Fleur de Geisha

¿Hasta donde te seguí por una taza de te? No lo se, pero desde esa noche en que bebimos te de jazmín no hubo marcha atrás. Contigo recorrí cuanto salón de te pudimos encontrar en esta ciudad bebedora de café.Un mañana apareciste en mi casa y sin decirme nada me tomaste de la mano y manejamos hacia el este de la ciudad, justo a un lado de la mezquita sunita sirven te con cardamomo me dijiste y no volviste a hablar.

Al llegar nos ofrecieron un privado de ricos tapices y brocados que cubrían las paredes además de un sinfín de cojines y almohadas regadas por el suelo. Nos sentamos frente a frente con solo una mesa turca de rico trabajo repujado de por medio, un incensario consumía un trozo de cedro y tu y yo nos miramos sin tocarnos.
Ahí bebimos el grandioso te de aromáticas hojas color ámbar perfumado de cardamomo y lo acompañamos con una charola de mammols con datil y nuez.

En otra ocasión abandonamos la cocina aun perfumada del pan recién horneado, y con las chaquetas aun puestas iniciamos la búsqueda, tu búsqueda.
El gran hotel de la ciudad nos recibía a las cinco menos diez, el chef salio a saludarte y nos condujo a nuestra mesa. Tú sonreías, y me dijiste:

-quítate la chaqueta-

Y yo te miraba sin parpadear y tus palabras nunca eran preguntas, y uno a uno de los botones ribeteados los fui abriendo hasta dejar al descubierto la camisola de encaje rosa y satín que vestía para ti. Y tú lo dices siempre todo en el lenguaje de las miradas.

Llego por fin, una delicada vajilla de porcelana donde nos fue servido el te de las cinco, acompañado de bocadillos y tuiles, palmiers, springerles, kolaczkis, shortbreads, linzer de frambuesa, rugalach de durazno, stroopwafels, anzac de avena, florentines de almendra y chocolate. Esa tarde recorrimos el mundo entre sorbo y sorbo.

Una noche inquita apareciste junto a mi cama, me besaste los labios y me susurraste al oído que tenías el remedio para hacerme dormir.
De mi closet sacaste un huipil guatemalteco y me vestiste, trenzaste mi pelo suelto y salí descalza siguiendo tus pasos en la madrugada.
Llegamos al sur de la ciudad y no paramos hasta topar con la casa de Tezcatlipoca Negro.
Y allí no había mas riqueza que la de tus ojos y sentados aguardamos pacientemente por un par de jarritos laqueados de te de damiana.

Y me hiciste beber esa noche de ti, y esa noche fue la más larga que el calendario registró, me embriague de tu mosto, recorrí tus tobillos con mi lengua y en tu espalda tatué mi nombre con bugambilias.

Y cuando creía que los cuatro puntos cardinales de esta ciudad los habíamos recorrido en busca de te, arribo a mi casa un paquete.
Dentro había un traje negro de dos botones, una camisa blanca de puño francés y un par de mancuernillas de madreperla, calcetines de seda y una corbata.
En una bolsa de franela un par de zapatos negros y un sobre.

-te veo a las ocho en el salón de te del barrio japonés, no lleves el cabello suelto-.

Y me vestí lentamente, primero la loción de sándalo, la trusa de algodón y la camiseta sin mangas, los calcetines y los pantalones, el cinto de piel, la blanquísima camisa almidonada, las mancuernillas y finalmente la corbata.
Tome el saco, abotone solo el primero, calce los zapatos y me mire en el espejo y recordé recoger el cabello.

Pequeño. Así se sintió mi corazón cuando te vi sentado en una esquina del diminuto cuarto iluminado tenuemente por lámparas de papel. Quise ir a tu encuentro pero tú me detuviste con la mirada.

Ella apareció por otra puerta, se deslizo suavemente con pasos delicados y silentes. Era una muñeca, una muñequita de porcelana y labios cereza, vestía un kimono de seda en jade imperial y azul Viviana. La obi era de un amarillo brillante.

Después de saludarme me invito a sentarme en posición seiza y dio inicio el Cha-ji.
Y tu estabas atento, nos mirabas y yo podia escuchar tu respiración entrecortada, y el Todo creciendo en ti, y el cobalto de tus ojos inundando mi cuerpo.
De sus manos probe una fina hoja de flor de loto, de sus manos, de sus delicadas manos, bebi usacha y kohicha y fueron sus aniñadas manos las que desabotonaron el saco y aflojaron la corbata, fueron sus sigilosas manos las que abrieron uno a uno los botones de la camisa, fue mi temblor la que intento detenerla mientras mis ojos te buscaban y el cobalto de tus ojos humedeció mi cuerpo ¿o era ella?

Y yo me deje caer de las nubes a la montaña y hacia el río.
Y entrelace mis piernas y mis brazos y mi lengua.
Y ella acaricio mi espalda y mis caderas y se hundió en mí en busca de una rojísima perla.
Y yo bebí de ella y ella susurro un haiku en mi oído que llevaba tu nombre y el Todo nos miraba silente y crecía y se transformaba en rocío en esa noche invernal.

Y mucho antes de que terminara de caer la noche ella soltó mi cabello, mi negrísima cabellera ala de cuervo, ombligo de la oscuridad, boca de lobo, sorbo de xocolatl y solo entonces el ultimo haiku dio por terminada la ceremonia.

En cofre nuevo
Guarde los sentimientos
Perdí la llave

Beatrix

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