer su olor en

medio de aquel caldo de humores extraños. Felicia… Sus cartas llegaban un mes después, cuando de seguro ya no eran noticia y él se pasaba las hojas por el cuerpo sintiendo que eran las manos de ella, deseando encontrar la soledad que él sentía entre esas líneas, desprendiendo el timbre para pasar su lengua donde estuvo la de ella…

Las cartas de Felicia venían llenas de anécdotas, sin bordados de dolor ni ansiedad.

Esa falta de agonía era justamente lo que en el fondo le lastimaba: imaginarla caminando por las calles riendo con la gente, mientras él seguía dentro de ese reloj de arena al que no le veía fin. Ella jamás habló del contrato por cuatro años, ni del calor infernal de agosto, ni de las tormentas de arena en diciembre. De hecho Felicia nunca le dijo nada. Se limitó a aparecer en su vida como un carro de fuego al cual le fue imposible subir. Se lo venía repitiendo en las últimas 29 cartas, se lo reclamó en los últimos 10 telegramas y se lo dijo a diario con el pensamiento en los últimos 525 días, parado frente a la ventana de su dormitorio espantando zancudos diminutos con el humo del cigarro.

Tenía deseos de reír, cimbrar con sus carcajadas toda la ciudad, porque el dolor de Felicia lo revivía, él mejor que nadie sabía que no hay nada tan hermoso y puro como el sufrimiento del ser amado. Con gusto hubiera transformado el auricular en una regadera para que por ahí

salieran las lágrimas de ella y bañarse en esa agua salada, salir al sol, dejar que se tatuara el dolor de ella en su cuerpo, hilvanar lágrima por lágrima hasta formar un misbah que llenara el hueco de su mano izquierda mientras tomaba el té y se quedara dormido con el último rezo del ocaso. Pensando en ella, sintiéndose más unido a ella ahora que ya conocía el dolor…

Abrió los ojos para dar libertad a las lágrimas, las dejó recorrer su rostro, confundirse con el sudor para crecer con más fuerza a la hora de terminar estrelladas en el suelo junto a las palabras de ella, que de una vez por todas lograban zafarse del nudo de la garganta y de cuatro latigazos crudos le anunciaban el único motivo de su llamada: Había muerto Lola Beltrán.

tomado del libro: De La Cintura Para Abajo y Otros Relatos