Un songuito de diez pulgadas

A mi me gustaba tener manos tersas, mis manos acostumbradas a tocarte y acariciarte sin descanso ahora pondrán un toque áspero en tu espalda. Hace tiempo que te vengo diciendo que esto de la cocina es serio, una lucha al estilo gladiador con las ollas y los sartenes es algo real y si no vas preparado sales mal librado de ella. La semana pasada por fin pude manipular al chivato alemán de diez pulgadas y lamina de acero que me conseguí.
Durante cinco horas lo tuve agarrado de la parte mas noble -que en este caso es el mango- y realizamos los cortes mas impecables que ninguno de los dos imaginamos.
Zanahorias, morrones, cebolla española, ajo y perejil revistieron nuevas formas, fueron elevados a un sin fin de figuras caprichosas para mas tarde ser pasados por una sartén previamente calentado con aceite, el movimiento es rápido agitado y zarandeado, las verduras bailan un vaivén por escasos minutos al fuego y después terminan reposando en un plato previamente calentado.
-Inaceptable es y será servir la comida en un plato que no este previamente calentado.-
El chef O repetía sin cesar esa frase, la taladraba sin descanso, separaba las silabas en i-na-cep-ta-ble. Con la finalidad de que nos quedara claro, y claro quedo cuando el chico mas joven de la clase presento su guarnición en un plato aun húmedo y a temperatura ambiente. Mas claro aun cuando el plato fue a dar en el suelo y el confeti de verduras multicolores volaron por el inmaculado piso.
Esa noche después de casi volarme la yema del dedo, de cientos de charolas de berenjena asada, de pollo a las brasas, empanizado y dorado, de un sin fin de cortes finos entre ellos el corte de pechuga estilo aerolínea, salí arrastrando los pies, cansada y agotada, mi inmaculado uniforme mostraba huellas feroces de la contienda aun en el ribete impecable del botón. Caminaba cabizbaja rumbo a mi carro y al adentrarme en el y respirar profundo, pude por fin colocar mis manos sobre el volante, y ¡ay! Que dolor, que ardor, encendí la luz solo para descubrir las dos asperezas en mis dedos. Suspire sin darle importancia pensando que desaparecerían mañana mismo junto con el nauseabundo olor de tantos kilos de pollo crudo.
Casi una semana ha pasado y ahora llevo con orgullo la callosidad dual de mi mano derecha, el chivato alemán y yo nos vamos entendiendo, el a hacer mas ligera mi carga y mi trabajo, yo a poner menos presión y a saber deslizarlo. El a no volarme mis necesarios dedos, yo a sostener con fuerza su mango. Dice el chef O que una larga relación es la que se establece entre el cuchillo y el cocinero, una relación que en mi caso apenas da inicio.
Siendo así deberíamos tutearnos, el runruneara mi nombre en los cortes estilo mecedora y yo le diré entre grititos agitados –eres un songuito- cuando me tome por sorpresa y el filo de navaja gotee púrpura y escarlata.

Beatrix

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