Los Mariachis Callaron

El fuerte olor a orines flotaba en toda la cuadra. El sonido que nacía del tacón al pisar la acera empedrada anunciaba su llegada obligando a más de uno a voltear la cabeza y seguirla de reojo.

            A pesar de lo incómodo de ser observada prosiguió su recorrido. Llevaba 45 minutos buscando la dirección, haciendo preguntas, describiendo el lugar, dando santo y seña y lo único que había conseguido eran miradas morbosas acompañadas de una respuesta evasiva en voz baja.

Le quedó bien claro que todos sabían dónde estaba exactamente el lugar, incluso que más de uno lo conocía, no porque fuera muy obvio sino porque le explicaron que ese no era un sitio al que fueran mujeres.

            Ya en la esquina, un ardor le subió a la boca y algo se le retorcía en el estómago. Igualito a cuando le daban las malas noticias y un sopor le cubría el cuerpo y se le nublaba la vista; previno éso y de un enorme bolso de charol sacó una botella de Evian, le dio un trago grande que le dolió un la garganta y le cayó de golpe en el estómago.

            Ya más recuperada cruzó la calle. el trayecto de una acera a la otra le pareció eterno; le dio tiempo incluso de tener una alucinación y vio a un hombre grotesco vestido con una malla transparente y una gran capa de plumas de colores y tacones dorados; en la cabeza, a modo de Carmen Miranda, un  tocado en forma de pene eyaculando confeti sin parar.

            Se detuvo en medio de la calle para observar cómo él tomaba la esquina con la mano izquierda moviéndola de lugar entre carcajada y carcajada, y con la mano derecha le decía adiós entre el destello de unas enormes uñas en color brillante que la cegaban.

            Ella dio tres saltos grandes al estilo bebeleche y cayó de nalgas en la esquina; lo buscó con la mirada y después a gritos. Pero era evidente que él no estaba.

            Se sintió tan ridícula que ya más compuesta sacudió el polvo que le quedó en el trasero. De un movimiento brusco y seguro se jaló el saco, levantó la cara y se echó el pelo hacia atrás, y una vez que sintió que todo estaba en su lugar, el  corazón se le convirtió en un gran tambor que le retumbaba hasta en la punta de las yemas y justo en sus rodillas venía a encontrar el eco de una gran campana. Todo esto, entremezclado con la música que salía de ese lugar.

                        Dio un paso dentro y los ojos se le convirtieron en dos enormes esponjas que absorbían escenas nuevas para ella. El tiempo, junto con el sonido, fue devorado por cada carcajada que salía de la boca de esos hombres. 

            Y lo vio ahí con los ojos cerrados, meciendo su cuerpo al ritmo de quién sabe qué diablos, porque de algo estaba segura y fue que al momento de entrar ella al bar, los mariachis callaron y las miradas extrañadas se dirigieron hacia ella, todas menos la de él.

            Lo vio crecer, llenarse los pulmones de aire, igual que un toro en medio de un ruedo, y si la sonrisa fuese una herida, de seguro él sangraba de herida mortal.

            Se recargó en la pared y el frío de la misma le recordó en un escalofrío qué hacía ahí, quién era ella y quién era ese hombre que arrullaba su felicidad en brazos de otro.

            Sacó la cajetilla de cigarros que fumaba a escondidas para no disgustarlo, encendió uno y dio la más intensa y larga bocanada que nunca nadie dio y  aprovechando la nueva condición de sus ojos, goteó a manos llenas las imágenes de los últimos 30 años a su lado.

            Una vez que se terminó el cigarro, lo tiró al suelo, lo apagó con varios giros del tacón y se despidió con una sonrisa del joven de la entrada…

 

 

 

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