La reconstruccion de los hechos

Cuando tocaron a mi puerta, me tomaron por sorpresa no solo por el uniforme que vestían pero por su presencia. Minutos más tarde me explicaban: -estamos llevando a cabo una reconstrucción de los hechos-.

Yo sabia de ante mano de lo que me hablaban, lo supe al verlos parados en mi puerta y lo supe también cuando omitieron enseñarme la orden del juez.

Acababa de hacer café así que después de ofrecerles una taza me senté frente a ellos en la mesa de preparación, el horno tenía media hora encendido y la hornilla de la derecha cedía al goteo continuo de la cafetera.

Esa mañana te pedí que te quedaras un rato mas en la cama, te lo pedí como acostumbraba pedirte todo, con un tono infantil y chillón. Te seguí hasta el baño y me senté en el lavamanos a mirar como te enjabonabas el cuerpo. Te observe como de manera obsesiva tallabas las axilas y las plantas de los pies, después cuando por fin saliste te arrope con la toalla y te pregunte si desayunarías conmigo.

Tú me cubriste el rostro con tus dos manos y me diste un beso con sabor a jabón.

-¿y después?-

-después nada-

-¿usted entiende que estamos haciendo una reconstrucción de los hechos?-

-si-

Paso un tiempo largo, el tiempo suficiente para que el café se evaporara en la cafetera y los residuos quedaran calcinados en el fondo de la misma.

Cuando el olor a café quemado me trajo a la realidad, se habían ido.

Solo entonces, me repetí a mi misma: eran las ocho menos cuarto, tu traías la toalla colgada en el cuello, te sentaste en la mesa, yo vestía solo una camiseta y te bailaba la música de Fairuz, tu reías y me mirabas mientras le dabas sorbos al te con leche y cardamomo que te acababa de preparar, compartimos pan y queso además de unas aceitunas negras. Tú untaste un poco del aceite de oliva en mis labios y me diste un beso, yo puse un trozo de queso entre tus dientes y te fui robando minúsculos pedazos, la mesa entonces nos quedo pequeña.

A mí siempre me gusto lo salado de tus orejas y el ligero olor a azufre que despedía tu cuerpo cuando sudaba. Yo acostumbraba vestirme con tus olores y que ellos me acompañaran por el resto del día.

Ese mediodía te espere sentada en la mesa, recalenté el arroz con piñones y el cordero asado, -una vez, o dos, ahora ya no lo recuerdo- deambulé por las habitaciones de la casa mientras aguardaba tu llegada. Vencí entonces los miedos y los presentimientos, vague por las calles del viejo mercado en tú búsqueda, el café donde solías jugar domino y en la taberna que prostituye niñas vietnamitas.

Esa noche siguiendo tus instrucciones cerré las persianas de la casa, cubrí de negro los espejos de la casa y coloque todas tus pertenencias en el hueco que hay en las escaleras.

Tú el encantador de serpientes, el bebedor incansable de te, el recitador de versículos, te perdías en las horas altas del mediodía de mi vida.

Ahora han pasado ya las cuarenta y ocho horas requeridas, yo tomare las primeras horas de esa mañana y las resguardare por siempre, al igual que el olor que tu cuerpo dejo. Atrás dejare tus palabras en la mesa y el último comentario que me dijiste al cruzar el marco de la puerta, en el olvido se quedara el estallido, los gritos y la confusión, eso es todo lo que recuerdo.

Beatrix

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