Revelacion

Las revelaciones llegan así, sin avisar. Un buen día, como hay tantos te das cuenta que no eres solo, te reconoces como parte de, como uno mas del clan.
-¿Más café?-
El joven mesero me cuestiona con una sonrisa que ha permanecido congelada uno, dos segundos, no lo se y que mas da.
-Si, gracias-
He retomado el habito del cigarrillo, enciendo uno mas, el numero ¿diez? o ¿veinte? mando al carajo las sugerencias que aparecen a un costado de la cajetilla e inhalo por unos segundos. Si estuvieras aqui conversaríamos de lo mucho que nos disgusta este lado de los restaurantes, las mesas desniveladas, las sillas eternamente duras. Señalarías con dureza la torpeza del servicio de meseros a la hora de describir un delicado platillo, o los términos de cocción de un corte fino.
Señalarías como a la mesa de junto le sirvieron pan frío y la mantequilla tarda en llegar, los vasos del agua están vacíos y el servicio de cubiertos incompletos. Y así recorreríamos cada una de las mesas. Tus ojos hurgarían cada rincón, hasta topar con la puerta doble de acceso a la cocina.
Tu territorio, nuestro territorio, ahí dentro, tras esa puerta emerge otro mundo: -“el nuestro”- dijiste un día, y estos, (mientras señalabas) son tus iguales, tu familia.
Y yo sonreía mientras observaba el sudor rodar por la mejilla derecha del joven saucer y, un aun mas joven lavaplatos realizabas malabares con una torre de platos sucios.
Tomada de tu mano nos adentramos en el cuarto frío y encima de un costillar me diste un beso escarchado enmarcado por fumarolas de gélido vaho.
Doy un sorbo al delgado café que me han servido y me llevo el cigarrillo de nueva cuenta a los labios, exhalo y una cortina de humo se levanta ante mí.
Y es entonces que el aparece: chaqueta blanca y pantalón de minúsculos cuadros y calzado negro, no puedo ver su rostro, pero eso no importa, a tu lado he visto todos los rostros coronados por el tradicional toqué, se detiene ante el buffet y reacomoda las carnes frías, la ensalada, haciendo uso de su toalla limpia unas gotas del aliño y retira una hoja de espinaca con claras muestras de descomposición. El y yo y cualquiera del clan, sabe que un buffet es una enorme mesa dispuesta de manera apetitosa, donde se lleva acabo el mayor reciclaje de alimentos. Así que no me extrañaría que por la cena nos ofrecieran una sabrosa crema de espinacas.
Sigo sus pasos, repaso sus pensamientos, el conteo mental, los cálculos, la elaboración del próximo menú, un jamón que mañana acompañara los omelets en el desayuno, un platón de betabeles que mas tarde serán guarnición.
Conozco su pensamiento, su maestría en la transformación, su alquimia del paladar, y quiero saltar de mi silla y correr a su lado, mirarlo de frente para que el a su vez me reconozca como su igual, miembro de una familia universal donde no existen las fronteras ni las distinciones.
Apago lo que queda de mi cigarrillo y encamino mis pasos. El ha llegado a la parrilla. En la enorme plancha se sellan varios cortes gruesos de atún con un poco de pimienta fresca recién molida y sal gruesa de mar. Bajo una lámpara de calor, varios pedazos ya asados me miran tiesos y secos.
Yo he tomado un plato y me dispongo a servirme uno de los previamente preparados, con mi mano izquierda sujeto las tenazas y bajo la incandescente luz de calor, toma dimensiones tridimensionales una herida en mi dedo anular producto de una navaja de diez pulgadas mientras fileteaba una pierna de cerdo.
Nuestros ojos se encontraron, el fija la vista en la herida y sabe, sin palabras de por medio, que ese corte solo es provocado por una distracción en la cocina, mi dedo estaba distraído, la navaja no.
-Deja, te voy a asar uno en este momento-
Se perdió en la cocina y volvió con una media charola hotelera, en ella, un hermoso corte de atún fresco, de un intenso púrpura. Lo preparo con pimienta molida, sal de mar y ajonjolí tostado, lo sello en ambos lados y dejo una gruesa línea de rabioso carmesí al centro del corte. Pasó un puñado de vegetales miniatura por una olla con agua hirviendo y detuvo el proceso de cocción en un platón de agua con hielo.
Una cucharada de mantequilla y un diente de ajo mas tarde, y las pequeñísimas replicas de hortalizas se convertían en guarnición de mi platillo.
Me extiende mi nuevo plato a la vez que me regala una sonrisa, mis pasos giran en dirección a mi mesa y me siento a degustar del majar.
Tras la nube que se levanta de vez en vez mientras limpia la plancha, sus ojos me observan. Minutos mas tarde arriba a mi mesa una canasta de panecillos recién horneados y fragantes, mantequilla preparada con hierbas de olor, una copa de vino, una guarnición de setas al ajillo y corazones de alcachofas gratinadas. Una tarta de zarzamoras con helado de vainilla y café fresco.
Miro con asombro al joven mesero y el solo se limita a subir los hombros.
Tras la doble puerta, en la estación de las salsas, en la parrilla, en los hornos, en el lavaplatos, dentro del cuarto frío, en el rincón olvidado de la repostería, los míos: saben que estoy aquí.

Beatrix

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