Cucurrucucú Paloma

El ring del teléfono lo encontró con la boca abierta, las cobijas en el suelo y una pesadilla.

El corazón no terminaba de acostumbrarse a los sobresaltos de la media noche que casi siempre vienen acompañados de malas noticias. Torpemente alargó el brazo izquierdo, manoseó a ciegas la mesita de noche, la lámpara, el reloj y por último reconoció el lomo de plástico del auricular.

Un sabor a metal iba acompañado de las palabras. El “Bueno” lo paseó por las encías y lo chasqueó con la lengua para animarlo a salir.

Como única repuesta: Un llanto lastimoso. Sin encender la luz se sentó al borde de la cama, buscó con desesperación la cajetilla de Gitanos, los cerillos.

Nada, no estaban por ningún lado. Justo como él, a quien la oportunidad de un trabajo en el extranjero lo llevó a estar lejos de su familia, de sus amigos pero sobre todos de ella: Felicia. La mujer que encontró en plena carretera con una llanta del auto ponchada y un vestido de gasa de color morado y los ojos hinchados de rabia por ser incapaz de cambiar el neumático. La misma que andaba descalza por toda la casa para evitar darle un pisotón a los espíritus, se le metía a la cama por los

pies, le besaba los tobillos, mientras le pedía que cerrara los ojos para no ver lo grande de su amor

Quién iba a decir que aquella mañana sentados en el café de 5 de mayo, mientras leían el periódico, sería ella quien lo animaría a leer aquel anuncio:

“Se solicita Ingeniero en Petroquímica, 35 años, soltero, para trabajar en Kuwait, excelente sueldo y prestaciones. Interesados mandar curiculum a la dirección que aparece”.

La primera vez que oyó hablar de Kuwait fue en el 90’ cuando La Guerra del Golfo. Él, al igual que el resto del mundo, no sabía nada de ese país de 17,818 kilómetros cuadrados. Sólo que estaban solicitando personal para reconstruir las refinerías destruidas por la guerra, que los sueldos eran muy atractivos, “7, 000.00 dolares por lo menos,” le dijo Felicia, “eso en México jamás lo ganarás ni trabajando doble turno.” Además de casa, comida y transporte, le cubrían todos sus gastos médicos y de viaje. Así que el dinero que ganara bien podría ahorrarlo íntegro.

Fue también Felicia quien se encargó de llevar sus documentos a la oficina ubicada en Tokio 25, tercer piso, con el señor Abdullah al-Zaid, el mismo que se deleitó ofreciéndole un té con media taza de azúcar mientras observaba con un deseo morboso su piernas largas.

Felicia… Lo despidió aquella noche con la casa a oscuras oliendo a flores y una copa de vino en la mano mientras se acercaba para llevarlo a

la recámara, y abriendo la puerta lentamente para hacer todo aquello más memorable, podía sentir el corazón agolpándose en la punta de la yemas. Felicia… Riendo nerviosa cuando él descubrió la recámara transformada en una tienda beduina y tal parecía que en vez de abrir una puerta, Felicia abría una página de “Las Mil y una Noches” que sólo por esa ocasión le convertiría en un sultán. Al ritmo de la música, el corazón de Felicia se bajó a la altura del ombligo provocando que su cintura girara de derecha a izquierda en movimientos lentos que iban acrecentándose al ritmo de los tambores.

A la mañana siguiente, sobre la almohada, en dos líneas y con faltas de ortografía, le decía adiós. En el pasillo del departamento encontró dos maletas, un sobre con sus documentos en orden, un boleto de ida para esa noche a Nueva York, escala en Amsterdam y finalmente Kuwait.

Después de 28 horas de vuelo, después de 48 horas de tener a Felicia montada sobre él, en medio de esa borrachera de inciensos, velas, flores, y música, llegó con el saco arrugado y con un sabor a comino en la boca.

En la sala le esperaba el Sr. al-Zaid, sonriente, con los dientes manchados de tabaco y té. Lo abrazó efusivamente, lo ayudó a buscar su equipaje y con el cigarro en los labios, aprovechó para preguntarle con malicia por ella, al tiempo que su mano izquierda se entretenía con un rosario de cuentas ámbar. Se detuvo a pensar en ella, a traer su olor en

medio de aquel caldo de humores extraños. Felicia… Sus cartas llegaban un mes después, cuando de seguro ya no eran noticia y él se pasaba las hojas por el cuerpo sintiendo que eran las manos de ella, deseando encontrar la soledad que él sentía entre esas líneas, desprendiendo el timbre para pasar su lengua donde estuvo la de ella…

Las cartas de Felicia venían llenas de anécdotas, sin bordados de dolor ni ansiedad.

Esa falta de agonía era justamente lo que en el fondo le lastimaba: imaginarla caminando por las calles riendo con la gente, mientras él seguía dentro de ese reloj de arena al que no le veía fin. Ella jamás habló del contrato por cuatro años, ni del calor infernal de agosto, ni de las tormentas de arena en diciembre. De hecho Felicia nunca le dijo nada. Se limitó a aparecer en su vida como un carro de fuego al cual le fue imposible subir. Se lo venía repitiendo en las últimas 29 cartas, se lo reclamó en los últimos 10 telegramas y se lo dijo a diario con el pensamiento en los últimos 525 días, parado frente a la ventana de su dormitorio espantando zancudos diminutos con el humo del cigarro.

Tenía deseos de reír, cimbrar con sus carcajadas toda la ciudad, porque el dolor de Felicia lo revivía, él mejor que nadie sabía que no hay nada tan hermoso y puro como el sufrimiento del ser amado. Con gusto hubiera transformado el auricular en una regadera para que por ahí

salieran las lágrimas de ella y bañarse en esa agua salada, salir al sol, dejar que se tatuara el dolor de ella en su cuerpo, hilvanar lágrima por lágrima hasta formar un misbah que llenara el hueco de su mano izquierda mientras tomaba el té y se quedara dormido con el último rezo del ocaso. Pensando en ella, sintiéndose más unido a ella ahora que ya conocía el dolor…

Abrió los ojos para dar libertad a las lágrimas, las dejó recorrer su rostro, confundirse con el sudor para crecer con más fuerza a la hora de terminar estrelladas en el suelo junto a las palabras de ella, que de una vez por todas lograban zafarse del nudo de la garganta y de cuatro latigazos crudos le anunciaban el único motivo de su llamada: Había muerto Lola Beltrán.

tomado del libro: De La Cintura Para Abajo y Otros Relatos

3 comentarios en “Cucurrucucú Paloma

  1. Pues por aquí andaremos deleitandonos con las nuevas letras, y que viva el chocolate.
    Palomilla antojadiza

    Gracias Fab,

    Que gusto encontrarte por aca. Eso espero que me sigas visitando y sobre todo que te gusten los textos. Un fuerte abrazo con cariño.

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