Un Maridaje Adecuado: Los Taninos Han Dejado de Existir…

Las “Nebbiolo” son así: mitad niebla, mitad amanecer, pensó. Conocía de sobra la cepa que producía ese vino opulento en extractos astringentes, cuya estructura aterciopelada y voluptuosa la encendía y la dejaba así: En una neblina inmisericorde, en el vaho de sus pensamientos más etéreos.Lo único que recordaba de la comida interrumpida antes del sexto tiempo era eso. Un monstruo sin cabeza que le devoraba sus entrañas y una ducha proverbial de un auténtico Barolo Piamontés, DOCG di Reserva Numeratta, sobre su pubis: monte de Venus envinado, haciendo las veces de un bocatto di cardenale.

– Travaglini Gattinara, 1978 – Había reconocido ella, justo al seleccionar el recipiente donde serviría tal tesoro, avalado por la vinicultoría internacional como la mejor cosecha de la historia italiana. Por supuesto, sin dejar de ver al monitor de reojo, bajo la lupa siempre ácida de FP.

– Los vinos van con lo que el comensal gusta, no con lo que dice la etiqueta y esto es lo que me produce placer, con tu comida orientaloide – precisó lapidariamente el galo.Antes de la primera degustación, antes del cataclismo que la sumió en aquella neblina extracorpórea que le iba a durar toda la vida, antes de aquel dulzor tanínico en sus mejillas; él, llevó su nariz al borde de una copa con bastante superficie -ensanchada más en la base y en forma de tulipán holandés-, que necesitaba tal vino para liberar sus extractos de carácter. Con la distancia de su experiencia, cerró los ojos; acarició el aroma estructurado y voluptuoso del líquido rojizo: jugosas zarzamoras, ciruelas de tonos castaños, cerezas negras de Moscatel, dulce de membrillo, y hasta un extraño sabor a cuero ahumado, cacao y café, aperfumado de pimienta blanca se le mezclaron en su memoria. Dio un primer sorbo y con una sonrisa dejó entrever que había llegado la hora. Infló los carrillos, pareció enviar un beso al monitor e hizo los buches necesarios para que el paladar le dictara un diagnóstico certero, observó el color inclinando la copa al trasluz y con la redondez de un pecho en sus ojos, sonrió:

– Poco tanino para una noche tan especial, un 80% de serp’tuínas alcanzarán para recordarte toda la vida – Le dijo con una voz que le obnubiló el pensamiento de nuevo a la apprenti para siempre.

Y eso había sido todo, porque fue cuando decidió salirse del monitor, atravesar la pared otrora infranqueable, meterse a la cocina como si fuera realmente de él y no dejar terminar los múltiples tiempos de la comida que ella tanto se había esmerado en preparar. Ni el Ho Yip Faan, las esferas de arroz y pollo al vapor envueltas en hojas de flor de loto, habían sido suficientes para advertirle de la hecatombe que le produjo tal oleada de acercamientos… tal ducha de taninos!

Ya habían pasado varias horas, las contaba. Los taninos entre otras cosas sirven para sanar las heridas que no sana el tiempo, pensaba. Son buenísimos para la piel y bloquean hasta la absorción del hierro de algunos alimentos como las carnes rojas. Pero sobretodo sirven para la memoria, pero para la memoria del corazón, para que nunca se le olvide funcionar; recordaba, mientras una hamaca lunar en luminoso octante les mecía.

Los labios – antes, más dulces que resecos- humedecieron el amanecer albo, que adornaba el torso de la Apprenti. La lengua se le quedó pegada al paladar, como una “marea amarga”, una sensación que ambos gustaban de experimentar como excelentes sommeliers que eran.

La recamara principal le había gustado tanto como la noche misma. En su cabecera un Manet, hacía una alusión a los bebedores de Ajenjo distraídos. Dos claroscuros de Gentilleschi y Caravaggio adornaban un fino y bien cuidado ventanal francés por el que ella, aún desnuda y envuelta en la camisa de él, decidió volar; mariposear por su jardín de girasoles al mejor estilo de Van Gogh y regresar a las sedosas sábanas de una mañana nublada y gris como las de San Gimigniano, la tierra de las mejores vendimias de uva Nebbiolo. Realmente parecía contenta, sonriente, hasta alcanzó a pensar que platillos prepararle en una próxima ocasión… cómo sorprenderlo y cómo no dejarse sorprender.

Entonces fue cuando entendió que el tiempo no era lo mismo que el espacio y viceversa, y fue cuando lo pudo contemplar, aún tendido en la cama, dormido, desnudo y con el pelo revuelto.

No, no me puedo quedar – susurró ella, mientras se cambiaba de camisa.

Y esa fue su primera intención y también su decisión más precaria.
F.P, se levantó tan rápido como pudo, le imploró, le dijo que ahora, él cocinaría unos Chalotes Multicolores que había traído de Marbella, y que pensaba rellenarlos con chuleta de buey y acompañarlos con unos Espaguetis cualquiera a la Trufa, eso le dijo.

No! – Respondió en el colmo de un arranque con tintes histéricos aún desconocidos para ella.

Y quiero que el hombre del traje gris, YG, me lleve ahora a mi casa! – exigió.No había nada que hacer. Caminaron por un largo pasillo que desembocaba a la cocina donde ella sentía que había dejado su corazón por siempre. Miró hacia la pantalla que antes la veía con ojos de cirujano, ahora le parecía más que lejana. Ahora no la entendía, necesitaba tiempo para pensar, qué clase de trabajo iba a aceptar, eso era lo que tenía que resolver, de forma más inmediata que la aireación de un vino joven. ¿En que iban a quedar sus, tan finas condiciones de apprenti?…

A su salida, y antes de subirse al auto. Se le ocurrió saber el porqué del tono del uniforme de YG, pues simplemente le gustaba y de esa forma quería hacérselo saber. Hizo un ademán de pregunta importante, como si realmente le fuera a hablar de amor a FP y se sintió tan segura de sí misma, que olvidó por completo las reglas de cortesía elementales con su anfitrión.

Es por aquello de “La podredumbre Gris”, la epidemia de la vid, que acabó con todos mis viñedos antes de conocerte; pero también es, el reflejo de mi vida misma – Le contestó el celta con una solemnidad tan devastadora que ella, simplemente… lo ignoró.

El camino de regreso, como siempre en silencio, la llevó a tumbos a sensaciones y recuerdos insospechados y trepidantes. El “nebbiolo” humedeciendo aún más su pubis pero atemperando la calentura descomunal de su vientre, la bandeja de plata al centro de la mesa redonda y su mantel de brocado donde ella entendió la importancia de sus muslos… la respiración entrecortada de ambos:

Los taninos, han dejado de existir y las heridas también. Ese sí que fue un maridaje perfecto! – Pensó ella mientras YG, el hombre del traje gris, contemplaba su alegría mirándola por el retrovisor.

Y.G.

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