De la A a la Z

Debe tener un nombre esto de no tenerte. Un nombre me imagino, debe dársele a este no estar. A permanecer en la espera, esto de aguardar a que llegues con los últimos nubarrones de la primavera.
En el grueso volumen del diccionario de la A a la Z se ha de encontrar la palabra con la que habré de nombrar la falta de ti.
Y tú sabias que llegarían estos días trazados con las cenizas y el desaliento, me lo dicen ahora las evocaciones, algo en ti me anunciaba el arribo de los tiempos turbios. Y fue el cobalto un torbellino de destrucción a su paso.
Vamos a darle un tono irónico a esto del dolor, vayámonos riendo de los ojos infestados de lágrimas, otorguémosle un espacio eterno en la alacena a la melancolía.
Algo habré de hacer para aminorar tu ausencia mientras arrastro y me tropiezo con el lazo satinado de mi zapatilla roja. Por que la intuición es una voz susurrándome al oído, y no el amargo nudo que se forma en la boca de mi estómago.
Yo tenía una cocina donde tú y yo parimos el más fragante de los panes, fue en nuestra cocina donde la esencia de la canela y la ralladura de la naranja se mezclaron para dar sabor a los besos que me habrían de despertar por las mañanas. Fue bajo el techo que era y ya no es, donde una lava rabiosa de azúcar busco como destino final mi tibia carne, y fueron tus manos, tu dedo, un filo de navaja goteando púrpura de sueños.
Y ahora, camino entre los despojos que tu paso dejo y hago el recuento.
Y eres tú ese manchón encarnado que dejan las cerezas en los paños almidonados después de las fiestas de guardar.
El blanco moho en el más fino cacao y la rancia cristalización en la fruta seca.
Una colonia de gorgojos infestando las blancas moliendas hasta hartarse, la silenciosa humedad en el tarro de sal.
Toda la luz contenida en el fuego y los millones de años que tomará la formación de una plancha de piedra caliza.
Eres un mil platos, vasijas, tazas y tarrones que llenar de recuerdos. Cajones, gavetas, puertas y escondrijos donde resguardarte de las miradas maliciosas de los que no creyeron que vives. Rincones, recovecos, esquinas y retablos por donde encaminar tus pasos.
Y yo seré todos los días del almanaque aguardando la vibración que tu pisada provoca, seré un trozo de madera anhelante en el vientre de un horno de piedra, el azúcar que alimenta la ávida fermentación, la húmeda lengua que recorre El Todo que crece en ti.
Y seré la que no encontró palabra alguna para nombrarte, el doliente palpitar hasta la llegada del próximo equinoccio.

Beatrix

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