Latae Sententiae

Contigo nunca hubo días de guardar, había que andar a salto de mata, corriendo de un lado a otro, persiguiendo el festejo, la celebración, la verbena. Ahora a mi me queda la costumbre, y como todos los años vuelvo al ombligo del mundo, me adentro en su gesta convulsionada, me intoxico de sus olores, de la rabia de sus colores, y de su brutal Fe.

Esta fue la única ciudad que protegí de tu recuerdo, aquí nunca quise que vinieras conmigo, esta Ciudad con sus calles, con sus plazas y sus avenidas me pertenecen, te lo dije un día, te cedí la Republica entera, el Mundo entero, menos esta Ciudad y sus mercados, menos esta Ciudad y su Plaza de la Constitución, menos esta Ciudad y su Templo Mayor, menos esta Ciudad y sus bosques, menos esta Ciudad y el telón de cristal del Palacio de Bellas Artes, menos esta Ciudad y su avenida 5 de Mayo. Todo, léelo bien, te cedí todo, menos al Cristo Negro.

Y ahora ella me recibe con los brazos abiertos, camino entre la multitud, me adentro, me mezclo, me fusiono, aspiro y respiro sus hedores, me pierdo en los miles de ojos en los miles de roces, en las sonrisas, en los pensamientos extraviados del que no sabe a donde caminar, me adentro en las imágenes, descubro en una esquina dos hermosos y ancestrales hornos de piedra, traídos a lomo, en ellos han venido horneando los cientos de panes para las ofrendas, el aire entonces se hace dulce, se santifica, se purifica, el aire entonces, huele a ti, a tu aliento fragante de vainilla, a tu aliento dulce miel. A unos pasos, puesto multicolor, frutas, papel picado, copal, concheros; brazos y piernas desnudos, bañados y lamidos de Sol.

Entre los miles de rostros, se abre paso, primero sus ojos, después la mueca en sus labios apretados, finalmente todo el. Pantalón de mezclilla, camiseta blanca, zapatos deportivos sucios y gastados, eso si, el cabello perfectamente peinado.

Mira por encima del hombro, se detiene, da un paso, pareciera que titubea, yo lo miro de reojo, en lo que elijo un hermoso y dorado mango, el se para a mi lado, manosea las frutas, las estruja, las aprieta, las roza de manera brutal, se va sobre las canastas de moras, las penetra con el dedo, y saca un dedo tinto goteando púrpura.

Yo lo veo, mi lengua entonces despierta, mi olfato separa, selecciona y elimina todos los olores y quedamos en medio de la enorme plancha del Zócalo, mi hambruna que venia germinando lentamente con el ondear tricolor sobre nuestras cabezas. Como de costumbre me suele suceder, me perdí en sus movimientos, me perdí en el par de manos, gastadas, maltratadas pero sigilosas, en un movimiento que pudo pasar inadvertido tomo una bien formada guanábana, la metió en la bolsa del pantalón y echo carrera, abriendose paso entre la multitud que se movía lenta y pesadamente, me di a la tarea de seguirlo, de buscarlo, con la boca seca, con los ojos ardientes, con las manos solo sujetando aquel mango que intentaba disfrutar.

Nos abrimos paso, cruzamos la calle, la ola de automóviles, el reventar de gentes, caminando en todas direcciones, cruzó la reja de la monumental Catedral, se detuvo solo unos minutos tras una de las enormes puertas, tomo una bolsa de plástico de color negro, entro sin detenerse, con paso firme, pero sin prisa. Yo titubeé ante el Retablo Central.

Entre la Capilla de los Santos Ángeles y la Capilla de los Santos Cosme y Damián, se encontraba un confesionario, entro por un minuto, después apareció, vistiendo una negrísima sotana abotonada hasta el ras del suelo. Se detuvo por unos minutos, miro a ambos lados, pero al parecer la única testigo era yo, eran mis dedos, pellizcando la delgada piel del mango, eran mi dedo abriéndose paso entre la piel y la carne. Era mi corazón palpitando, riendo nervioso al verlo vestido así, era mi curiosidad arrastrada por estos nichos dorados, polvozos y ensangrentados. En una de las bolsas veo claramente la redondez de la fruta que minutos antes robaste, de reojo sigo tus pasos te detienes, en el deposito de limosnas, vacias el contenido en una de las bolsas de la sotana y encaminaste tus pasos a la capilla de San José, y lo mismo, en la capilla de Nuestra Señora de Soledad aguardaste a que una anciana terminara de rezar, se incorporara para luego buscar tu mano derecha, sucia, rasposa y la besara en un acto más costumbrista que de respeto.

Yo te miraba mientras me deleitaba del cuerpo y la sangre frutal de este mango, dejaba que un surco de dulce jugo trazara la comisura de mis labios. Bajara por el centro de mi barbilla, recorriera mi cuello, anidara en el tibio espacio que hay entre mis senos.

Fresca, húmeda, fibrosa, voluptuosa, así me sabía la curva frutal de amarillos y verdosos costados, carnal, jugosa, tibia, pegajosa, ligera y sedosa.

Y tus pasos lentos, como un felino al asecho del metal, te seguí primero con la mirada, después con mis pasos, y finalmente con la imaginación.

De reojo miraste el empolvado retablo del señor del Buen Despacho, con la punta del pie izquierdo comprobaste que no había monedas, seguiste de frente sin reparar en el imponente Altar de Reyes, y yo me veía arrinconada en una de sus paredes barrocas, entre reyes y reinas santificadas, bajo el cielo de la Asunción de la Virgen y la Adoración de los Reyes, me veía envuelta en una nube de copal subir y bajar por esas piernas burdas, torpes, jóvenes.

Veía mi espalda marcada por las miles de guirnaldas y querubines, imaginaba el peso de ese cuerpo corruptible, bravo, joven, veía esas manos sucias mezcladas con el jugo dulce de la fruta, manchar mis muslos, y dejar sus huellas indelebles en mi piel.

Pero tu tenias otras intenciones, estas te llevaron como un cazador a la presa. Y a un lado del pilar que resguarda la Capilla de San Felipe de Jesús sin el menor esfuerzo vaciaste el depósito y llenaste de monedas los bolsos, y una sonrisa se dejo ver en tus labios, en esa mueca torcida y retorcida. Te pesaba la sotana, así que a solo unos pasos avanzaste de largo las capillas de San Pedro, Santa Ana y Santa Soledad.

Por descuido, por que dudo que haya sido por la Santísima Providencia, alguien olvido cerrar la puerta de la Sacristía Mayor.

Y te detuviste, miraste en todas direcciones, en el arco inmenso de aquella hermosa puerta Mariana dudaste si cruzar o no, yo leí las últimas palabras en latín que rezaban:

-y cerró esta sacristía. Año 1623…-

Y justo en ese momento cruzaste la puerta. Parada frente a ella, indecisa con el corazón a punto de salirse me prepare para el culto, y cruce en busca de todos los elementos sacros y necesarios.

Vi tu asombro, y lo vieron los arcángeles sin alas que se guarecen en los marcos de las esculturas estofadas. Lo vio la Virgen de Guadalupe y lo que queda del recuerdo de la tilma de San Juan Diego, antes de que viniera el periodo aquel de la gran inundación y solo dejaran un grabado en su recuerdo, lo vio el Cristo de marfil traído de las Filipinas.

Y yo con aquel fruto en mis labios, chorreando mis manos, tibio ya, maduro ya, sometido ya.

Parado frente a la mesa central de hermosas patas y travesaños, las diez y seis sillas de ricos tapices, las piernas te temblaron y a mi me recorrió el deseo como si fuera un alado suspiro sobre mi columna vertebral.

No te diste cuenta de mi presencia, tus ojos absortos en las cajoneras de donde cientos de ornamentos litúrgicos con hilos de oro y plata son resguardados en los cajones de caoba tallada y bálsamo. Lentamente jale una de las sillas, me senté, descanse mi cuerpo agotado por la travesía subí el vuelo de mi falda mas allá de mis rodillas, justo donde la humedad de tus labios solía hacer de ese espacio su refugio. Descanse mis dos piernas sobre los descansa brazos, colgaban inertes en ambos lados, dejaban expuestos mis otros labios, y mi respiración empezó a ser trabajosa, mi respiración escalando montañas, mi respiración perdiendo esta batalla. Deje colgar mis brazos goteaba aun la fruta en mi mano, forma una dolorosa y perfumada gota testigo mudo de los dos.

Intoxicaba el olor a rosas, así que cerré los ojos y refresque mi frente con la húmeda fruta, un alivio inmediato me invadió, entonces baje la dulce carne por mi cuello, por encima de mis senos, no sin antes girar una y otra vez como si fueran los anillos de Saturno que iban disminuyendo hasta besar la aureola de mis senos, un ligero y sofocado quejido se escapo de mi cuerpo, tu notaste mi presencia, te giraste sobre tus talones lentamente, me mirabas sorprendido, las velas encendidas resaltaban aun mas el contorno de tus labios entre abiertos. Yo recorría con estos ojos el largo de la falda en línea A, el infinito de botones forrados, la orilla polvorosa y arrugada, los zapatos deportivos con el recuerdo de albos tiempos. Tus manos torpes se cruzaron al frente y frotaban de manera adolescente tu sexo.


Yo repase las lineas de mis muslos con el dulce fruto, bañe de tibia sabia mi entrepierna y mis pantorrillas, y mi cuerpo respondia al tacto de esta lengua frutal que adivinaba las lineas de mis labios, los recorria, se hundia timidamente entre ellos para resurgir de nuevo airoso, no así mi persona, cada vez mas sometida a la merced de tu reacción.

Sin quitarme la vista de encima agarraste el vuelo de aquella sotana, con el puño cerrado, pensabas quitártela, quedarte con un par de calzoncillos roídos por la miseria, tenias prisa de mostrarme cual grande y fuerte podía ser el Todo que crecía en ti.

Y cerré los ojos, deje que la mirada recelosa de la Virgen de Belén reprobara nuestros actos, deje de una vez por todas, que el cuadro de la Anunciación, la Visitación, El Censo de San Juan y la Virgen del Rosario se iluminaran con la luz de tus ojos.

Abrí lentamente mis ojos, me deje cegar por el lastimoso dorado reflejado en tu pectoral y tu respiración entre cortada, con tan solo la punta de mis dedos repase de nueva cuenta mis inflamados labios, ni rosados labios, y tu mirada seguía hambrienta los movimientos húmedos de mis dedos, el ir y venir de ese beso tibio, mi mano firme guíando, tocando suavemente, presionando otras, hurgando, hundiendo, un gemido, dos y mas muchos mas.

Tu parado frente a mi, espaldas al cirio, espaldas al Cristo, espaldas a las quince sotanas silentes que desde sus percharas nos condenaban. Tus manos, cada vez más elevadas, tratando de liberarte de la ropa, del peso de la sotana. Que anclaba aun más por los bolsillos cargados de monedas.

Con un gesto te señale que dejaras caer de nueva cuenta la sotana, a la altura de tu cadera aun tus manos dudaron, me miraste sorprendido, yo te regale una sonrisa e insistí, tu dejaste caer el ropón, yo coloque entre mis labios lo que restaba de la fruta, tu diste un paso al frente y temblabas, yo hundí un poco mas el fruto entre mis labios y te invite a la comunión, tu mirabas mis labios, ambos. Diste un paso mas, solo uno, y vi tus rodillas doblarse, postrarse frente a mí, las manos temblorosas, los ojos brillantes, la lengua surcando el delgado contorno, mi sonrisa invitándote, tu lengua lista, presta.

Acaricie maternalmente tu rostro, lo traje a mi, y allí en el lugar sacro, me volví una sacerdotisa, tus ojos perdidos en el fulgor de la fruta devorada a medias por mis labios, acerque lentamente tu rostro, mientra te susurraba:

-Ave María Purísima-

Y antes de que respondieras, acerque aun más tus labios a los míos y te absolví:

-sin pecado concebido…-

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