9 West & 53rd Street 3ra Parte

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Siempre me han gustado los otoños en esta ciudad, y mi gusto no es un reflejo del romanticismo ocre en las copas de los árboles, ni la gama insuperable de verdes que nos regala la temporada, ni la ansiosa anticipación que me provoca el invierno.

No, lo mío se traduce a la mesa, a los componentes de la mesa, a las mil posibilidades con las que puedo ser sorprendido. Ciertamente, una temporada de platos fuertes, de castañas asadas como si estuviera en Roma o Paris, y sin faltar un buen tinto. Sin embargo hoy en día el único otoño que deseo vivir es a tu lado. ¿Me pregunto si volverás? Por motivos de trabajo me tuve que ausentar, ¿como decirte? Como hacerte saber que en unos días estaría de regreso para reencontrarme contigo, a la hora habitual, en nuestras mesas.

Según me informaron acudiste puntual los primeros dos días, de la cocina te hicieron llegar las sugerencias del chef de manera exacta al igual que el vino que complementaria de manera perfecta el maridaje, mas tengo entendido que no tocaste nada, los platos fueron retirados de tu mesa igual como llegaron, solo que fríos y el vino, despertó y volvió a caer en un estado de amodorramiento ante tu indiferencia. Una pena, esa botella que debió acompañar el medallón de cerdo y romero sobre una cama de puré de membrillo y la Gâteaux de hongos fue seleccionada con sumo cuidado, pensando en ti, en esa actitud que vi en tus ojos la ultima vez que estuvimos frente a frente, tus ojos al igual que ese vino son combativos, deseaba que lo probaras, que paladearas líquidamente lo que tus ojos me vienen regalando desde hace unos días, una lidia, una constante provocación que difícilmente puedo y deseo resistir.

Me asomo por el gran ventanal el cielo esta abotagado, un viento ligero pasea unas hojas secas en el jardín escultural, y la luz que entra e ilumina ligeramente el comedor central sin llegar a la barra, es una iluminación perfecta para ti.

Puedo imaginarte sentada en tu mesa, mirando por la ventana al cielo, tu no me lo has dicho pero se que te gusta observar las nubes y mientras lo haces paseas la yema de tu dedo en la boca de la copa, te pierdes en esa imagen, desconozco que recuerdos te pueden traer las nubes pero imagino que no son tristes.

Diez después de la hora. Hace cuatro días que esta mesa no sabe nada de ti, mas sin embargo siento que hoy volverás, vistiendo esa falda negra de vuelo que tanto me gusta y la blusa blanca con los primeros botones sin abotonar, una clara invitación a la imaginación. Y si creo conocerte esta vez calzaras botas, no te prestaras a otro atrevimiento de mi parte dejando al desnudo esa pantorrilla.

Deseo ver tu rostro sorprendido al encuentro conmigo, mas adelante cuando conozcas la selección del menú, así como la botella que elegí en esta ocasión para nuestro reencuentro, esta vez estoy decido diré algo, lo que sea, pero lo diré, se lo que te quiero decir, y el momento ha llegado.

-Buenas Tardes-

Un calor recorre mi cuerpo, esa voz solo puede ser tuya, mi corazón golpea de manera despiadada en mi pecho, mis manos sudan incontrolablemente y tu fragancia me confirma que estas aquí.
Giro sobre mis talones, al encuentro contigo lentamente, imagino tus ojos, tu rostro, la sonrisa dulce, pienso: ¿que decirte?

Y si, eres tu, frente a mi y nuestras miradas se encuentran, se reconocen, te sonrío pero tu bajas la mirada, y supongo que fue justamente en eso momento cuando note que no venias sola.

Me disculpe por estar en medio del paso de tu mesa, recorrí la silla para que te sentaras y solo atino a decir:

-Bienvenidos-

Hay un silencio absoluto en la barra y en la entrada de la cocina, se miran entre ellos, yo camino hacia la mesa, pero esta vez elijo una donde te pueda ver de frente, y así de frente me expliques quien es Él.

El mesero se acerca ofrece la carta de vinos, él la toma, ¿y tú? Con la mirada fija en el plato. Después de revisar la selección decide por fin, así que veamos, que tanto te conoce…

Minutos después arriba una botella de Nebbiolo, Vigna Rionda Massolino, él aprueba la botella de la cosecha del 2002 asintiendo con la cabeza y declina la degustación inicial, cediéndote a ti el honor. Tu tomas la copa por el cuello con la misma delicadeza que te he visto hacerlo tantas veces, giras un poco el liquido, llevas la boca de la copa a tu nariz, aspiras y lo miras fijamente, cierras los ojos a la par que el liquido va entrando por tu boca, recorriendo tu paladar y bajando por tu garganta, te quedas así por un minuto con los ojos cerrados, una sonrisa asoma por tus labios y le regales a él, el brillo de tus ojos.

Yo desde mi mesa observo su mano recorrer tu mejilla y finalmente termina dándote un beso también en la mejilla.

Y me pregunto ¿por que? Por que tenias que venir precisamente a este restaurante, ¿por que a esta hora? ¿Me estas castigando por mi ausencia? ¿Por mi atrevimiento de la ultima vez? ¿Me estas tratando de decir que no me acerque a ti?

Tú conoces muy poco de mi, pero ya va siendo tiempo de que sepas que esto no me desanima, por el contrario me provoca aun mas, ha desearte y hacértelo saber.

Estaba totalmente seguro que la entrada de langostinos con albahaca, chile tailandés y confitura de tomates Heirloom serían de tu agrado, puedo adivinar tu estado de animo, debes estar nerviosa, es la primera vez que te veo untarle mantequilla al pan. Él habla y tú simplemente lo escuchas, asientas en repetidas ocasiones, lo veo tocar tu cara, acariciarla, daría la impresión de que tienen tiempo sin verse…

El mesero se acerca a ti, seguramente a preguntar algo sobre tu platillo, tu aprovechas ese momento para mirarme de frente, nuestros ojos se encuentran y un rubor sube a tu rostro, lo cubre, lo abraza. Desvías tu atención al mesero y das alguna indicación. Minutos mas tarde arriban los platos.

Él debe estar cuidando su salud, sobre todo a su edad o no encuentro otra explicación para ignorar el menú y ordenar salmón empapelado al vapor y unas desabridas verduras también al vapor.

Pero tu, como de costumbre aceptaste la sugerencia del chef y frente a ti esta ese hermoso plato con un corte Black Angus poached en Cabernet acompañado de una entrada de hongos abulón en salsa Hachée.

Vas cortando uno a uno los bocados que te llevas a la boca y descansas siempre los cubiertos sobre la mesa, para después dar un trago de vino.

Y si, él debe conocerte bien, mira que saber que el Nebbiolo es uno de tus vino favoritos, a mi me tomo varias tardes descubrirlo.

Hoy luces distinta, para mi sorpresa y errando a mis pronósticos hoy portas un vestido de corte emperatriz en tonos verdes y chocolate, la falda con vuelo por encima de la rodilla, el escote me permite ver un pequeño lunar que vive en tu seno derecho, mi mirada baja por esa línea central que divide tus pechos, me columpio en las posibilidades, subo nuevamente al contorno de tus hombros, redondos, acariciados por la tela suave que cubre tu cuerpo. El pelo suelto el día de hoy solamente agarrado por un broche discreto del lado izquierdo, cubre tu espalda como si fuera un telón pesado, brillante.

Mi lengua recorre mis labios, los humedece, imagino que los paseo por tu cuello, que bajan por tu escote y descubre tu aroma íntimo, exquisito.

El mesero trae a mi mesa el capucchino que ordene minutos antes, observo la taza humeante, la doble espuma que pedí. Tú sigues todos mis movimientos, te preguntaras por que en esta ocasión no comí ni mucho menos ordene vino…

Él se ha quedo por fin en silencio, al igual que tu, mira por la ventana, se pierde afortunadamente en las imágenes del jardín con la luz del mediodía.

Tú me miras de frente, veo tú nerviosismo, me regalas el temblor de tus manos a la distancia, retiras la mirada en repetidas ocasiones, yo te sonrío.

De nuevo tu mirada pasea por todo el salón, se detiene en el enorme florero con rosas blancas, me miras de nuevo, tratas de sostener la mirada y justamente en ese momento te hago saber cuanto te deseo.

Mi dedo índice se acerca lentamente a la taza de café, y de un movimiento lento recoge una diminuta nube de leche que lo cubre por completo, alba, tibia, iluminada como tu.

Tú me sigues con la mirada y veo tu respiración agitarse, no hay manera de que lo ocultes. Mi dedo entonces revestido de esta espuma rabiosa, como me hiciste sentir todo este tiempo corona magistralmente mi dedo, te lo muestro, y una gota tibia de leche recorre vertiginosamente hacia la palma de mi mano, tu no pestañeas, entonces, me llevo el dedo a la boca y lentamente lo introduzco a mi boca, lo recibe mi lengua, lo cubre mi paladar, y lo saco limpio, inmaculado, húmedo, besado por mis labios, justo como quisiera hacerlo contigo…

De pronto el silencio del momento fue interrumpido por tu copa que rodó sobre el mantel, bañó casi por completo tu platillo principal, salpico tu vestido, y dejo rastro en la corbata de tu acompañante.

Nerviosa te levantaste de la mesa, te disculpaste y te encaminas al tocador. En ese momento te sigo.

Me detengo en el marco de la puerta, tu agachada sobre el lavamanos, las manos cubiertas de agua, te refrescabas el rostro, yo cerré la puerta detrás mió.

Me acerque a ti, pegue mi cuerpo al tuyo, tu te afianzaste con la dos manos de la orilla del lavabo, recorrí con mis manos tus muslos por encima del vestido, lo subí a la altura de tu cintura, tu seguías con los ojos cerrados, gemías, pase mi mano por tu sexo tibio, gemiste aun mas, te acercaste a mi, pegaste tu espalda a mi pecho y traste de alcanzar mis labios, pero aun no era el momento de besarte.

Mi mano te recorrió, sintió tu tibieza, tu humedad, el calor que por todo este tiempo solo pude adivinar, la fragancia de tu intimidad, y lo dulce de tu voz pidiéndome que me detuviera.

Mordí levemente tu hombro y obtuve como respuesta un quejido dulce y complaciente, te gire, ahora de frente te mire a los ojos, sonreí, tu temblabas, y comprobé que me gustaba ponerte así, vulnerable, en espera de mi próximo movimiento. Entonces baje los hombros de tu vestido, deje al descubierto tu pecho, sonreí al descubrir un delicado encaje filigrana en color chocolate que bordeaba el azul celeste de la gasa que complementaba tu sostén, recorrí con mi lengua el centro de tus pechos, acaricie por encima del encaje, obtuve respuesta inmediata, te bese el cuello, tu acariciabas mi cabello, y escondías tu rostro en mi pecho, yo baje por tu cintura con mis manos, te contemple así frente a mi, entregada a mi, bese nuevamente tus hombro, y tu acercabas tus labios a los míos, pedías un beso, dos, mil besos.

Metí la mano a la bolsa de mi saco, saque un papel doblado en cuatro, tu abriste los ojos en espera de mas, te sonríe, te atraje a mi de un movimiento brusco, pegue tu cuerpo al mió para que sintieras mi dureza, y así en la proximidad de nuestros cuerpos coloque en el tirante derecho de tu sostén el papel, bese la mejilla que él no beso y me retire.

Cruce el comedor central lentamente, sabía que te tomaría tiempo salir de ahí, que justamente en este momento deberías estar leyendo mi nota que decía:

-10:00 PM Cena tu y yo en el lugar de siempre-

Caminaba con un ardor entre mis piernas, con la boca seca, lo mire en la mesa, esperándote, él me miro de frente, clavo sus ojos en los míos, y justo al pasar junto a su mesa lo escuche decirme:

-¿Disculpe caballero me podría indicar donde esta el baño de damas? mi hija, creo que tarda más de lo normal-

A Cuenta Gotas…

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Nunca entendimos que este amor era para beberse a cuenta gotas. Pudo más la premura del encuentro, el deseo que la razón. Yo me bebí tus manos, tus labios aquella noche, tú te bebiste mis ojos llenitos de amor.

¿Como no amarte, si eras mas mío que tuyo? ¿Como detener la andanada de tus manos por mi piel que llevaban tú nombre escrito con tinta de caricias?

Amado mío, el de siempre, el eterno. Por siempre llevaré el olor de tu piel perfumando mis noches, el sabor de tu fruto en mis labios y el cobalto de tu mirada iluminara mi camino.

Pero de este amor quedara solo el recuerdo, un breve espacio, un puñado de palabras por decir y otro tanto por escribir. Y sin embargo de este amor se hablara en los templos de lo sagrado, en honor a este amor los rosales florecerán en invierno y del noble grupo de los olvidados más de uno se sentirá acompañado con el recuerdo de este amor.

Mi amado, este amor era para beberse a cuenta gotas, no embriagarnos los sueños de tinto y piel, tinto y labios, tinto y lengua. Pero de este amor tu y yo no diremos nada, nos olvidaremos de el y así evitar que otra tarde de otoño lo haga florecer…

9 West & 53rd Street 2da Parte

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-Debería estar aquí, normalmente suele ser puntual, ¿que la pudo retrazar? Miro el reloj, diez después de la hora, es una lastima, su mesa esta ocupada. Por más que intente que no fuera ocupada, el grupo de visitantes nipones era tal que no hubo manera de evitar que se colocaran una mesas frente al ventanal.

¿Y si no vuelve? ¿Y si ayer fue el último día en que comería aquí? Y titubeé, no me anime a decirle que la vengo observando desde hace días, que aquel lunes que cruzo el comedor principal y la fragancia de su perfume me acaricio, no he tenido un solo día de paz. Ayer mismo adivinando su estado de animo, sus pensamientos, sentí, es mas me convencí que habíamos logrado establecer una comunicación en medio de este gran bullicio, de las mesas, el incesante ir y venir de charolas cargando platillos. Ayer no toco la copa de vino, acaricio el cuello de la copa con los dedos, pero no bebió, si acaso unos tragos pequeños al vaso de agua mineral, un suspiro prolongado que alcance a escuchar y la mirada evitando la mía.

Pero si vuelves, haré algo, te diré algo, no dejare pasar un día más, celebrare tu retorno-

Él se levanta de la mesa, abrocha el segundo botón del saco, de un tirón jala el puño de la camisa y reacomoda la mancuernilla, camina rumbo a la cocina, da un vistazo, se sonríe con el saucer, le guiñe un ojo, el maître se acerca, le susurra algo al oído, él asienta con la cabeza y da un vistazo mas al comedor, sobre todo a la mesa del grupo japonés de visitantes. Se acerca al mesero de origen hindú, le señala una mesa en la esquina, esté toma nota de las indicaciones y se dirige hacia la mesa vacía.

Se abre la puerta, con ella el ruido de la calle, los nervios enardecidos de la gran ciudad rugen cada que la puerta de cristal es abierta, hace su arribo arrastra a su paso el resplandor del mediodía, se acerca a la hostess, se disculpa por la tardanza, el trafico, un embotellamiento terrible, gesticula nerviosa, agita las manos, en eso da un vistazo rápido al comedor, a su mesa, no la ve, sus ojos ahora buscan la otra mesa, tampoco esta, en un claro acto de abatimiento deja caer los hombros. Se ha quedo callada.

La acompañan a otra mesa, en la esquina, la luz no es la mas adecuada pero se esta de alguna manera lejos del comedor principal y del bullicio, en ese rincón improvisado hay otra mesa también vacía. Le retiran la silla, ella toma asiento, y fija su mirada en el servicio, como si lo viera por primera vez, le traen como de costumbre la botella de agua mineral, un vaso con poco hilo, la canasta de pan recién horneado y la mantequilla que casi nunca toca.

Él la observa desde lejos, nota el cabello suelto cayéndole en la espalda, los labios rojos y tensos, la falda negra unas pulgadas más arriba de lo normal y su mirada, como si buscara algo.

Nuevamente el mesero se acerca a ella con un pequeño florero de rosas lilas, ella observa la pequeña base, el color de las rosas y distingue la fragancia que de ellas se desprende, sonríe.

Él encamina sus pasos, cruza el comedor lentamente, sin prisa, tan solo se detiene en una de las mesas, saluda, avanza entre las mesas, ella lo ve, siente que su sangre llega a su rostro como un lengüetazo de fuego, no lo puede evitar lo sigue con la mirada, la línea de sus pasos, estos se aproximan cada vez mas, ella puede percibir la ligera combinación de maderas en su loción.

Él se detiene en la mesa frente a ella, retira la silla, se desabotona el saco, con las dos manos jala ligeramente el pantalón y se sienta cómodamente, la silla queda un poco retirada de la mesa, el cuerpo relajado, pasa la pierna por encima de la otra y la descansa, en un acto disipado y seguro. Abre la servilleta de algodón y la coloca sobre sus piernas.

Ella lleva su mirada a otro lado, la descansa sobre el arreglo floral de alcatraces que adornan el comedor principal. Su corazón acelerado, sus manos temblorosas, no se ha dado cuenta que el joven mesero esta junto a ella y le extiende la servilleta en sus piernas, le pregunta que desea ordenar.

Ella elige el salmón de Alaska acompañado de una guarnición de vegetales. El mesero lo busca con la mirada y él gira su cabeza en negativa.

El mesero le pregunta entonces si selecciono un vino para acompañar su salmón, entonces ella un poco aturdida intentando concentrarse en la orden le dice:

-Una copa de Torrentes, Sagta-

El mesero busca de nuevo su mirada, él de nueva cuenta hace un movimiento negativo con la cabeza y el mesero se retira.

Ella siente su mirada, era la primera vez que él la observaba tan abiertamente, que estaba tan próximos, anteriormente se encontraban colocadas un par de mesas entre ambos y eso hacia toda esta situación mas llevadera, pero ahora, él estaba ahí, frente a ella, mirándola.

De la barra llega una botella de Sassicaia, sirven una copa, él no se distrae ni con el aireado del vino, por el contrario, la mira fijamente, hay un brillo en sus ojos que no puede ocultar.

Entonces toma la copa por el cuello, la mira, observa el color en contraste con el albo mantel, la rota, el liquido entonces despierta solo para regalarle un delicioso bouquet, examina el liquido ondear en la copa, compara el rojizo rubí con los labios cereza de ella, lleva la copa a la altura de las fosas nasales, lo aspira, con los labios entre abiertos se deja invadir del añejo, da un pequeño sorbo y descansa nuevamente la copa sobre la mesa. No sin antes regalarle una sonrisa.

Ella lo mira sin parpadear, los labios secos, la respiración entrecortada, sus ojos concentrados en los húmedos labios, entintados, ella se pierde en su frente, en el nacimiento del pelo, en la barbilla, y vuelve de nuevo a los ojos, decide mirarlo de frente, y responder a este ataque frontal, esta emboscada de la que dudaba salir bien librada.

El mesero se acerca con una copa de Chateau La Dauphine, ella lo mira sorprendida, pero no corrige la elección. Deja la copa reposar unos minutos sobre la mesa, se reacomoda de nuevo en su silla antes de darle el primer sorbo, y del movimiento la servilleta se desliza de sus piernas y cae al piso sin que ella lo note.

Entonces, con la copa aun en las manos lo ve levantarse de la mesa, colocar la servilleta en el asiento de la silla, encaminar sus pasos hacia su mesa, ella lo mira asustada, acorralada, el corazón acelerado a punto de estallar, las manos con un ligero temblor, él no distrae la mirada, siempre de frente, en eso se detiene frente a ella, a un lado de ella, agacha lentamente su cuerpo, la espalda ligeramente erguida, con el dorso de la mano izquierda recorre su muslo, ella no se mueve, siente el calor de su mano, su corazón es un caballo desbocado, él recorre el muslo lentamente, baja por la rodilla, reconoce la curva gloriosa de la pantorrilla, hasta llegar al tobillo, detenerse y tomar la servilleta del suelo.

Se incorpora lentamente, y cuando esta a la altura de su rostro, le sonríe de nuevo y se termina de incorporar no sin antes tomar una servilleta limpia de la mesa continua y colocarla en sus piernas.

Ella tiembla, tiembla incontrolablemente, siente el roce apenas perceptible de su mano en su pierna, luego en sus muslos, en su cadera, recorrer la espalda, subir por sus hombros y finalmente bajar por sus senos.

Cierra los ojos, imagina de nuevo que él no se detuvo en el tobillo, sueña de nuevo, que él siguió esa andanada por su cuerpo entero, que lacero cada pequeño rincón de su cuerpo. Abre los ojos, él sentado frente a ella, bebe lentamente el tinto. Sonríe luego bebe y sonríe una vez más…

Te ame como querías que te amara…

Aquella tarde cuando te vi por primera vez, supe que este amor no tendría posibilidades. Que la locura a la que me estabas arrastrando terminaría lacerándonos, rompiéndonos la cara y lo que quedara del corazón.

Yo te ame en el silencio de lo imposible, tu me amaste con la certeza de saberte correspondido. Y el tiempo paso, los días volaban y los años con sus meses nos regalaron las diversas estaciones.

Ambos intentamos no amar, ambos intentamos enamorar al otro, ambos lo logramos. Y yo te ame todas esas tardes juntos, te ame todas esas tazas de té que bebimos juntos, ame todos esos silencios compartidos, te ame como querías que te amara.

Pero una noche de Luna llena conocí el sabor de tu piel, esa noche tu lengua se fundió a la mía y volaron serpentinas en mi paladar. Esa noche el marfil de tus dientes dejo marcas en mi piel que solo yo puedo ver. Y tú, el Hombre de pocas palabras, hablo por horas el lenguaje del amor.

Hasta que un susurro tuyo me sorprendiera dormida en tus brazos, arrullada por el latido de tu corazón, intoxicada con el olor de tu piel, fundida a tu costado en un claro gesto de pertenencia.

Y tu me preguntas que fue lo que me atemorizo, me exiges que te aclare que me alejo de ti, yo recorro la línea de tus hombros, bajo columpiada por tus brazos, me paseo en los intrincados caminos de la palma de tus manos, subo nuevamente por tu pecho, beso ligeramente el sitio de tu corazón, solo para deslizarme cuesta abajo hasta llegar a tu cintura tomarte de ella, hundir mi rostro en el nicho donde habita el Todo y asi llenarme de ti.

Tú quieres escuchar que me aterró de este amor por el que hubiera dado la vida antes de que este amor me la quitara. Tú quieres saber que después de ti no sentí nada por nadie, tú quieres creer que en mi corazón no hubo espacio para alguien más.

Yo me pierdo en el acero de tu mirada, mis manos tiemblan con tu presencia –como siempre- me dispongo a responderte y tú me callas con un beso suave, que me hace entender que es mejor no decir nada.

Me tomas de la mano, salimos del lugar, caminamos juntos por estas calles, nos perdemos en las luces de la noche, nos perdemos en el momento, contigo no hay mañanas, ahora conmigo tampoco…

 

 

 

 

9 West & 53rd Street 1ra parte

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Allí esta de nuevo, falda negra por encima de la rodilla, blusa de seda blanca y el cabello recogido en una coleta. Se le nota cansada, lejana, tal ves melancólica. Toma el menú en sus manos, hace como que lo mira, pero puedo darme cuenta que en realidad algo la inquieta y no le permite concentrarse.

Le sienta bien el golpe de luz que entra a esta hora por el ventanal del comedor principal. Acostumbro al igual que ella sentarme en la misma mesa, desde esta esquina la puedo observar, sus movimientos, la forma en que el cabello le cae en la espalda, la servilleta reposando en sus muslos, el paseíllo de la punta de su lengua en los labios es un claro gesto de enfado cuando tarda la botella de agua mineral en llegar a su mesa. Sus dedos acariciando el pan recién horneado, dudando si probarlo o no.

Pero hoy la canastilla llevaba una selección de demi baguettes con barnizado y semillas, ella juega unos minutos con un par de semillas de ajonjolí que confitaron el mantel de su mesa, toma aire, suspira claramente ensimismada.

Hace quince días ella cruzo este comedor, el contoneo de sus caderas acaricio el filo de algunas de las mesas al tiempo que sus tacones cimbraron la duela.

No me vio, tardo días en mirarme, en notar mi presencia, primero fijo su mirada en mi aperitivo, mas tarde la descubrí atenta en la selección de mi vino.

Acomodo el puño de la camisa, toco el nudo de la corbata, como si se hubiera ido algún lado, deslizo mi mano por el cuerpo de la corbata hasta llegar a mi pierna, ahí me detengo, reacomodo de nuevo la servilleta en mis piernas, aguardo.

Atento, siempre atento a su selección, seguramente el día de hoy pedirá una copa de Piemonte, de aperitivo los higos marinados en balsámico con lajas de pato, no se lo comerá, jugara con el tenedor, moviendo los higos de un lado al otro del plato y por mera curiosidad probara el pato. Y seguirá con la mirada perdida en el ventanal que da al jardín, acariciando con su mirada las esculturas, mientras yo me la bebo entre sorbo y sorbo.

Mi sous chef se asoma desde la puerta que lleva a la cocina, nuestros ojos cómplices se encuentran, el me sonríe, regresa a la zona de combate y minutos mas tarde, sale una fragante y ligera sopa de hongos silvestres, eso es lo que ella necesita, una sopa tibia, que la reanime.

Ella observa el platillo que le ofrecen, argumenta que no fue lo que ella eligió, le informan que es una recomendación del chef. Lo mira detenidamente unos minutos, titubea, no le gusta que le impongan, pero finalmente acepta.

Toma la cuchara con la mano derecha y en un solo movimiento que va de adentro hacia fuera del plato llena la cuchara del tibio liquido y sin mover su rígida espalda, se dispone a paladearla.

Entonces las cerezas de sus labios se abren, la almohadilla del labio inferior acaricia el lomo de la cuchara, su boca se llena del tibio líquido, una gota se escapa por la comisura de sus labios y la rosada punta de su lengua la recoge de una sola pincelada.

La observo con la respiración entrecortada, una gota de cálido sudor recorre mi nuca, bebo de mi copa, sus ojos me miran de frente y columpian mi deseo en un pestañar.

Y se pierde de nuevo en las imágenes del jardín. Yo poso mi antojo una vez más en sus labios tibios, húmedos y me quedo un día más con la incertidumbre de no saber si volverá…

Amo…

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Que días estos, turbios, grises y melancólicos.

No lo digo, simplemente lo pienso. Tu parado frente a la ventana bebes té en silencio. Hemos logrado dialogar sin pronunciar palabra, a tu lado he aprendido un mil lenguajes nuevos y estoy convencida que hemos construido nuestra Torre de Babel.

Te observo y me digo lo que sé y lo que siento: Te Amo.

Amo el ancla que son tus pies que me mantienen siempre en tierra firme.

Amo la extensión de tus brazos que abarcan no solo tus sueños sino los míos.

Amo tu espalda el nicho perfecto de tu noble corazón.

Amo tus manos que cubren en su totalidad a las mías.

Amo tu cuerpo más mío que tuyo.

Amo tus labios y el beso tibio, profundo, húmedo, apasionado con el que me atrapan.

Amo el Azul Cobalto de tus ojos el mismo que un día me dio vida-me la quito-y me la volvió a dar.

Me acerco a ti pausadamente, mis brazos te enlazan, mi rostro descansa en tu espalda, se arrulla con el latido de tu corazón, mis labios recorren una vez mas tú tibia piel y sonríes.

Tu mano izquierda cubre mis manos, las presionas contra tu pecho y nos quedamos suspendidos en el momento.

Afuera simplemente: Llueve…