El Calote

a Jacinto Astiazarán R.

¿Es usted la señora O?. O, con el cigarro sin encender entre los dedos, despertó de un lejano y pesado letargo. Con la angustia había olvidado que estaba prohibido fumar en los hospitales y se conformó con retener el cigarrillo entre sus manos, de vez en cuando acercarlo a su nariz y aspirar el aroma del tabaco.

Si por lo menos hubiera tenido el habito de morderse las uñas, sin importarle se habría ido sobre esas diez uñas manicuradas.

La voz volvió a replicar con mas insistencia, y modorra alcanzó a balbucear un sí torpe y tembloroso.

El señor O esta fuera de peligro, puede pasar solo un momento a verlo, pero no le hable, es necesario que repose.

Como impulsada por una mano invisible se levantó y se dirigió a la habitación, empujó suavemente la puerta, procuró no arrastrar los pies, caminar casi flotando, se detuvo a la mitad del cuarto, lo encontró tendido en la cama, conectado a un sinfín de aparatos y tubos que invadían sus brazos, su nariz. ¿Duerme?, se preguntó y dudándolo se acercó a él y comprobó que su respiración era lenta y trabajosa, sus ojos aunque cerrados, mantenía un constante vaivén que se reflejaba en los párpados.

Lo miró por largos minutos como hipnotizada y recordó que su madre decía que cuando los ojos se mueven de esa manera significaba que quien duerme esta soñando. Se preguntó si en medio de ese asalto del avance médico él tenía tiempo de soñar, acercó la silla junto a la cama y se sentó a su lado, tomó su mano derecha y la beso lentamente, de pronto una rabia le subió a la cara y quiso morder esa mano, descargar toda su ira contra esa mano suave, grande, de largos dedos, pero se contuvo y sólo se permitió un lloriqueo infantil y mocoso.

Mira que hacerme pasar por esta angustia…

Lo miraba recelosa y furiosa a la vez, soltó la mano lentamente cruzó los brazos y fijó la mirada en el par de ojos cerrados que continuaban en constante movimiento.

Hoy, es la pedida de mano de la nena, no te olvides de llegar puntual, te conozco y sé que te gusta hacer esperar a la gente para hacerte el interesante…

No hubo respuesta, él se levantó de la mesa sin decir palabra y dejó el desayuno sin tocar, salió de la casa tras un portazo. Ella sabía aunque él no se lo dijera que estaba furioso con la idea del matrimonio de su hija, jamás aprobó al pobre muchacho, que durante dos años no tuvo otra tarea que echárselo a la bolsa.

Los meses pasaron volando, y los preparativos de la boda absorbieron toda la atención de la familia O.

La gente decente se casa en otoño y sin grandes pretensiones.

También la gente decente se casa en la iglesia de La Inmaculada, oficiada la misa por el Señor Obispo no más tarde de las ocho para después asistir a la fiesta en el salón del casino. La señora O recorrió los mercados en busca de decenas de decenas de brisas de las pampas para los arreglos florales de la iglesia. Era una tradición de familia, las mujeres de su casa obsequiaban al altísimo la dulce fragancia de las efímeras flores a cambio de un matrimonio duradero y feliz. Su hija no sería la excepción, como tampoco lo sería en los adornos del salón, ni el vestido de podesua blanco, ni la tiara de perlas de agua dulce préstamo de la tía O, que por cierto nunca llegó a usarla pues su prometido murió un día antes de la boda, de un infarto, mientras se revolcaba con una prostituta.

Los meses fueron transcurriendo para la familia O, y para las mujeres de la familia O, no había más plática que los preparativos de la boda, hablar de los manteles, los diferentes platillos, el vino apropiado para acompañar la cena, la confección del pastel, las despedidas de soltera, las listas infinitas de invitados. No había rincón de esa casa que no estuviera invadido de aquel ambiente efervescente y dulzón. El señor O comenzó a sentir que invadía un espacio que no le pertenecía más; súbitamente tuvo que guardar silencio en las comidas y más tarde en las cenas, notó, sin darle mucha importancia, que se había transformado únicamente en un ejecutivo de cuenta bancaria al que se le sonríe mucho con tal de conseguir un préstamo, pero el señor O sabía que esto no era un préstamo ni mucho menos, por el contrario abriría las arcas de su corazón y su bolsillo a un pelafustán, a un desconocido, con el que además de competir por el amor de su hija competía por un lugar en esta faramalla de la dichosa boda. El señor O se refugió los últimos meses en M su perro, M siempre fue muy solidario y echado a los pies de su amo veían el ir y venir del resto de la familia O.

¿Te probaste el frac?, es necesario que lo hagas lo más pronto posible para mandarlo a la tintorería.

La señora O, repetía la misma frase en los últimos cinco días y no tenía la menor intención de cambiar de sonsonete, así que sin más remedio, el señor O arrastró sus pasos a su clóset, abrió la puerta y lo abrazó la fragancia a caoba, dio unos pasos y se adentró en él, se sorprendió ante el casi obsesivo orden de la señora O a la hora de disponer la forma en que las cosas se colocan, sus trajes se organizaban primero por colores de ascendente a descendente, dos piezas, tres piezas, chalecos, sacos sports, cruzados, dos botones. Las camisas seguían el mismo orden con la única diferencia de que se acomodaban por tipos de cuellos, puños. Y justo al final de aquel meticuloso orden se apreciaban los abrigos, de pelo de camello, casimir de lana, cashmer, las gabardinas al final casi en el olvido, los tuxidos y los fracs, negros todos.

Hacia tiempo que no se los ponía, si mal no recordaba, el frac lo guardó desde la fallida boda de su hermana; abrió la bolsa de plástico y lo sacó, se fue desnudando pausadamente, primero los zapatos, la camisa y por último los pantalones, se fue incorporando poco a poco hasta encontrarse con su imagen semidesnuda en el espejo colocado justo frente a él. No se reconoció, se miró largo rato los hombros, las piernas, las rodillas, nunca supo en que momento sus rodillas se le hicieron de elefante, pliegue tras pliegue, la curiosidad dicen, mató al gato, así que se quitó la camiseta interior y con pena vió sus pequeños pezones caídos, unas cuantas canas en el pecho, los brazos flácidos y delgados, los extendió al frente y a los lados, dobló primero uno y luego el otro, descubrió una especie de bolsa de piel que colgaba del antebrazo sacudió su brazo doblado para comprobar la flexibilidad de ese pedazo de carne que en otros tiempos le habían valido el apodo de ¨calote¨.

Con O no te metas, está muy calote. ¡ O, qué calote estás ¡ Ves a ese cabrón, pues está bien calote.

El señor O, repetía esas frases en voz alta mientras sacudía con más fuerza sus flácidos brazos y una sonrisa triste se dibujaba en su cara.

A partir de ese momento los días iniciaban a las cinco de la mañana, el señor O salía a correr una hora, los primeros días le zumbaba la cabeza y se mareaba pero no se detuvo, después incorporó veinte minutos de natación, y a la cuarta semana cuando sintió que ya tenía algo de condición decidió inscribirse en un gimnasio donde nadie lo conociera.

Llegó ataviado con un modelito deportivo caro y una enorme maleta, le dieron un recorrido por las instalaciones para terminar de convencerlo, pero él estaba seguro que se quedaría. Cuando le preguntaron al señor O cuál era su meta, recorrió todos los rincones del gimnasio hasta que sus ojos se posaron en unos bíceps brillosos y sudorosos de color dorado.

Así, así de calote.

O, sentía que el tiempo se le venía encima, le quedaban sólo tres meses para ponerse en forma así que, siguiendo las instrucciones de su entrenador personal, mejoró sus hábitos alimenticios, dejó a un lado todo aquello que no ayudara a su buen desarrollo, bebía licuados para fortalecer los músculos, tomaba vitamina E, A, D y calcio.

Cuanta receta llegó a sus manos la probaba, en ayunas bebía un licuado de nopal y perejil, al mediodía ocho onzas de jugo de zanahoria y apio con un poco de ginsen.

Había que dejar el cigarro a como diera lugar, probo el parche, los chicles, y la fuerza de voluntad, pero esto último le dio varios reveses en su intento.

El espejo dejó de ser una amenaza para él, que con gusto ventilaba sus carnes firmes por las regaderas del gimnasio y su casa, tomaba sesiones de bronceado por lo menos cuatro veces a la semana. Era otro, se sentía bien, valía la pena el esfuerzo, solo de imaginarse el día de la boda de su hija recibiendo saludos, abrazos, palmadas en la espalda, pero sobre todo esos apretones de brazo al saludarlo mientras que con la otra mano se estrecha con firmeza, se mira a los ojos y se sonríe… O, mejor que nadie, sabía lo que en ese momento la mayoría de los hombres piensan:

Que aguado está este cabrón, o peor aún que brazitos tiene este guey…

O sonreía con malicia, nunca se imaginó contando en secreto los días restantes a la boda con tanta ansia, como si fuera él, el principal actor de la celebración.

Esa mañana, la adrenalina recorrió su cuerpo, lo mantuvo en una montaña rusa de exaltaciones, se levantó más temprano que de costumbre, empacó sus cosas en la maleta deportiva y salió rumbo al gimnasio; había pasado una noche inquieta, sudorosa, se detuvo en un alto, miró su reloj, pensó en su hija, la película de ella voló frente a sus ojos: sus primeros pasos, los primeros balbuceos, aquella sonrisa que lo marcó y le encogió la garganta, el baile de los quince años y el portazo en su cara cuando entró sin llamar a su cuarto y ella se probaba el vestido de novia cuando alcanzó a robar una imagen fugaz, etérea, de la niña que se le iba de las manos.

Se quedó por largos minutos tras esa puerta esperando que se le permitiera la entrada, él hubiera aprovechado para decirle a ella que lucía hermosa. El tiempo pasó y la puerta no se abrió, se retiró a la sala, sus pasos arrastraban como sombra a M, en silencio.

Un claxon, dos cláxones, muchos, lo regresaron a la realidad. Se había quedado suspendido en el ayer, eternizándose en el semáforo junto con sus recuerdos.

Levantó la vista y miró con coraje por el retrovisor al tipo que tal parecía se había quedado pegado al claxon, apretó la quijada mientras bajaba la ventanilla, sacó el brazo izquierdo y con fuerza empuño una seña obscena, silencio total.

Hasta podía escuchar los comentarios de los demás con respecto a las dimensiones de su brazo, era música a sus oídos, más adrenalina.

El tiempo ahora tenia que volar, llegar a la tarde, correr a la iglesia, entrar del brazo de ella, sonreír, corresponder a las miradas, los abrazos… la satisfacción que le producía ese momento se manifestó en una leve erección que trató de controlar, pero que a la vez se le antojaba presumir en las regaderas, en el sauna, en las gradas del vapor, en la mesa del masaje, y frente a ellos, esa sarta de detractores que se achicarían al sentir la dureza de su brazo, apretón tras apretón, palmada tras palmada, y abrazo tras abrazo.

6:30 PM, el señor O competía en aroma con su closet al salir del baño, se vistió pausadamente la ropa interior, pensando que no se casaba una hija todos los días, así que había que hacer de esto un ritual; encontró en el perchero el frac, inmaculado, sin una sola arruga, como un despojo que lo aguardaba con ansia, para cobrar vida sólo a través de él, descolgó el pantalón, primero una pierna luego la otra, a la altura de los muslos…algo pasaba…la camisa abierta… los brazos… ¿qué pasa con las mangas? Con un movimiento brusco jaló el saco del gancho y se lo puso, le quedaba chico, apretado, los brazos no subían, la espalda no cuadraba, lo mismo pasaba con la camisa y los pantalones, no entendía que estaba ocurriendo, se miró al espejo, estaba hecho un mamarracho, pensó en aquella caricatura que veía su hijo de un hombre verde con la ropa harapienta y chica…

Vociferó a los cuatro vientos, insultó a más no poder, faltaba una hora y media para la boda, el eco de una frase zumbaba en su cabeza igual que un panal de avispas: no te olvides de probarte el frac, una y otra vez la voz de la señora O entraba por un oído y salía por el otro hasta el punto de enloquecerlo, salió de su casa aventando puertas, tras él la señora O le preguntaba que ocurría sin alcanzarle el paso por los tacones que llevaba, lo siguió hasta la cochera, lo vió subir al auto y arrancar a toda velocidad.

No puede seguir aquí señora, tiene que descansar, él está fuera de peligro.

La señora O despertó, le dolía el cuello, el maquillaje corrido le acentuaba un dramatismo a su rostro junto con el peinado desecho, giró su cabeza lentamente con los ojos cerrados a un lado y hacia el otro, clavó sus ojos en el rostro de su esposo y le pasó la mano por la frente como si fuera un niño febril, el médico la observaba desde el marco de la puerta, ella se acerco a él cómo si fuera a besarlo, y al oído le susurro amargamente:

Ese no era tu frac.

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