He llegado tarde

He llegado tarde. Y ha sido a propósito. Solo cinco minutos, el tiempo que te toma levantar una clara de huevo a medio punto.
O el tiempo que ocupa el amasado de una mezcla suave o el templado de una salsa fría.
De donde yo vengo el tiempo corre de manera normal, los minutos se conforman de sesenta segundos y el sol esta iniciando su descenso al cuarto para las siete y la ciudad aúlla el desgarrado sonido de un claxon y los nervios alterados van tras los volantes y más de un conductor yace en el asiento trasero de su vehículo y hay un policía respirando con dificultad bajo el ajustado chaleco que carga.
Y hay un vendedor de periódicos con las manos manchadas de noticias atrasadas y un perro cruza la calle como si supiera a donde va.
Y yo encamino mis pasos al encuentro contigo, y me digo que una vez dentro, el tiempo se volverá a detener y bien vale la pena llenarme de tiempo real y así poder dártelo.
Y estoy parada frente a tu puerta y nadie la ha tocado y sin embargo puedo escuchar los fuertes golpes azotándola y el sonido se va disminuyendo y mi nariz percibe tu olor que traspasa los grueso muros y mi brazo se extiende tembloroso y mis dedos se aferran a la chapa y empujo con la misma fuerza de un recién nacido que esta por nacer.
Y el dulce aroma del horno me acaricia el pelo y doy un paso dentro y la puerta se cierra tras de mi y he traído conmigo El Todo y sus veinte días.
Y tus ojos son una avalancha de cobalto que me sofoca y tu me extiendes la mano y la mía responde y entonces queda un espacio entre tu y yo por donde bien pudiera pasar un suspiro y tus manos siguen siendo tibias y te quiero decir lo que me enseñaron los días que fueron y tu sonríes y me dices en silencio que lo sabes.
Desabrochas lentamente los primeros botones de mi chaqueta y tus manos rosadas recorren mis hombros y me contemplas así. Finalmente recoges las dos almendras de cacao que colman mis pechos y que te he traído, y las cientos de orquídeas en flor de vainilla han florecido y un ramillete de jazmines salio de una de la bolsas de mi chaqueta y de mis manos unas tabletas de oscuro xocolatl, y te regalo el nombre del viento en la lengua cantada. Y tú cierras mis ojos con la ayuda de tus labios y elevas mi cuerpo y este vuela muy por encima de las ollas y los sartenes de rabiosas temperaturas y llego finalmente a la plancha de piedra caliza donde tú y yo templaremos este amor.

Beatrix

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