Se Solicita I

Me asomo por la ventana, una brisa ligera mueve las copas de los árboles, las acaricia. El sol rasgando las pocas nubes que surcan el cielo. Y una inquietante impaciencia camina por estas solitarias calles.
Bebo café, el primero del día, el único de la mañana, miro el reloj que no uso, y trato de adivinar la hora. Hace apenas unos días coloqué el anuncio clasificado.
Aun puedo recordar la expresión en el rostro del despachador: leyó la cabecera de mi anuncio, me repitió la línea separando las sílabas y al final, cuando hubo pronunciado la última, me miró fijamente y me cuestionó si era correcto.
Yo lo reté con la mirada: si alguien conocía mis necesidades… esa persona era yo. Y sí, el encabezado del anuncio era correcto. Me extendió el recibo, me aclaró que saldría al siguiente día y por los próximos siete días, en la misma sección.
Yo di un último vistazo a los datos, la dirección y el número telefónico. Un nerviosismo casi infantil recorrió mis piernas y erizó el vello de mi cuerpo. Abro mi bolso de mano, saco una par de billetes y aguardo el cambio.
Entonces, es justo en ese momento cuando repaso en mi mente los últimos detalles: el lugar de la entrevista, dónde sentarnos cómodamente a dialogar sin ser interrumpidos por miradas morbosas, ¿cómo me debo vestir? Nunca he tenido a nadie bajo mis servicios. ¿Se le habla de usted o de tu? ¿Se saluda de mano o se guarda distancia? Y si nadie responde al anuncio, ¿y me quedo esperando?
Un suspiro más. Cuántos en este inicio del día. Doy un vistazo más a la casa, observo la puerta, el marco, la altura del techo, la fuerza de los muebles. Veo una vez más la silla en el exterior, aguardando.
Observo mis manos, extiendo los dedos. Reconozco el espacio que toman y caigo en cuenta que no es mucho. Que me espera algo mayor, de grandes dimensiones. Doy un sorbo más al café y sonrío al recordar las últimas palabras del despachador:
-Y dígame, ese puesto del Gigante que está solicitando, ¿podría ser negociable lo de las manos grandes? –
Lo miro fijamente. Muerdo levemente mi labio inferior y un brillo inunda mis ojos, a la vez que la sola imagen humedece mi entrepierna, y me anima a responder: -No-.

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