"Yo te doy bambú ¡bambú!"

Dos cuadras únicamente ocupan el Pequeño Tokio en esta ciudad. Pero el corazón del mercado Nijiya palpita intensamente, un mundo de rostros blancos, redondos y ojos rasgados lo pululan, me adentro en su misticismo, a los empaques bellos, los pasillos inmaculados, los cientos de opciones de salsa soja que llenan los estantes.Pero en esta ocasión es simplemente un paquete de té verde, para saborizar unas trufas de chocolate blanco. El mercado se encuentra lleno, así que evito el tumulto y me distraigo en la sección de frutas y verduras. Limpia, iluminada, con una discreta selección de varios tipos de hongos, pepinos, hierbas de olor, algas frescas y berenjenas. Me detengo unos minutos en la charola de berenjena china, son menudas, de un púrpura doloroso de tan brillante, tomo una la sostengo con una mano, delgada, firme, dura, y a la vez blanda, la piel suave, fresca, con un dejo de humedad en el olor, la observo en mi mano, cierro mis dedos para que la asfixien, la acaricio entre los dedos y me hace pensar en un adolescente…

Me sonrojo miro mi reflejo ruborizado en el espejo frente a mi, bajo la mirada, recuerdo que estoy en un lugar publico, así que miro a mi lado izquierdo, nada. Ahora el derecho, nada.

Un alivio acompañado de un aspirar profundo que me devuelva la compostura, miro a los rostro idénticos, o al menos así me parecen, esa bendita obsesión por no ser iguales y que adolece esta raza, de defender su identidad, miro de nuevo y constato que para mi son todos iguales…

Hasta que él cruza la puerta, y el ruido del mercado, el ajetreo de las compras semanales, el ir y venir de productos, fueron silenciados por su arribo, por su bendita presencia. Se detiene en la puerta reconociendo el lugar, mira a todos lados, da un paso y camina en mi dirección, mi corazón palpita aceleradamente, mis manos y mis piernas tiemblan, mis labios entre abiertos me permiten respirar, se acerca, lo veo venir hacia mi, o mas bien en mi dirección, el camina, flota, se suspende, mira de frente, es como si estuviera pero se que no esta, una brisita ligera a jazmín y madera me invade y el pasa de largo sin saber que el tsumani de su presencia me arrastra a seguirle los pasos.

Azul marino, porta un traje cruzado azul marino de un casimir inglés de lana peinada con unas finísimas líneas verticales en un hilado azul acero. El saco abotonado en sus cuatro ojales, la solapa de buen tamaño así como la bolsa del lado izquierdo con la vista un tanto sesgada donde debería ir un pañuelo.

Se ha detenido lee las etiquetas de los diferentes nulos, los observa, es como si tratase de recordar, pero deja paquete tras paquete y camino solo unos pasos tras el. Miro su espalda, el ancho de sus hombros de una línea discreta pero rectos, la manga perfecta, bien distribuida la ropa del hombro, sin dejar un ceñido que dimitiría mucho del la maestría del sastre. Baja mi vista por la manga, me detengo en los tres cuartos de pulgada por donde se asoma un inconfundible puño francés en algodón color azul cielo, discretamente acentuado por una mancuernilla en plata.
Ahora el camina por el pasillo de las especias, se detiene y leo su sorpresa al descubrir el mundo de opciones en sales; roja, negra, de mar, azul, verde, rosa, y amarilla. Mi mirada baja por su costado, el sostiene el paquete de sales, veo sus manos, delgadas, de finos y largos dedos, pálidos en color, tímidos en movimientos.

Su costado me regala la visión de una espalda infinita, de una línea recta que se pierde con el inicio de una discreta curva.
Deja el paquete de sal, sigue caminado, y camina tras el mi deseo, camino con pulso agitado, aliento entre cortado, ojos deslumbrados.
Hemos llegado a la sección de cortes fríos, me coloco nuevamente a unos pasos de el, la luz de los refrigeradores hace brillar el negro de su cabello, miro discretamente el nacimiento de su cabello, la hermosa forma que invita a ser acariciado, peinado meticulosamente hacia tras. Miro su rostro de guerrero milenario, adusto, sereno, pensativo, las rendijas de los negros ojos y las discretas pestañas.

Hay un temblor ya notorio en mis manos, tomo un paquete con la única finalidad de mantenerlas ocupadas, cubierto con solo una filmina de plástico transparente, un robusto y acaracolado tentáculo de pulpo enfría el ardor de mis manos, el observa detenidamente los finos y variados cortes de pescado, yo recorro con mi índice una de las tantas ventosas del flácido y albo tentáculo, sigo la curva natural como si fuera el contorno de sus labios, los dibujo lentamente, una y otra vez, la abultada almohadilla del labio inferior, donde mis dientes podrías regocijarse por horas, la simetría perfecta del labio superior que la punta de mi lengua podría recorrer una y otra vez hasta adentrarse y acariciar el marfil de sus dientes, reconocer su lengua y finalmente humedecer su paladar.

Y me pregunto si ha notado mi presencia, su mirada fija en un hermoso corte de salmón de rosadas carnes, toca su firmeza, con un dedo presiona el filete, y este deja una ligera huella en la rosada carne y en mi deja un ardor.

Pero no, tampoco eso es lo que el busca, coloca de nuevo el paquete y sigue su camino y yo transito a su lado, hipnotizada, intoxicada de su presencia. Hasta detenernos en las galletas de arroz rellenas de frijol dulce. El toma un paquete de hermosos y frescos bollos con las dos manos, se los lleva a la nariz, los aspira, los acaricia, y mis senos entonces responden, mis pezones erectos, al sentir su respiración, al verse tan cerca de sus labios, entre sus manos. Hay un calor que recorre mi espalda, que baja por mis piernas y sube de nuevo al centro de mi pubis y lo humedece. E imagino sus piernas, sus delgadas y firmes piernas, imagino el delgado tobillo y el hermoso pie, enfundado en ese zapato negro inmaculado, imagino el delgado calcetín de seda, y me pierdo en el recorrido imaginario de mis manos por sus rodillas, por sus pantorrillas y siento el filo de mis uñas marcando, lacerando los muslos firmes.Abro los ojos, y veo su figura dar la vuelta en el siguiente pasillo, así que una vez recuperada le sigo, la respiración cada vez mas agitada, el temblor de las manos, más notorio aun, los escalofríos recorriendo mi espalda. Y el caminando firme, sin mirar a nadie, sin decir una palabra, sin notar que me lo vengo devorando desde que el puso un pie dentro del mercado y de mi imaginación. Caminamos en círculos, lo ha notado, este ha sido el recorrido de un laberinto de sabores y olores, hemos preparador banquetes imperiales juntos, y por fin nos detenemos en la sección de sake, y lo imagino desnudo, tendido de espaldas, e imagino su espalda bañada en sake y mi lengua recorriendo las gotas del ahora tibio liquido, bajando por su espalda, subir y recorrer las discretas nalgas, bajar por el centro recorriendo las líneas naturales, los fragantes pliegues, la entre pierna y el Todo que esta apunto de mostrarse erguido y desafiante.

Da un paso a tras, tropieza conmigo, nos miramos, mis corazón palpita desenfrenadamente, el me mira de frente unos segundos luego baja la mirada, flexiona solo un poco la espalda, se disculpa y se aleja.
Yo tomo un minuto para reponerme, y seguirlo con la mirada, a dado vuelta de nueva cuenta en la sección de frutas y verduras, tomo aire, y le sigo,

Lo he perdido, mis ojos recorren los diferentes lugares y no lo veo mas, me detengo frente a la bandeja de frescos bambú cubiertos de agua, me agacho, para verlos mejor, para observar los diferentes trozos, hundo mi mano en la fría agua, toco ligeramente por primera vez el falo vegetal, se me eriza la piel, me concentro en la forma, en su color, y la transparencia del liquido. En eso la fragancia a jazmín y maderas me invade de nuevo, siento su presencia en mi espalda recorrer mi nuca, bajar por la línea A de mi vestido, da un paso, se coloca a mi lado, yo lo miro de reojo, la mano derecha desabotona los botones del saco y lo abre para dejar al descubierto un tiro erguido y amenazante.

Yo ciño el pedazo de bambú entre mi mano, y en movimientos ascendentes y descendentes lo acaricio una y otra vez, mi mano se desliza con firmeza y con fuerza, miro de reojo el Todo crecer, ahogarse entre las finas telas que lo aprisionan, rebelarse y revolcarse, tallarse, contraerse, levantarse una y otra vez y mi mano, sin detenerse por un solo segundo, se entumecen en el ir y venir, con el frío del agua, con la firmeza que va cediendo poco a poco y escucho su agitada respiración, a un lado mío, las manos firmes, pegadas las palmas a la tela del pantalón, los pies sin moverse un solo milímetro, las rodillas erguidas sin ceder ante la presión de la arterias contraídas, abultadas, hinchadas, mi mano, con los dedos morados además de dolorosamente cansados, en eso en un movimiento que sometió desde la base y subió ejerciendo presión primero al centro y finalmente en la punta donde se contrajo en repetidas ocasiones. Estallaste en un resoplido que intentaste sofocar. Las rodillas finalmente cedieron, las vi tambalearse. Las manos, se aferraron a la tela del pantalón y ahí descargaron toda su fuerza, los pies se movieron al frente sólo un paso, y antes de que tu cuerpo cayera te sostuviste en la caja de fruta frente a ti.
Mis manos y mis piernas cansadas de la posición, mi respiración aun entrecortada y con un ligero mareo, más parecido a la intoxicación que a la náusea, me detengo en la orilla de la bandeja.
Del bolso izquierdo del pantalón sacaste un pañuelo con el que secaste tu frente, yo me incorporé sin verte a los ojos y tu, con la mirada al frente, sin voltear siquiera a mi lado, cerraste los cuatro botones de tu saco, rehiciste el nudo de la corbata, guardaste nuevamente el pañuelo, y tomaste un par de doradas peras asiáticas.
Yo encamine mis pasos al pasillo del Te y tu… tú te fuiste deprisa hacia la caja express.

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