Ya nos volveremos a ver

Y se llego el día. Me llegaron rumores de que si deseaba asegurar mi lugar en las clases de cocina tendría que madrugar, despertarme antes que nadie o por lo menos con uno que otro gallo y dirigirme a la escuela. Me reí, pensé además que cuantas personas podrían tener ese loco y desenfrenado amor por la cocina que en plena madrugada y con una seria amenaza de helada, esperarían pacientemente por cinco horas para poder inscribirse en los deseados treinta espacios de la clase de repostería.

Una noche antes decidí ser coherente y me fui a la cama temprano, la alarma sonaría a las tres de la mañana, después recapacito y me digo que es una locura, esto pareciera el viaje sin retorno a la felicidad, así que me otorgo una media hora mas de sueño y me dispongo a dormir. A las tres treinta suena mi alarma, brinco de mi tibia cama y me doy una ducha rápida, procuro seguir las recomendaciones del climatólogo y me abrigo bien. Una vez en el carro rumbo a la escuela me detengo por un café.

-Es bonito manejar a esta hora por la ciudad- me consuelo rumbo a mi destino, al llegar a la escuela me sorprendo al ver varios carros estacionados…me alarmo un poquito, me estaciono y me dirijo al edificio, doblo la esquina y -¡ah caray!-

Pues no, no soy la única, somos muchos por lo menos una treintena, me entra un momento de pánico, me recrimino esa media hora de sueño y le doy un trago al café, que por cierto ya esta frió. Observo a mi rededor, esta gente si sabe a lo que viene, cobertores, edredones, almohadas, sillas plegables, carpas de campaña, los miro a todos con desprecio y practico el vocablo mas practico dentro del arte culinario que uno debe conocer en francés: -MERDE-

Tengo frió, mis piernas están entumecidas y mis manos heladas, aquí hay grupos de viejos camaradas, cómplices de parrandas y de cocina, yo no entro en esa categoría, nadie de los aquí presentes son rostros familiares para mi. Cuatro y cinco llega un valiente mas, pero este a diferencia de los demás es mucho mas grande, debe andar por los cincuenta, y mas precavido que yo el trae un termo para su café. Iniciamos una conversación al más burdo estilo de los canes, ósea nos movimos la cola, presentamos nuestras credenciales, esas que indican quien eres y a donde perteneces, las que dejan claro como te ha tratado la vida. Al final ambos entendimos que podíamos pertenecer a la misma manada.

Hacia tiempo que no veía amanecer, los primeros rayos del sol me encontraron hablando de recetas queridas, errores garrafales, chef admirados y cocina internacional.

No me equivoque con mi compañero de línea, sus cincuenta y cinco años los a repartido entre su familia y la cocina, egresado de uno de los mejores institutos de arte culinario, me pregunto que diablos hace aquí, pasando estos fríos como “un apprenti”cualquiera.

Lo lee en mi mente, -uno tiene que estar aprendiendo constantemente, nuevas técnicas, formas, productos, hay que salir de la cocina y ser estudiante todo el tiempo-.

Entro otras cosas, su interés por esta clase es la rara oportunidad de tomar un semestre la clase que imparte el joven chef del que hable meses atrás. Me explica que esta considerado entro los cinco mejores del país, es una oportunidad única. Lose, el semestre pasado me quede con ganas de asistir a su clase y no me fue posible, pero este año lo conseguiré aun cuando tenga que morder a alguien.

La mañana pasa rápido hemos logrado avanzar y en la línea ocupo el numero treinta y tres…pienso en los treinta únicos lugares, me consuelo pensando que no todos tienen que ir a esa clase. Cuando por fin llego frente a la señorita que toma los datos, me pregunta -¿Qué clase?- con miedo le digo:

-repostería avanzada- de un fólder saca un fajo de etiquetas engomadas, la observo buscar el nombre de la clase, estoy nerviosa, recorre el fajo de etiquetas y nada, me inquieto, ella vuelve a recorrer con la mirada el fajo de etiquetas y por fin la encuentra. ¡Es la ultima! En cámara lenta la veo desprender el engomado y colocarlo en la hoja con mis datos, ¡el lugar numero treinta es mío! Quiero gritar como una loca y saltar del gusto, debo estar irradiando luz que cuando volteo hacia atrás veo a mi compañero de desvelada, él se alegra y me dice: -felicidades, es una rara oportunidad aprovéchala, ¿como me dijiste que te llamas? –Beatrix-

Ah! Es verdad Beatrix, mucho gusto ya nos volveremos a ver, eso espero, pero ojala que sea en la cocina…

De regreso a mi carro encuentro una hoja en el parabrisas, nada menos que la receta para elaborar los maamoul, estaban dando las seis de la mañana cuando le dije lo mucho que deseaba tener la receta de los ancestrales bocadillos libaneses rellenos de datil y nuez. Con letra clara y una descripción impecable me regalaba la tan adorada receta. Doble la hoja y mire a todos lados del estacionamiento, pero el apprenti ya no estaba. Creo que tiene razón, ya nos volveremos a ver…

Beatrix

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