¿Te vas?

-¿Te vas?-

Me preguntaste esa mañana sentado en el jardín bebiendo te. Yo me mordí los labios, me arranque un trozo del corazón, contemple mi mano izquierda, el fulgor de hermosos destellos multicolores en mi dedo.

Di un ultimo vistazo a la amplia cocina, a la plancha de mármol italiano que mandaste colocar para que yo trabajara el chocolate, mire todos los instrumentos, el set de tenedores para el trabajo de chocolate que me regalaste con una nota dulce hace varios años.

Tú dabas un sorbo mas, con tu acostumbrada serenidad, con tu acostumbrada templanza, yo hurgué en el cobalto de tus ojos, pero la tensión en tu quijada lo decía todo. Un sorbo mas, bajaste la mirada, tus manos acariciaron por última vez el lomo de Maya, la tomaste entre tus brazos, la acercaste a ti y ella te regalo un lengüetazo tibio, húmedo y sincero.

Dunia, parada a tu lado con la cabeza gacha, se alejo de ti sin decir adiós, cruzo la puerta del jardín, y vino a mi encuentro. Las dos vimos por ultima vez la que fue nuestra casa, nos despedimos de cada rincón, donde el amor floreció, donde el amor nos regalo momentos mágicos, donde el amor me enseño a amar, pero sobre todo donde el amor me templo.

¿Lo recuerdas Dunia? ¿Recuerdas el día que llegamos a esta casa? El hermoso jardín, las amplias recamaras, la sala con la chimenea tallada y el comedor de doce sillas. ¿Recuerdas mi cara cuando vi aquella cocina? El me tomo de la mano, y me enseño cada rincón de ella, cada gaveta, cada cajón, cada repisa, el equipo, los sartenes, las ollas de cobre, el enorme horno. Recuerdas Dunia mi asombro cuando abrió aquella repisa y vi las antiguas vajillas, y sobre la mesa había un regalo envuelto en papel satinado de color plateado y un enorme moño blanco. Y el me dijo:

–ábrelo es tu regalo de bienvenida-

Y para mi sorpresa dentro estaba la vajilla de porcelana blanca con filo en plata y rosas, la misma vajilla que utilizaba mi mamá en las Navidades y que por azares del destino y las un mil cambiadas de residencia que vivimos se había extraviado.

Nunca supe donde la encontró, pero como esa me dio muchas sorpresas y ahí mismo me tomo de la mano y regresamos a la cocina, al centro había una isla cubierta de un manto rojo que la cubría por completo.

Me pediste que diera un paso atrás y de un jalon retiraste la tela y quedo al descubierto aquella plancha enorme de mármol rosado.

Yo sentí un escalofrío recorrer mi espalda, bajar por mis piernas y mi respiración agitada. Tu te acercaste a mi, me clavaste el cobalto de tus ojos y sentí el calor de tus manos, de tus rosadas y hermosas manos, las sentí bajar por mis brazos, tomar mis manos, llevártelas a los labios y besarlas, sentí tus fuertes manos tomarme por la cintura, acercarme a ti de un movimiento brusco, tan solo a unos centímetros de ti, de tus labios. Sentí el lacerante roce de tus labios en mis hombros descubiertos, bajar por mi pecho tibio, tembloroso, rozar mis senos, hundir tu rostro entre ellos, beber de ellos, morderlos sin descanso, hasta hacerme gemir.

Me colocaste sobre la enorme plancha rosada, un temblor me recorrió al contacto con mi piel, yo arqueaba levemente mi espalda, tu me fuiste retirando la ropa lentamente, todo menos las zapatillas rojas, recorriste mis piernas con tus manos, acariciaste mis muslos, mi entrepierna hasta llegar al nacimiento de mis ingles, mi respiración era trabajosa, suplicante, mis rodillas se encontraron en un movimiento y tu sonreías maliciosamente.

Del cajón sacaste un cordón de algodón, me tomaste las manos y ataste mis muñecas, yo te miraba nerviosa con los labios secos, tú sonreías, me mirabas. Finalmente tomaste mis rodillas las fuiste separando lentamente, yo miraba tu cabeza hundirse entre mis piernas, devorarse mis ingles, mi pubis, mis labios, recorrerme sin piedad, las piernas en un desesperado intento de separarme de ti, mis pantorrillas presionando tu cabeza, mi boca emitiendo quejidos lastimosos, una contienda, una lucha, una batalla con tu rostro, con tus labios, con tu lengua.

Unos segundos antes de estallar sentí aquel golpe seco que me arranco un grito, un mar de lagrimas, mi cuerpo tembló ya no por el frío, ya no de deseo.

La palma de tu mano quedo lastimosamente marcada, tatuada en mi pierna, tú volviste a lo tuyo, yo cerré los ojos de nuevo y me perdí, me perdí para siempre…

Retiraste a Maya de tus brazos y ella como de costumbre corrió a mi lado, con esa actitud infantil que te gano el corazón, corrió desenfrenadamente en busca de la acostumbrada galleta.

Tu te paraste de la silla, por unos segundos nos miramos desde el cristal, y un par de lagrimas recorrieron mi rostro, y un par mas salio de mi nariz, y me deteste ante esa muestra de dolor.

Tus pasos lentos cruzaron la puerta, se fueron acercando a mí, y aun a pesar del tiempo, de los años nunca deje de temblar con tu proximidad.

Pero estaba decidido, este espacio quedo chico para este amor, en esta plancha de mármol no solo temperaste chocolate, sino también mi corazón, mis sueños.

Un día, un buen día apareció el dolor y la soledad y con ella el abandono y la indeferencia. Un buen día fueron huéspedes permanentes de esta casa y no hubo algo que pudiera hacer para evitarlo, no hubo manera de regresar el tiempo atrás.

-¿Te vas?-

Me volviste a preguntar, posiblemente te lo hacia dudar la falta de equipaje, solo mi bolso a un lado y las correas de ellas. Yo guarde silencio por temor a decir lo contrario, por temor de decirte que no me seria posible vivir sin ti y contigo, por temor a que me detuvieras, por temor a sentir tus labios encontrarse con los míos.

Guarde silencio. Tu tomaste mi mano izquierda la contemplaste por unos minutos, y con la misma seguridad que un día colocaste esas dos argollas en mi dedo, esa mañana de la misma forma las retiraste.

Contemple por ultima vez el cobalto de tu mirada, tome las dos correas, el bolso y cruce la cocina, pase por la sala y el amplio comedor, me mire por ultima vez en el enorme espejo de la entrada, no era la misma que en un momento cruzo esta puerta, los pómulos mas rellenos, los hombros mas redondos, las piernas mas firmes y el cabello mucho mas largo.

El Amor me decías, no es asunto de cobardes Beatrix recuérdalo. Y a tu lado yo no fui una cobarde, a tu lado le puse las dos mejillas al Amor. Al deseo le entregue un cuerpo, y a tus sueños mi piel.

Hoy, después de esta larga espera recibo la llamada que por tanto tiempo aguarde. Me das La Libertad, y con ella el poder de recuperarme.

La posibilidad de verme de nuevo en un espejo y reconocer el reflejo del otro lado, hoy a tan solo unos días de que finalice el año podré cerrar las puertas y ventanas, airear cajones y gavetas, despedirme de estas letras, de esta cocina, tomar de nuevo a Dunia y Maya e iniciar una nueva vida.

-¿Te vas?-

Me preguntaste aquel día, cuando el que se había ido eras tú…

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