El Olor de la Guayaba

10/15/2004

El olor de la guayaba se percibía a varios metros de mi casa. Al llegar frente a mi puerta encontré un cesto repleto de guayabas maduras y fragantes. No había que sorprenderse, últimamente las sorpresas y los encuentros clandestinos se me vienen dando, así que sin decir nada, tome el cesto y lo coloque sobre la mesa en la cocina.

La guayaba es tú fruta preferida. Me decías que de niño eras impaciente y no podías aguantar el esperar a que maduraran en el árbol, así que te trepabas en una silla y con un palo en la mano tumbabas verdes y duras guayabas.

-¿Sabes cuantas veces me empache comiendo guayabas verdes?, miles de veces pero eso no era lo peor lo peor eran las palizas que mi abuela me ponía por no dejar madurar la fruta-.

Miles de veces, se que era una exageración, ahora bien lo de las palizas, eso se que fue verdad. También se que tus favoritas son las guayabas rojas, pues según tu son las mas dulces.

Me fui a dormir no eran horas de preocuparme que hacer con veinte kilos de guayaba, algo se me ocurririá. Y se me ocurrió durmiendo, que volvías de mi memoria niña y te recibía con una olla enorme de miel de guayaba, aromática, deliciosa y pegajosa miel. Gajos enormes de olorosa fruta para que comieras todo lo que tú quisieras, hasta hartarte y sin tener que preocuparte de un castigo. Si te hubieras visto los ojitos color agua puerca brillando de gula ante tremendo festín, los aun diminutos vellos de un bigote futuro, tiesos de canela y clavo. Me hubiera gustado tomarte una foto frente a las empanadas de guayaba recién orneadas, tragando sin masticar una tras otra y el ate de guayaba con trozos de queso añejo.

Desperté embriagada del olor, a ciegas me levante de la cama y camine rumbo a la cocina, busque iluminada solo por la luz de una vela, la olla de cobre, corte en gajos grandes las fragantes delicias y las mezcle con tres cuartas partes de agua, azúcar, canela entera y un puño de clavo. Y me senté a esperar, a mi me sobraría la paciencia que a ti falto en la niñez, yo vigilare por ti, el hervor y la consistencia del jarabe. Preparare los embutidos y las empanadas, los ates y los jugos, los enchiladitos y las mermeladas. Y al final cuando la luz de la vela no sea tan necesaria, justo al amanecer, colocare de nuevo la fragante fruta, ya transformada a la puerta de la casa, para que pases por ella.

Te sentí volver en el sueño, al despertar corrí a la cocina con la esperanza de encontrar ratros de una noche anterior, nada. Corrí a la puerta, el cesto ya no estaba y en su lugar me dejaste tu olor.

Beatrix

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