La tía Soledad

A mi tía Soledad la sorprendió la muerte en el momento menos esperado, o al menos eso decía mi madre. Lo que la muerte no sabía era que sólo se quedó en un intento eso de llevársela, porque mi tía Soledad estaba más viva que nunca en el pensamiento de todos y así fue durante muchos años.

El día de su boda fue la abuela Fina a despertarla para ayudarla a vestirse y cuando se acercó, muy despacito para no asustarla, le dijo quedito al oído que nunca dejaría de ser su niña mimada. Después le rozó la frente con sus manos grandes y pecosas y se dedicó a esperar a que mi tía abriera los ojos pero eso nunca sucedió. La tía Soledad estaba con la cara enmarcada por la sonrisa del eterno descanso.

Todos dicen que ese día la abuela Fina enloqueció. Aún recuerdo la cara de la tía Soledad. Era como un ángel. Yo no he visto nunca a un ángel pero en la parroquia de la Virgen del Santo Socorro, en el nicho del lado izquierdo del altar tienen al ángel; Uriel y la cara de él es igualita a la de mi tía. Cuando pienso que mi tía Soledad no tuvo control de su vida y menos en la llegada de su muerte, me dan escalofríos. Yo no quiero que me pase lo mismo por eso llevo 15 años planeando mi muerte.

Hace tiempo mientras me bañaba en el río, me imaginé que la

muerte y yo nos encontrábamos en un lecho inmenso y caudaloso y clarito veía cómo me enmarcaba la frente con una corona de musgo de colores y peces de agua dulce y me sentí tan bella y feliz que sólo cerré los ojos y sentí como me llevaba de la mano por un camino de piedras redondas que no tenía final y el agua me limpiaba las lágrimas que salían de mis ojos y se mezclaban con el río y entonces el río tenía sabor a un dolor como murmullo que casi no se siente ni se ve pero ahí está. En esas estaba cuando de pronto, un jalón y una bocanada de aire me hicieron toser con tal fuerza, que por la boca sentí se salía primeramente la muerte, después las piedras y por último, medio cuerpo de agua y eso no tenía fin porque de mis ojos, el río seguía saliendo y se seguía uniendo al río más grande pero ya no tenía el mismo sabor y muy a lo lejos oí la voz de mi madre invocando a todos los santos y ángeles de la iglesia.

Después de eso, me dediqué todas las noches a llamar a la muerte como me imagino hacen los muy enfermos y me hacía a un lado de la cama y por el otro lado abría las cobijas para que la muerte no batallara en acostarse y me dormía con la misma sonrisa de la tía Soledad y esperaba pero siempre me ganaba el sueño y cuando despertaba, la luz del día me quemaba la ilusiones una y otra vez.

La muerte, pienso yo, debe encontrarnos a todos como a mi tía Soledad, con cara de ángel y no como a la abuela Fina que hablaba sola en su cuarto con ella y cuando de seguro la muerte le contestaba se ponía

a gritar como si la estuvieran rasgando por dentro. Y le preguntaba por su niña y cantaba la canción predilecta de mi tía y luego le recitaba de memoria ese poema de la princesa triste. A la abuela Fina le tuvieron que coser los labios con hilo de cáñamo porque no se le podían cerrar. Todos teníamos miedo de que si se le quedaban abiertos, allá en el otro mundo seguiría recitándole a mi tía Soledad y no tendría nunca descanso eterno.

Por eso mismo quiero que la muerte a mí no me sorprenda.

Mi madre tiene razón cuando dice que en el mundo hay dos tipos de mujeres: las que tienen una vida de infierno y desdichas y las mujeres como mi tía que se van al cielo de donde nunca debieron haber salido y la verdad es que yo pienso igual y por más que trato, a veces siento que la muerte se ríe de mí.

Hoy cumple 20 años de muerta la tía Soledad. Pasaré al puesto de doña María a comprar dos decenas de brisas de las pampas que tanto le gustaban y le limpiaré la lápida.

Después voy a pasar a la parroquia a rezar un rosario y a confesarme con el padre y de ahí sólo me detendré en el mercado para comprar un par de velas para hoy en la noche.

La verdad es que no veo la hora de irme a dormir. Después de buscar durante años encontré la llave del cuarto de mi tía que lo tenían cerrado desde su muerte y cuando ayer lo abrí me di cuenta qué tonta fui todos estos años buscando la muerte en los lugares menos indicados cuando ella no se ha movido de lugar en todo este tiempo.

Si le hubiera dicho yo a mi madre que la muerte me tiene el lado derecho de la cama con las cobijas abiertas para que no batalle en recostarme a su lado sé que me volverá a decir que estoy loca como lo viene haciendo desde hace tiempo y ya me cansé de que se le llenen los ojos de ese brillito tornasol que no es otra cosa que lágrimas y diga muy quedito: “Soledad, ¿qué hiciste con mi hija?” Como si yo no la oyera y no me diera cuenta que la culpa a ella de mi deseo de ganarle la partida a la muerte.

Las velas las compro con tiempo porque yo sé que con los apuros y el dolor se le olvida a la gente pensar en lo mucho que da de tumbos el alma por andar a oscuras y yo quiero encontrar mi caminito empedrado pronto. Por eso mismo, le ordené al padre que a partir de mañana empiece mi novenario aunque sé que no me lo tomó en serio y sólo se me quedó mirando con cara de piedad porque bien sé que el padre Martín, igual que todos, cree que estoy loca.

Loca estaría yo si con todo este tiempo que he tenido pretendiera seguir cargando un dolor que no sabe a dónde va, de estas noches sin descanso sólo cuidando la puerta y las ventanas y hasta el mismo cerrojo para evitar que la muerte se me cuele por ahí sin que yo me dé cuenta. Loca estaría yo si pretendiera tener la mirada de la abuela Fina, así como perdida y con los brazos llenos de vacío y la boca sin más nombre que el de mi tía que es mi nombre hablándome quedito al oído y llorando de dolor cada que yo me quedaba dormida.

Loca me volvería yo una y mil veces si permitiera que el amor llegara a mí y me bebiera la sangre como se la bebió a mi tía Soledad rompiendo todas sus ilusiones y podría soportar todo menos el lamento dolorosa de la abuela Fina pidiéndole perdón por no haberla dejado casarse con el hombre que ella quería por ser un don nadie y por haberla obligado a casarse con don Esteban, ese viejo que trae la muerte atrapada entre las arrugas de la piel.

Loca estaría yo si pretendiera seguir dando largas a esta vida que nunca ha sido mía y no me importa no tener la cara de ángel ni la sonrisa de descanso, me conformo con que hoy, atrapando suspiros de éter, me encuentre la muerte.

*tomado del libro: De La Cintura Para Abajo y Otro Relatos

2 comentarios en “La tía Soledad

  1. LOS MARIACHIS CALLARON

    El fuerte olor a orines flotaba en toda la cuadra. El sonido que nacía del tacón al pisar la acera empedrada anunciaba su llegada obligando a más de uno a voltear la cabeza y seguirla de reojo.

    BARBARO.

    ME GUSTA BAÑO DE VAPOR Y DAMASCO.

    Pero ciertametne la Tía Soledad tiene su encanto. Y es absolutamente electrocutante.

    YO PROPONGO A LA JARTBIT, PARA MADRINA DE MADRINAS EN LA PROXIMA BABA DE CARACOL Y QUE LE ENSENNIE A LA GENTE COMO SE DESNUDA EL INTERIOR DEL LECTOR CON SUS LETRAS.

    LA MUSA DE LAS LETRAS SALVE A ESTA BELLA POETISA, QUE ESCRIBE EN ESTE BLOCK

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