Oro y grana

-Tú si que eres un cara dura-.
Te apareces por mi cocina, te paseas por ella como si fueran tus terrenos, te plantas frente a mi –con solo la mesa de preparación de por medio- y me das un buenos días.
Y mis piernas tiemblan y mis dedos se aferran con firmeza al mango del cuchillo y la mirada se clava en el movimiento rítmico del filo de la navaja. Pero ante ti todo es inútil.
La ultima vez que te vi estabas tan embrutecido por el alcohol que casi te vuelas la yema de los dedos al picar finamente el ajo, yo corrí a tu lado asustada, paño en mano y tu me regalaste una tarde en las calles de Praga en tu mirada.
-¿lo recuerdas?-
-creo que ese aliño necesita más eneldo-
Y tu sonrisa torcida se contrae en el lado izquierdo de tu rostro, y en automático mi mano, mi inerte mano toma vida y sigue tus instrucciones, un puño pequeñito de eneldo, lo dejo caer en la mezcla de jocoque seco, limón y ajo.
Busco tus ojos, busco tu aprobación, y tu cabeza asienta en repetidas ocasiones, de manera sumisa tomo una muestra del aliño y te doy a probar, me pierdo en tus ojos, me pierdo en el avellana de tus ojos y le doy gracias a Dios que tus ojos no son color agua puerca, sino estaría totalmente perdida.
Entonces el casi uno noventa de estatura se inclina en mi dirección y tu nariz casi topando la mía me dice en un breve y mordido acento que esta perfecto.
Yo me intoxico del aliento mediterráneo que dejó escapar tu boca, tenia deseos de cubrirte en ese aliño fresco, ácido y albo. Dejar reposando la tabla roca de tu espalda sobre mi mesa y marinarte por entero del juguito dulce que le provocas a mi cuerpo.
-pensé que nunca más volverías a cocinar ese tipo de comida-
Yo te veo hipnotizada y acaricio la piel joven de un pepino persa, tú lo notas y la mueca reaparece en tu rostro trasnochado.
Me despierta el frió que recorre mi espalda, mi pelo enmarañado, entrelazado con pedazos de cebollinas y restos de romero, cierro los ojos y aun puedo oler tu presencia, aun puedo sentir la callosidad en la palma de tus manos recorriendo mis caderas, tomando con fuerza mis brazos y mis piernas.
Vuelvo abrir mis ojos y te veo de espaladas, desnudo frente a la estufa, eres un toro, eres el filo de la noche, eres la caída libre del agua en la cascada, veo tus firmes piernas sosteniendo el tronco del que acabo de beber.
Te clavo la mirada y guerrero que al fin eres, solo atinas a decirme:
-¿hambre?-
Y cierro lentamente los ojos, el tibio calor de tu lengua recorre la plaza de mi vientre, desato de un movimiento el lazo que amarra tu coleta, estamos a puertas cerradas, los cuadriles están sin cerrojo y a este encuentro vengo vestida de oro y grana.

Beatrix

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