Cipactli

¿Que sabias de mi, como adivinaste? Señor de manos pequeñas. Que volvía a la tierra, a mi tierra para alimentarme de nuevo de su ombligo materno.
Tú lo intuías, por eso guiaste mis pasos descalzos en el húmedo musgo, me previniste de las piedras y la fina alfombra de mangos niños que tapizaban los jardines y perfumaban el nacimiento de Cipactli.
-Cipactli, es el primer día- me susurrabas al oído mientras desatabas el nudo del paño de algodón con el que cubriste mis ojos.
Al final de la casona, junto al lago, habías improvisado una mesa pequeña con dos sillas y un mantel blanco, al centro, una veladora iluminaba tu rostro milenario.
A unos metros de la mesa construiste un asador rustico de madera y el calor del fuego se hacia sentir cuando el viento cambiaba de rumbo, junto al asador una pequeña mesa de preparación donde tenias dispuestos varios platones de barro negro.
Suavemente me guiaste a una de las sillas y me pediste que me sentara, el río arrojaba bocanadas de un vaho espeso que cubrían mi rostro de minúsculas gotitas, tus ágiles manos me brindaron un tarro pequeño de mezcal y en un tono de picardía que recién reconocía en ti, te llevaste la mano al bolso izquierdo del pantalón, y sacaste una pequeña cajita de laca, dentro, había un dorado y robusto gusano. Con un gesto de tu mano me pediste que le diera un trago al mezcal, te pusiste frente a mí en cuclillas, y te llevaste el gusano a la boca, medio cuerpo le colgaba de tu labio inferior y brillaba en un dorado fosforescente bajo la luz de la luna.
Yo me acerque a tu boca en busca de la fragancia cítrica que tiene tu lengua, ronde con mis labios tus mejillas y detuve mi mirada en el abismo que hay en tus ojos, tu no sabes lo que es bajar la mirada, un escalofrió recorrió mi espalda y me acerco mas a tu boca, de un solo movimiento te arrebate el primer bocado de la noche.
El lago se iluminaba a ratos por centenares de luciérnagas, y tu, parado frente a el, pensativo, me regalabas la visión de tu espalda, un tronco de cedro de fragante olor. No había motivo para romper el silencio, así que te observe mientras tú aguardabas, yo recorría la línea de tus hombros, el nacimiento de tus firmes nalgas y los dos leños cortos que son tus piernas, mis ojos goteaban tus formas y vinieron a derramarse en tus tobillos.
Y como un sobresalto, el Lago tomo vida, y las aguas se alebrestaron y tus brazos forcejeaban contra el, el Lago arrojaba una lluvia de millones de gotas de diversos tamaños con la finalidad de contenerte, la luna era una gran lámpara incandescente y la firmeza de tus hermosos pies no titubeo ni un milímetro.
Cuando el Lago reconoció que perdía la batalla termino por entregarte a la presa, un caimán adolescente que daba claras muestras de cansancio y derrota.
La lámina de acero empaño su brillantez y se cubrió de un encendido carmín. Tus hábiles manos limpiaron cuidadosamente su carne, una sabana de joven y blanco pecho que condimentaste con sal gruesa de Colima y pimienta blanca. De las vasijas que tenías preparadas sobresalía una espesa y negra salsa.
Una noche antes te comente mi debilidad por el maíz criollo, una mueca asomo del lado izquierdo de tus labios y entre dientes masticaste el nombre que te enseñaron tus antepasados
–Teocintle-
Olorosos totopos de maíz morado salpicados de gruesa sal fueron colocados de manera despreocupada al centro de la mesa, te asomaste el fondo de mi tarro de mezcal y con molestia advertiste que aun no lo había terminado.
En un platón de barro colocaste las lajas de carne y las bañaste de la espesa salsa, a modo de toque artístico esparciste unas semillas de ajonjolí, en unos platos hondos serviste el arroz blanco con confituras de zanahoria y chíncharo, por ultimo, una bandeja de plátano macho frito y sazonado.
Comí y bebí de tus manos, de tus robustas, sigilosas y pequeñas manos, fueron tus dedos tenedor, cuchillo y cuchara, fue tu lengua el paño oportuno que limpio la comisura de mis labios.
Fue tu puño cerrado el último tarro del que bebí mezcal. Y tú tienes y me das lo que vine a buscar, en ti se encierran todas las cronologías y los elementos, y yo no hago otra cosa que no sea alimentarme de ti.
Las horas nos mostraban su prisa, los primeros rayos de un sol despeinado se asomaban tímidamente entre las nubes, un ejercito de hormigas rojas sitio nuestro reino, tu mano aletargada recorrió por ultima vez el nacimiento de mis tobillos, había impaciencia en el primer contingente de hormigas, tu mano se detuvo en mi rodilla, colocaste un puñado de sal y le diste el ultimo trago al mezcal, finalmente, lamiste los granos salados y con la mano derecha rompiste filas entre ellas y un puñado de presurosas, alarmadas y rojísimas hormigas tuvieron como destino final tu boca.
Tu sonrisa termino de amanecer y me dijiste en un susurro quedo y arrastrado que este era solo el inicio, y tu sonrisa desapareció junto con la tropa mortalmente confrontada y yo me llene del sabor cítrico que tatuó tu lengua en mi cuerpo hasta las últimas horas de este Cipactli.

Beatrix

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