El Beso de las Nubes

Anoche mientras dormía me soñé volando, no solo soñaba que volaba, sino que me pude ver volar. Hay quien dice que uno debe ejercitar el mirarse las manos en los sueños, con la finalidad de estar de alguna manera conciente en el sueño.

¿Sabes a que sabe volar?

-a mango y miel-

-al verso más querido-

-a tú boca-

Hace años cuando recorrí la cordillera de los Andes y la camioneta donde viajaba se acercaba peligrosamente a la orilla de la carretera, se podía ver el infinito, un sin numero de cascadas brotaban de manera caprichosa de las rocas y de la vegetación. A esa altura la respiración se vuelve difícil, mis pulmones que nunca han recibido bien los cambios, empezaron a silbar con dificultad. Justo al final del camino mi guía, un entrañable amigo y poeta ordeno al chofer que la camioneta se detuviera, él se bajo y con un acento dulce, con sabor a papaya madura me dijo: -hemos llegado al Beso de Las Nubes-

El me miraba con dulzura paternal y me ayudo a aliviar un poco el asma, cuando paso el cuadro de ahogo, abrió la portezuela del costado, el carro estaba justo parado a la orilla del desfiladero, un minúsculo camino quedaba para pasar, una brisa helada entro de golpe por la puerta y me despertó por completo.

-Vamos- me dijo, me tomo de la mano y al poner un pie en la húmeda tierra nuestros cuerpos desaparecieron por la mitad, de la cintura para abajo enormes nubes nos cubrían, se les sentía pasar, acomodarse entre las piernas, entrometerse por las rodillas y los pies.

Caminamos entre ellas, él irreverente y desafiante como siempre me dijo al oído:

-si El camino sobre el agua, usted y yo pasaremos a la historia por hacerlo sobre las nubes-

Tomada de su mano llegue a una casucha a la orilla de un creciente río, la especialidad era la trucha.

Trucha asada, fresca, de hermosa carne y sabor. Nos sirvieron a petición de él un ron, mejor dicho, el mejor ron que se toma en tierra Bolivariana, después llego un plato con cachapas, tostones y mas tarde la trucha.

Bebimos y degustamos platos y más platos de trucha, al final con los ojos inyectados de pasión me recito las cartas de amor de Bolívar, cuando yo le pregunte a quien el prócer había dirigido esas cartas me dijo: -se las dedico a la mujer que lo hizo volar-

En ese entonces yo no entendía de lo que sabiamente el poeta me hablaba, en ese viaje mis sentidos despertaron a un sin fin de sabores y olores nuevos, hasta el día de hoy no he vuelto a probar una papaya mas dulce que la se come allá, ni un plátano frito mas exquisito, y aun añoro un pedazo de carne en vara como le llaman ellos, asada lentamente.

Pero el día que camine por esa vereda tapizada de mangos, y la fragancia de los amarillos y maduros frutos me intoxico, tuve el enorme deseo de que estuvieras conmigo.

Una urgencia de cubrirte las piernas de ese jugo dulce y frutal, miles de gotas rodando por tus rodillas y mi lengua apresurada tras ellas. Supe entonces que el lugar sagrado de uno de esos mangos es el de tus ingles, ahí lo hubiera devorado yo a mordidas y al final satisfecha del festín, te hubiera invitado a volar.

Ahora te observo en el sueño, la respiración rítmica y serena, me acerco a ti, palpo tú fruto, palpo la madures de tú fruto, mis manos se aprestan a volar, intoxicadas por el olor y el sabor, estamos sobrevolando el enorme tapiz de dorados, dulces y enmielados mangos de los que tanto te he hablado.

-Y esas, esas son tus manos-.

Beatrix

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